¿Tiene calor?

De vez en cuando, la magia de los fenómenos virales nos regala documentos extraordinarios que provocan una mezcla de rabia y de hilaridad con las que los barceloneses pueden distraerse durante la canícula. De hecho, la noticia en cuestión tiene relación con tal hoguera climática que nos obliga a deambular medio embobados y coléricos por la vida; como sabrán mis conciudadanos, hace pocos días la ventura de X popularizó el vídeo de un fragmento de la Audiencia Pública de Ciutat Vella donde nuestro concejal, el eternamente eterno socialista Albert Batlle, intentaba combatir el enfado por el fervor solar de los últimos tiempos con una analogía histórica, recordando cómo hace treinta años no conjugaba la idea de “refugio climático” poque el vulgo, más sencillo y sin educación, hablaba simplemente de frío o de calor. Envalentonándose con su reflexión, el sabio Batlle remató nostálgico, recordando que él tuvo una tía -ya muerta, “i al cel sia”- que se pasaba las tardes veraniegas en El Corte Inglés, un remedio muy útil de cara a evitar un océano en las axilas y, a su vez, fomentar así una ciudad que aún es “la millor botiga del món”. 

“No vamos a poner ventiladores ni refugios climáticos en cada esquina”, instruía Batlle a mis convecinos, que ya anticipaban la posterior indignación ciudadana en las redes. Personalmente, debo confesar que este tipo de momentos boomers de la gestión municipal me provocan muchísima ternura, pues escuchar a este servidor público del PSC (que tiene milimétricamente apalmados los rincones de la ciudad como ningún otro político en activo, tras más de cuarenta años en la trona; lo que sólo puede resultar en un delicioso cinismo ilustrado) me recuerda a lo que podría decir mi progenitor sobre este mismo asunto tan candente. ¿Afirma usted que tiene calor y no dispone de aire acondicionado en casa, señora? Pues mire... haga el favor de acudir a El Corte Inglés y así podrá comprarse una de esas horripilantes camisas blancas que embuten la cuarta planta, “Moda Mujer”, aconsejada por una de esas dependientas de Badajoz que no saben decir ni “bon dia” tras más de cuarenta años de residencia en Barcelona. Después diríjase a la terraza, admire las vistas, y “tal dia farà un any”.

Como siempre ocurre con la gente experimentada, a Batlle no le falta razón histórica. Yo también tenía una tía abuela materna, “al cel sia”, que disfrutaba las visitas veraniegas a El Corte Inglés como si abordar el establecimiento de Plaza de Catalunya implicase irrumpir en el Vaticano acompañada por el Santo Padre. Mi progenitora heredó esta frenesí genética por los grandes almacenes, insertos en uno de los edificios más indiscutiblemente feos de Europa (el cual, para no desentonar, se encuentra en una de las plazas centrales más indiscutiblemente espantosas del continente), y aún hoy se dirige al “Corte” con una frenesí que yo no puedo entender. Por aquellas cosas de Freud -y pese a que, objetivamente, disponga de un supermercado excelente y de un bufé libre la mar de correcto- yo siempre he considerado la simple posibilidad de entrar en este comercio como la peor de las malas ideas posibles y, si no me ha quedado más remedio que hacerlo, he experimentado la estancia como una de las torturas más difíciles para un barcelonés.

Dicho esto, alguien haría bien en recordar a nuestro admirado Batlle un hecho muy simple; hace treinta años, nuestra tía se dirigía a El Corte Inglés cuando las temperaturas promedias casi nunca alcanzaban los treinta grados. Ahora los suelen sobrepasar muy a menudo, como ha sucedido durante este junio asquerosamente tropical, con lo que la tía random que hoy se preste a precipitarse al lugar mencionado puede tener éxito... pero tendrá un riesgo muy alto de ingresar cadáver. Paralelamente, Barcelona ha aumentado de población de forma harto exponencial; somos mucha más gente, más encajonada (en lenguaje socialista, sufrimos más “densificación”) y los efectos psicológicos de una tarde de fiebre son más difíciles de conllevar. ¿Barcelona tiene lo que la política de ahora llama “refugios climáticos”? Intuitivamente sí, pero la mayoría de éstos -por bellos y fresquitos que sean, como por ejemplo nostro Montjuïc- se encuentran demasiado alejados del centro urbano. Hay alternativas, of course, como las bibliotecas, lugares que ya no responden al disfrute libresco, puesto que el común se dirige a ellos con tal de refrescarse los pingajos.

En este sentido, servidora se ha acostumbrado a pasar los veranos en la Biblioteca del Ateneu (aprovecho para decir que, antes de ingresar en el reino de los muertos y aunque nunca presidiré la Docta Casa, conseguiré que le pongan el nombre de Eugeni d'Ors), un lugar beatífico donde, además de cascarme buenas lecturas, puedo recuperar la viveza del espíritu gracias al aire acondicionado gélido y el medio tranki de cada tarde. Muchos consocios vienen cada día con una puntualidad admirable, y no tienen ningún inconveniente en sestear mientras simulan que ojean la London Review of Books o la última novela del plasta Jaume Cabré. Así pues, me extraña que el ilustrísimo señor Batlle, consocio de la entidad, no haya aprovechado la calda para fomentar el ateneísmo aunque, siguiendo una tradición de los socios más ancestrales como servidor, piense que cuantos menos seamos mejor. Esto nunca lo dirá, pues últimamente los socialistas abrazan el cuñadismo boomer mientras rehúyen su ancestral elitismo cultureta. En esto, es necesario decirlo, las autoridades municipales han perdido glamour: antes, lo de ser burgués era super progre.

Pase lo que pase, queridos lectores, pinta que el verano nos hará quemar la paciencia. Si os sirve de consuelo, el autor de esta Punyalada -de profesión autónomo, estado existencial felizmente cercano a la esclavitud y muy alejado de los privilegios de los regidores vitalicios- nunca vacaciona y seguirá apareciendo en vuestra pantalla, cada sábado.

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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