Puertas de Palacio

La Casa Marsans: un palacete neoárabe para un albergue inesperado

Interior del Alberg Xanascat de Barcelona. © Anna Badia
Interior del Alberg Xanascat de Barcelona. © Anna Badia

Una finca encargada por la propietaria de Viajes Marsans en 1906 sigue su estela recibiendo diariamente a viajeros entre columnas y arcadas de la mil y una noches

30 de agosto de 2026 - 05:30

Pasear por Mare de Déu del Coll obliga a levantar constantemente la mirada. La Finca Sansalvador, la Creueta y su Chillida, trencadís casero que enmarca el Turó del Carmel, la singularidad de Villa Conchita… Hasta que una portalada que a primera vista pasa desapercibida no solo hace levantar la mirada, sino detener los pies. Una puerta monumental da entrada a un camino que sigue trepando cerro arriba y que no deja adivinar mucho más. Si no fuera por el cartel a la derecha de la puerta, no habría ninguna pista que hiciera pensar que se trata de un albergue. Y no de un albergue cualquiera. 

Acceso al albergue desde Mare de Déu del Coll. © Anna Badia
Acceso al albergue desde Mare de Déu del Coll. © Anna Badia

Subir el camino al que da paso la portalada va dando una idea de que el albergue guarda sorpresas, una dentro de otra, como una matrioshka. Primero emerge un mar de árboles que se encarama aún más por el monte; luego, de repente, aparece la Casa Marsans. El palacete de color crema salpicado de vitrales se asoma sobre la ciudad, como dando la bienvenida a los viajeros que se alojan entre sus muros señoriales. Fue el primer alberge de la Generalitat, el que estrenó la red Xanascat, como explica Miquel desde la dirección. Más de 40 años después, el albergue sigue siendo uno de los más emblemáticos de la red.  

El palacete, entre Vallcarca y el Coll. © Anna Badia
El palacete, entre Vallcarca y el Coll. © Anna Badia -

Piezas de ropa secándose al sol en la planta superior se confunden con las banderas que presiden el edificio, sobre el acceso principal, en una fachada que refleja el sol sobre piedra extraída de Montjuïc. Antes de cruzarla, los grabados en vidrio de la puerta de entrada ya advierten que el interior se saldrá de lo esperado. Y cruzarla no decepciona: un sinfín de columnas de mármol blanco dan forma a arcadas de estilo neoárabe en las que predominan el dorado, el azul y el anaranjado en delicada yesería, y se difuminan al son de los colores filtrados por la vidriera del techo, como un calidoscopio que acaba de girar.

El azul, verde y anaranjado interior del albergue. © Anna Badia
El azul, verde y anaranjado interior del albergue. © Anna Badia -

El patio es ahora la recepción del albergue, rodeada de habitaciones de grandes dimensiones donde ángeles y nubes miran a los viajeros desde techos de molduras que de repente se acercan más al rococó que al mudéjar. Con un estilo u otro, el modernismo impregna todo el espacio, que permite viajar de un estilo a otro en un par de pasos. Y no es casualidad: ese afán por viajar estuvo detrás del diseño de la casa y de su encargo. Fue de la mano de Josepa Marsans Peix, de la familia fundadora de la Banca y Viajes Marsans. Josepa encargó la construcción de la casa para que fuera la residencia estival para ella y su marido, el adinerado empresario Frederic Cases. El autor del proyecto fue Juli Marial i Tey, que ya había trabajado antes con la familia, en uno de los iconos de que la ciudad también conserva: la entonces plaza de todos de las Arenas, de cuya ejecución se encargó Marial, en base a un proyecto del arquitecto August Font. 

Estancia de estilo rococó en el albergue. © Anna Badia
Estancia de estilo rococó en el albergue. © Anna Badia -

La planta baja que ahora alberga la recepción, salas de descanso y de juego fue concebida como espacio de recibimiento y de encuentro, también con comedor y despacho. Una escalera de mármol lleva hasta la planta superior, que se diseñó con cinco dormitorios, un vestidor y varias cámaras. Ahora, las literas del albergue y habitaciones sobrias de blanco y amarillo sustituyen los diseños intrincados y coloridos de la planta principal. Mosaicos y ventanales con vitrales se empeñan en hacer patente que el albergue es una joya arquitectónica de la ciudad que se tiende bajo sus ventanas, mientras que el gres porcelánico de colores de Nolla lo remata. Más arriba, el terrado y habitaciones de servicio; abajo, el sótano, con la cocina y la bodega. 

El palacete acabó convirtiéndose en la residencia habitual del matrimonio de Marsans y Cases; sin embargo, Marsans murió poco después, en 1911. Tras su prematura muerte, Cases se quedó como usufructuario de la casa, pero pasó a ser propiedad del hermano de Josepa, Joaquim Marsans, que entonces, con 20 años, residía en la casa con el matrimonio. La llegada de la Guerra Civil sacudió con fuerza la ciudad y, el palacete, pese a estar muy lejos de todo, no quedó exento. Fue ocupado por la FAI y, avanzado el conflicto, se convirtió en hospital de campaña. 

Sala de juegos del albergue. © Anna Badia
Sala de juegos del albergue. © Anna Badia

Tras la guerra, la familia Marsans recuperó la propiedad, pero fue confiscada en 1946 para instalar una residencia de acogida de niños y niñas polacos huérfanos por la Segunda Guerra Mundial. Como aún recuerda una placa ante la puerta principal, 130 niños y niñas estudiaron y vivieron en la casa entre 1946 y 1956. Dos años después, la casa fue comprada y dejó la familia Marsans, para convertirse en residencia femenina. Un cuarto de siglo después, llegó la operación que condujo la casa hasta lo que sigue siendo ahora: la Generalitat la compró para convertirla en el primer albergue de juventud de Catalunya, dentro de la red Xanascat, en 1983. Para ello, se levantó un nuevo edificio, sin dañar el original: se construyó de manera independiente, y se une al palacete mediante en puente. 

Una de las cristaleras coloridas del albergue. © Anna Badia
Una de las cristaleras coloridas de la Casa Marsans. © Anna Badia -

Durante esta truculenta historia, por la que la casa fue desde hospital de campaña hasta orfanato-escuela, el palacete mantuvo su esencia y vistosidad, aunque fue perdiendo algunos de sus elementos más singulares, como uno de los cristales grabados de la puerta principal. Miquel, en la dirección desde 2017, recuerda cómo recuperaron el cristal en base a fotografías antiguas, con un esbozo del grabado y trabajando con vidrieros. Lo explica mientras pasea por la planta principal y señala las marcas hechas en el techo para instalar un panel años antes, resaltando la importancia de proteger joyas como la casa convertida en albergue, y declarada Patrimonio Cultural Europeo. Así, el palacete conserva su singular arquitectura neoárabe de esencia modernista, mientras recibe a viajeros que llegan a la ciudad con el mismo espíritu que llevó a la familia Marsans a levantar su agencia y, también, la casa que sigue llevando su nombre, ahí donde Vallcarca se topa con el Coll en las alturas de la ciudad.

El albergue sobre la ciudad. © Anna Badia
El albergue sobre la ciudad. © Anna Badia

 

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