Un exceso hilarante

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En 'Bons i dolents', Joel Joan vuelve a hacer de las miserias humanas el motor de la comedia

13 de octubre de 2026 - 05:30

«Excesivo» no es un adjetivo negativo cuando lo que se busca es precisamente el exceso y la hipérbole. Joel Joan, ya lo sabemos, es ese carácter (o personaje) hiperactivo y eléctrico como un pararrayos, traicionado por la pasión, conscientemente peterpanesco y narcisista confeso, que se repite en muchas de sus obras y que ya nos hace confundir al barcelonés de barrio con una figura de ficción. En Bons i dolents se nota su autoría, su capacidad magistral para la comedia de situación, para el escándalo costumbrista y para el ritmo trepidante. Se nota mucho la autoría, esta vez, porque es sobre todo una comedia dirigida a la crisis de los cincuenta. Ahora ya no tenemos bebés, sino hijos de matrimonios separados, y si hay un embarazo gestándose es por una infidelidad con la jovencita que aparece inesperadamente en una cena de parejas. Todo ello, en un contexto de deudas monetarias y de decadencia vital exponencial y compartida.

Ricard (Joel) confunde los nombres y las fechas y sus propios actos porque va acelerado, disparado, drogado hasta el culo. Todo en él es una evasión, una constante escape room vital que lo lleva automáticamente a decepcionar sus compromisos y a su gente. Su pareja, Clàudia (Agnès Busquets) también busca el refugio en el alcohol pero guarda una trayectoria moral bastante impecable, y en cuanto a Jesús (Oriol Casals), para mí el descubrimiento interpretativo de la obra, es el débil e inseguro (es decir, el que se parecería más al público) que acaba dándole la vuelta a todo por una revuelta interna, súbita, provocada por sus propias presiones y su liberación puntual gracias a la droga ofrecida por Joel. Ricard.

Un acto, este de irse metiendo coca y anfetas a lo largo de toda la obra, que para mí ahora sí que es excesivo: evidentemente que se quiere lanzar una advertencia, porque Ricard acaba tendido en el suelo y recibiendo un fuerte castigo, pero diría que a un guion basado en el equívoco y en la situación cómica no le debería hacer falta una alteración adicional de la realidad como lo es el consumo de drogas. Si la coca distorsiona el comportamiento de Ricard (y de Jesús), lamentablemente también distorsiona un poco demasiado la fuerza que ya de por sí tienen las contradicciones y malentendidos de una cena de amigos. Sí, supongo que esto último quizás se ha considerado que estaba demasiado visto: pero acudir a las sustancias sintéticas, como elemento tan central, más que humanizar el argumento lo deshumaniza. Cuando el tema es que no controlas, tus dilemas son menos dilemas.

El nivel interpretativo es alto en todos los actores, la escenografía es impecable y el ritmo no permite desviar la atención. Ríes, y mucho, y también sufres mucho por todos ellos. No hay quien se salve, sería la conclusión, incluida la inocente jovencita a quien Ricard ha dejado embarazada de mellizas. Las deudas (monetarias y de otros tipos) con el amigo, las infidelidades sentimentales, las parejas abiertas, las separaciones y divorcios, el estrés, la vulnerabilidad potencial y la precariedad laboral contemporáneas, todo ello, como decía, muy propio de la crisis de los cincuenta en un entorno urbano donde reina la decadencia social y la falta de esperanza. No es solo que todo el mundo tenga cosas que esconder, sino que además a nadie le van bien las cosas. A Ricard, sobre todo, que es el protagonista y el chivo expiatorio, y al que le pasa esa cosa que es tan difícil de explicar en el caso de Joel Joan: cuando aparece, algo importante se ilumina en el escenario. Y no, no es el efecto cara televisiva. Es tener presencia.

Hay algo de rencor, de autoflagelación constante, de sentimiento de culpa masoquista en este argumento y en otros argumentos que tienen a Joel Joan como centro. En este caso estamos ante un juicio moral constante, pero relativizado y rellenado poco a poco de matices: “Todos somos buenos hasta que nos conviene no serlo”. Hay mentiras piadosas, males menores, trampas salvadoras y pequeños trucos de escapismo que todos hemos usado. Todos, sin excepción. Pero esta vocación de pararrayos que tiene Joel, y que ya apuntó de manera superlativa con El Crac, además de funcionar, acaba revelándose como un clásico. Un tema central, una reflexión filosófica, un trauma humano a analizar. Si además lo hacemos a través de una comedia, y acabamos todos riéndonos a carcajadas, misión conseguida.

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Jordi Cabré
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