Cuando uno piensa en el patrimonio inmaterial de la historia de Barcelona (sé que esta es una categoría un tanto nebulosa, pues subsume ideas tan dispares como los cuentos de la abuela o el arte de esculpir un trencadís) debería referirse inexorablemente a sus voces. En cuanto al ámbito de la ópera y el lied, nuestra ciudad ha parido —o ha visto crecer— glorias vocales de Occidente como Conchita Supervía, Maria Barrientos, Mercedes Capsir, Conxita Badia, Francesc Viñas, Josep Palet, Emili Vendrell, Enriqueta Tarrés, Vicenç Sardinero, Manuel Ausensi, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles, Jaume Aragall, Josep Carreras, Joan Pons... cantantes de nivel planetario y de maestría tan bestial que podrían parecer una losa para la continuidad de las generaciones actuales.
Así pues, tocaría preguntarse: ¿seguimos urdiendo carreras vocales eminentes? Y, si es así, ¿por qué no tenemos noticia y, sobre todo, más conciencia de ello?
A la primera cuestión hay que responder que sí y recontrasí; en el capicasal todavía crecen voces excelentes con proyección internacional, como la magnífica Serena Sáenz o nuestra bien plantada darmosana Sara Blanch. A la segunda cuestión resultaría más difícil de responder, porque me haría falta dispararos un ensayo que incluyera factores globalizadores como la práctica muerte de la industria discográfica, la (justa) pérdida de aureola de los cantantes, la competencia salvaje que han incorporado las economías emergentes y también, por qué no decirlo, la mala traza de los programadores (lo pongo en la lista de los libros que nunca escribiré). Pero toda esta metafísica de pan con aceite viene a cuento porque, esta misma semana, nuestra ciudad ha promovido tres conciertos en los que la voz jugaba un papel importante, con formatos alternativos muy jugosos donde se ha certificado que, al menos en cuanto a este tema, podemos vivir esperanzados.
Empiezo con la más tradicional, el recital de lied que ofrecieron Helena Ressurreição y Mar Compte en el Palau de la Música Catalana (este lunes 5 de octubre), un paseo por la mélodie francesa a la sombra del festival Life Victoria. Enseguida me complació la voz de esta mezzo portuguesa formada en nuestra casa (detalle que he tenido que buscar en la red, dada la manía de nuestros equipamientos de prescindir de programas de mano o de cambiar las notas biográficas por unos juegos de preguntas notoriamente inframentales), instrumento que sospecho aún más adecuado en la escena que en el lied y que tiene que lidiar mucho más con las particularidades idiomáticas-vocales tan peliagudas de la chanson, hecho que contrastó con una esplendorosa versión de nuestro Rossinyol o la maravillosa Tenho tantas saudades de Francisco de Lacerda.
Mar Compte acompañó bastante bien pero, nuevamente, este repertorio necesita de un flow que ni estaba ni se le esperaba. Ante un recital de estas características, los responsables del LIFE deberían guiar más a sus artistas (¡un programa no es una ensalada de canciones con un eje temático cogido con pinzas; este género tiene un sinfín de ciclos más adecuados para la cantante!) y esforzarse para que la gracia de hacer un concierto en la pequeña del Palau no acabe deslucido por una asistencia raquítica.
Al día siguiente (martes 6 de octubre) repetíamos visita al Petit Palau Cambra con voces espléndidas de la tribu y en una formación, el cuarteto vocal mixto, que no solemos escuchar ni en los ciclos más especializados. Cascarse un recital que viaja de las piezas canónicas de Schubert a las bellísimas Indianas del ché Guastavino podía acabar en sopa sucia, pero la experiencia de Marta Mathéu, Mireia Pintó, Josep-Ramon Olivé y, sobre todo, del cantante que vive más avezado a la cultura liederística, el tenor Roger Padullés, nos regalaron un concierto notable que sería bueno girar por el país.
Aquí todo el mundo tiene sus manías, y servidora quizás habría cambiado las pastitas más anecdóticas de Rossini por un guiso con más sustancia, como el Spanisches Liederspiel Op. 74 de Schumann o, warum nicht? y puestos a hacer Brahms, la segunda tanda de los Neue Liebeslieder-Walzer, droga dura. Aquí volvemos a la madre del cordero y es que, por muy docto que sea un grupo de voces, este es un tipo de formación complejísima que requiere muchos más ensayos de los que (intuyo) dispusieron los artistas. En esta ocasión, el público fue a más que el día anterior, pero todavía cuesta arrancar a la gente del sofá. Yo lo intentaré con una (verdadera) provocación; Padullés canta igual o mejor que Padmore o Bostridge, pero no lo vayáis a oír porque le falta una industria seria a sus espaldas y porque sois muy esnobs.
Acabamos este trío con una perla que, aleluya, empieza a certificar cómo la dirección de Víctor Medem en L'Auditori puede regalarnos algún cambio real. Visto que el techo de la OBC es el que es (y mientras no se transformen los estatutos de la orquesta para alejarla del funcionariado, poca cosa cambiará), celebro que Medem empiece a revalorizar la Sala Oriol Martorell, que posee seguramente la mejor acústica de la ciudad, para encajar mucho más lied, música de cámara y repertorio o combinaciones inusuales de patrimonio que nos hagan vibrar el espíritu.
Así fue el opening del ciclo de Cámara (este jueves 8 de octubre), focalizado en un diálogo entre Bach y Kurtág, y con la artista residente Elionor Martínez asumiendo el papelón de cantar los desnudísimos Fragments de József Attila incrustados entre partitas y sonatas para violín (la presencia de cuatro solistas de aproximación diferente a Bach puede incomodar a los más puristas, pero a mí me pareció acertada... y no puedo evitar decir que a servidora estas obras le complacen como las tocó Patricia Cordero; con cabeza, corazón, un par de cojones... y no pasa nada por el despiste de antes de la escala previa a la variación de los arpegios, porque allí todos nos cagamos en los pantalones). Dicho esto, Elionor estuvo fantástica y evidenció un oficio el cual, si le pusiéramos ambición, podría comerse el mundo...
La calidad de las voces existe (de hecho, a pesar de todo lo que piensen los nostálgicos, los cantantes tienen muchísimas más posibilidades de formación que sus bisabuelos musicales), pero hay que ponerle audacia, ganas y mucha promoción
Vuelvo a las preguntas iniciales. En primer término, para prestigiar nuestras voces se necesitan ideas nuevas y formatos de ambición. Para programar un cuarteto vocal mixto en una sala de cámara o para hermanar Bach con Kurtág no hace falta ser un genio de la música (de hecho, el propio compositor grabó algunos Játékok con piezas del Thomaskantor, acompañado de su querida mujer), sino ponerle un poco de ganas y un poco de riesgo. Si los programadores se sacuden la pereza, cosa que están haciendo y yo lo celebro, las voces acabarán teniendo más rodaje, proyección e incluso disfrutarán del privilegio de intentar cosas y, ¡si hace falta!, caer en algo tan humano como equivocarse.
Estos tres conciertos de los que os hablo tienen desaciertos, aspectos ajustables y momentos sublimes; pues bien, habría que centrarse en los últimos y tomarlos como pauta de conducta frecuente. La calidad de las voces existe (de hecho, a pesar de todo lo que piensen los nostálgicos, los cantantes tienen muchísimas más posibilidades de formación que sus bisabuelos musicales), pero hay que ponerle audacia, ganas y mucha promoción. Volvamos a escribir, pues, la cuestión inicial: ¿Barcelona todavía ve nacer y crecer voces importantes? Si hago caso a las propuestas de esta semana, ¡sí! Pero con eso no basta; al talento de los nuestros hay que sumarle imaginación y una apuesta patrimonial fuerte.
En todo esto vamos mejorando, quizás con una lentitud de elefante, pero hay que aplaudir a nuestros agentes musicales que se hayan estrujado la cabeza para, al menos, intentar abrazar la novedad. En caso de que continuemos así, y los gestos tímidos se conviertan en norma, de todo esto volverán a salir voces ilustres o incluso legendarias. Seguro que sí, creedme.
