Barcelona: una ciudad con curvas

(Fundadora de The Healthy Art Club)

25 de septiembre de 2026 a las 05:30h

Cuando tenía seis años, pedía a mis padres que me llevasen al Museo del Prado por mi cumpleaños. Allí podía pasarme horas observando cuadros. Apenas sabía de técnica, no importaba. Lo que me tenía paralizada delante de cada obra era algo mucho más difícil de explicar: la sensación de que alguien, en otro tiempo y en otro lugar, había encontrado una forma de expresar un momento, una sensación, que las palabras no alcanzaban.  

Así es como concibo el Arte desde que tengo uso de razón. Y así es también como entiendo la esperanza: no como sinónimo de optimismo fácil, sino como aquello que alberga posibilidad, que nos abre nuevas miradas. Me cuesta pensar en el arte, en Barcelona y en lo positivo sin verlos intrínsecamente unidos. Son tres palabras que, en mi cabeza, siempre se llaman las unas a las otras. Lo realmente significativo de las obras de  arte es que nos muestran permanentemente infinitas maneras de acercarse a una pregunta, de albergar un tema. Y ahí reside la esperanza. No en las respuestas, sino en la multiplicidad de caminos para buscarlas.  

Cuando vine a vivir a Barcelona, hace más de veinte años, me maravilló algo que pocas ciudades tienen:  espacios culturales con personalidad propia, que no compiten entre sí sino que se complementan. El MACBA, el CCCB, la Fundación Miró, el Museo Tàpies o sus galerías no son simplemente instituciones. Son conversaciones abiertas con el mundo. Quizás aquí no lleguen las exposiciones con grandes presupuestos de otras capitales europeas, pero les aseguro que los contenidos están trabajados para que quien observa, se plantee múltiples interrogantes. Para que recupere la esperanza en el ser humano y en su labor creativa. Hay una honestidad intelectual en la manera en que Barcelona programa cultura que no siempre se encuentra en ciudades más grandes y más ruidosas.  

De eso se trata cuando hablamos de Arte. De acoger la pluralidad en todas sus vertientes, de proponer una  conversación abierta, no cerrada. Cuando mis alumnos de Elisava me preguntan si una exposición me ha  gustado o no, les respondo con otra pregunta: ¿Cómo habita en ti lo que has visto? El arte no debe imponer,  sino generar observación. Esa distinción, tan sencilla de enunciar y tan difícil de sostener, me parece una de  las más importantes que puede hacer una ciudad que quiera seguir siendo culturalmente viva. No se trata de  que el arte nos diga qué pensar, sino de que nos complemente para pensar de otra manera. Para mirar lo que  ya conocemos con ojos distintos. Para encontrar en lo cotidiano una grieta por donde se cuela algo  inesperado.  

Y Barcelona, en ese sentido, tiene algo que no se puede fabricar: una disposición natural a dejarse  sorprender. Es así como siempre se ha ofrecido al Arte, como una ciudad abierta a lo que llega de otros  mares, con la esperanza maravillosamente infantil de aceptar al forastero, de dejarse transformar por lo que no conocemos. Antoni Gaudí, Aurèlia Muñoz, Joan Miró y muchos otros tienen algo en común: esa mirada deliciosamente pura e inocente, como si la luz del Mediterráneo les hubiera conquistado el alma. Los artistas  que han vivido en esta ciudad se transforman en lo que el poeta barcelonés Jesús Lizano llamaba "personas curvas". Un poema que les invito a descubrir sin falta.  

"Hay una honestidad intelectual en la manera en que Barcelona programa cultura que no siempre se encuentra en ciudades más grandes y más ruidosas"

Porque hay algo en la curvatura que lo explica todo. Lo recto es eficiente, predecible, fácil de catalogar. Lo curvo, en cambio, te obliga a cambiar el paso, a ajustar la mirada, a encontrar el equilibrio en movimiento. El  arte que más me interesa, el que esta ciudad ha sabido cultivar con mimo, es siempre curvo. No te da respuestas directas. Te invita a rodear la pregunta hasta que encuentras tu propio ángulo. Y en ese proceso de rodeo, de aproximación, de tanteo, ocurre algo que ningún manual puede enseñar: aprendes a tolerar la  incertidumbre. A vivir cómodamente en el espacio entre la pregunta y la respuesta. Que es, al fin y al cabo, donde transcurre la mayor parte de la vida real. 

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