Francés, la lengua que, hasta la mitad del siglo pasado, la mayoría de los catalanes había estudiado en la escuela como primera lengua extranjera, ha ido perdiendo hablantes aquí, al otro lado de los Pirineos. Ahora, y ya hace unos cuantos años, solo quienes tienen vínculos con Francia u otro país de habla francesa, quienes aprecian o son fans de la cultura francesa, sea del cine, la música o la literatura, o quienes tienen que usar esta lengua en su actividad laboral, lo aprenden. El inglés se impuso en todos los centros de educativos como una gran apisonadora que dejó al francés arrinconado como optativa.
Por lo tanto, en las aulas de francés hoy hay, sobre todo, una selecta variedad de alumnos y alumnas con motivaciones varias hacia el aprendizaje de la lengua del país vecino. Y, cuando topan con una profesora como Marie, pocas excusas encuentran para perderse la clase de francés. Marie Martínez está al frente del departamento de francés en la Escola Oficial d’Idiomes (EOI) de Barcelona Vall de Hebron. Pero no es precisamente en la burocracia organizativa del funcionamiento de una escuela oficial como esta donde ella saborea el placer y el verdadero aliciente de su trabajo: eso lo vive dentro del aula.
“No hay nada que me guste más que dar clase”, dice, con aquella seguridad y firmeza que viene de lejos, y de muy adentro. Esta profesora ama el oficio que da cuerda a una lengua en vías de recesión en Catalunya. Cada inicio de curso, Marie descubre a los nuevos inscritos, curiosa por saber qué les interesa más de una lengua como el francés, por qué la estudian, cómo la estudian...
“En francés ---comenta--- es como un lujo tener a adolescentes en clase que siempre acostumbran a llevar ya bastante bien el inglés y a quienes les gustan los idiomas. Hay quien empiezan en primero y va sacando todos los cursos hasta obtener el C1, y quizás no ha vivido ni vivirán nunca en Francia. Estudian francés como un plus, que es básicamente lo que ahora en este tiempo se está perdiendo”, explica.
Porque el aprendizaje de una lengua extranjera ---como dice Marie--- es un trayecto de largo recorrido, pero siempre hay quien “se matricula para estudiar un idioma como quien se apunta al gimnasio. Empiezan con muchas ganas, pero después dejan de venir. Hoy, que todo es darle a un botón y conseguir la respuesta, el número de alumnos que se matriculan ha bajado”. Piensan también los profesores de idiomas que la inteligencia artificial tiene bastante que ver con ello. “La IA llegará a suplir el aprendizaje de idiomas, sí, con traductores automáticos y aplicaciones para aprender. Pero lo que no podrá substituir la inteligencia artificial es el intercambio con la otra persona. Los gestos, la mirada a los ojos, toda la comunicación no verbal, se pierde”, puntualiza la profesora de francés. En las clases se aprende simultáneamente todas las competencias lingüísticas: a leer, a escribir y a hablar el idioma. Pero, además ---explica Marie--- “se aprende mucho más que gramática. Podrás tener automáticamente una traducción perfecta, pero la cultura del país y el intercambio de experiencias con la lengua y su país de origen entre los alumnos y con el profesor, todo eso también pasa en el aula”.
Preparar crepes y degustarlas, o descubrir los quesos elaborados en obradores franceses son actividades que forman parte del curso de francés en la EOI, momentos para fortalecer más el vínculo con el grupo, con el común denominador de la lengua francesa. Además ---añade Marie---, “el proceso de pensar en otro idioma, conocer las expresiones, junto a estas pinceladas de cultura, es una riqueza”. Es este compartir anécdotas en el aula lo que da el toque diferencial en el aprendizaje de la lengua. “Y yo quiero creer que volverá a valorarse más”, confía.
Clase a las muñecas
Marie Martínez nació en la ciudad de Mulhouse, en Alsacia. Era muy pequeña y ya se entretenía jugando a aquello que más tarde ha acabado siendo su dedicación laboral. Tablas, pues, se puede decir que ya tenía cuando era una niña. “En casa, colocaba sillas y sentaba a mis muñecas en ellas, unas cuatro o cinco, y yo subía a una silla y escribía detrás de una puerta, como si fuera una pizarra. Y mi madre y mi padre se ponían histéricos. Después ya me compraron una pizarrita y tizas de colores, y con eso continuaba explicando lecciones a las muñecas”.
“La IA llegará a suplir el aprendizaje de idiomas, sí. Pero lo que no podrá sustituir es el intercambio con la otra persona”
En la escuela, ella personalmente también iba muy a gusto. “El colegio me gustaba, pero no por las materias. Para mí, era un lugar donde se socializaba”, recuerda. Y es eso mismo, precisamente, lo que ahora ella valora y destaca más de la dinámica de las clases en una escuela como es la oficial de idiomas. “En el aula de la EOI se mezcla gente de diferentes edades, formaciones y trabajos. Vienen a clase a aprender no solo el idioma, también aprenden a compartir la experiencia del aprendizaje, cada uno a su ritmo. Se hace piña entre todos ---también creando un grupo de Whatsapp---, un microcosmos con muy buen ambiente, en el que suele haber siempre la ratita de biblioteca, el perfeccionista, el que se apaña, el que sale adelante a pesar de todo lo que le cuesta. Y eso a mí me encanta”, dice. “Me maravilla quienes trabajan todo el día y a las siete de la tarde vienen hasta aquí para pasarse una hora y media en clase, dos veces por semana. Eso para mí, como profesora, es un lujo.” Y Marie también sabe que es un lujo que en España se pueda disponer de una escuela pública de idiomas, cosa que no ocurre en otros países.
Andalucía, León, Alsacia y Valencia
Los padres de Marie nacieron en Andalucía, y fueron a vivir un tiempo a León, antes de establecerse en Francia. “Pero, como todos los emigrantes, querían volver a su país, y lo hicieron. Volvieron y se quedaron entre los dos mundos, porque, después de pasar tantos años fuera, es como si ya no fueran de aquí”, explica Marie. Cuando sus padres volvieron a España, ella tenía veinte años. Recuerda que llamó por teléfono a la UNED para informarse sobre los estudios de filología francesa, que era lo que su profesor de español, en París, le había recomendado estudiar si quería venir a vivir a España y trabajar como profesora de francés. “Yo nunca había oído hablar de filología, tuve que pedir que me deletrearan la palabra”, recuerda.
Sus padres se instalaron en Valencia. “Yo vine por un año, pero ya me quedé”, explica. En Valencia hizo la carrera de Filología francesa, pero en Barcelona tenía a su novio, que estudiaba en la Universitat de Barcelona, y quiso venir a hacer el doctorado de francés aquí, aunque no lo llegó a terminar porque no le gustó. “Me puse a trabajar de camarera, primero, y luego en una academia de idiomas, que fue mi mesa de despegue como profesora de francés”, reconoce. También dio clases de francés en centros de Secundaria y, finalmente, donde lo hace todavía, en la Escola Oficial d’Idiomes. Contaba con el certificado de aptitud pedagógica (CAP), en el curso para la obtención del cual tuvo dos profesores que dejaron huella en ella. “Me parecieron espectaculares y sentí que quería dar clases como ellos”. Después, aprobó las oposiciones.
Ver cómo sus alumnos siguen las clases y se enganchan al francés le demuestra que ha conseguido emular bien a los profesores que a ella más le gustaron. Con la gran ventaja de que ahora ella y sus alumnos cuentan con muchos más complementos para continuar en contacto con la lengua, fuera del aula. Plataformas de música, cine y documentales, acceso a prensa y medios de comunicación francófonos… “Todo esto son facilidades para aprender francés. El hilo conductor es la cultura y, como a quien le gusta el arte, si se está motivado, aprender sobre ello te resulta fácil. Aunque siempre hay quien tiene mucha más facilidad para los idiomas, eso lo ves enseguida”, concluye.
