Estos días se representa en el Teatre Romea de Barcelona El hijo de la cómica, un homenaje de José Sacristán a Fernando Fernán-Gómez.
Sacristán dice: «Fernán-Gómez me enseñó a escuchar».
Durante años tuvo la oportunidad de estar cerca de él, escucharle y aprender cómo entendía el oficio. De hecho, he leído que Sacristán decía que estaba «en primero de Fernán Gómez». Me gusta mucho esa expresión porque implica asumir algo que cuesta: antes de querer demostrar, hay que aceptar que todavía estás aprendiendo.
Y es que hay una etapa que casi todos queremos saltarnos. La etapa de observar desde la última fila. La etapa de hacer tareas pequeñas. La etapa de ayudar a otros antes de que nadie se moleste en mirarte a ti.
Queremos aprender, pero sin la incomodidad de sentirnos principiantes. Queremos liderar, pero sin haber aprendido antes a seguir. En el fondo, buscamos que reconozcan nuestro talento antes de haber pasado por ese tramo en el que todavía no somos tan importantes como creemos.
El ego convierte cualquier tarea humilde en una ofensa personal. Hace que confundamos servir con rebajarnos y nos hace creer que preparar el terreno para otros es una pérdida de tiempo.
Pero no lo es.
Parafraseando a Lord Mahon, las grandes personas casi siempre han demostrado primero la misma capacidad para obedecer que más tarde demostrarían para mandar. Sé que la palabra «obedecer» suena antigua y tiene mala prensa. La asociamos con falta de criterio, dependencia o sumisión.
Pero hay otra forma de entenderla.
Obedecer es aprender a mirar desde dentro. Es entender cómo trabaja alguien con más experiencia. Es descubrir cómo decide el que sabe, cómo prioriza, cómo se equivoca y, sobre todo, cómo sostiene la responsabilidad cuando las cosas se ponen feas.
Obedecer es aprender a mirar desde dentro.
No hay liderazgo sólido sin una temporada de aprendizaje humilde. Cualquier persona que conoces es, en algo, superior a ti. Si entras en una sala preguntándote cómo demostrar que sabes más, ya has perdido.
El que aprende de verdad entra preguntándose qué puede extraer de cada uno de los presentes.
No hay liderazgo sólido sin una temporada de aprendizaje humilde.
La autoridad se construye haciendo bien lo que toca, incluso cuando no luce. Se construye cumpliendo. Escuchando. Mejorando lo que pasa por tus manos. Siendo la persona que no añade problemas innecesarios. La que entiende el encargo. La que vuelve con algo mejor de lo que se esperaba.
Muhammad Ali decía que servir a los demás es el alquiler que pagamos por vivir en este mundo.
Si lo aplicamos al aprendizaje, servir es la forma más rápida de dejar de mirarte el ombligo y empezar a mirar lo que la situación necesita de verdad. Así es como se fabrican la competencia y el criterio.
Aprende a ser útil. El resto vendrá después.
