Cada vez nos vemos más empujados a ir rápido por la vida. Queremos resultados inmediatos y reconocimiento constante. En las empresas, en la política, en la educación e incluso en nuestra propia vida personal, pensamos que el buen líder es quien consigue que todo ocurra antes.
Nos vemos empujados cada vez más a ir rápido por la vida. Queremos resultados inmediatos y reconocimiento constante. En las empresas, en la política, en la educación y hasta en nuestra propia vida personal, pensamos que el buen líder es quien consigue que todo ocurra antes.
Sin embargo, cada vez que paso por delante de la Sagrada Familia y pienso en Gaudí, veo algo distinto. La Sagrada Familia enseña que hay proyectos que no se pueden construir desde la prisa. Nos recuerda que algunas visiones son demasiado grandes para caber en una agenda anual.
Gaudí sabía que no vería terminada la basílica
Aún así, trabajó en ella con una entrega absoluta. Se dice que una sociedad se hace grande cuando alguien planta árboles bajo cuya sombra sabe que nunca se sentará. La Sagrada Familia expresa esa misma idea, pero esculpida en piedra. Es el acto de construir pensando en un futuro que no podrás controlar ni disfrutar del todo.
Aquí es donde se mide la talla de un líder. El mediocre necesita sentirse imprescindible, quiere que todo pase por sus manos y que su presencia se note en cada decisión. Teme que su ausencia paralice el proyecto porque confunde el control con el valor. En cambio, el líder grande crea una visión tan clara y unos principios tan reconocibles que otros pueden continuar la obra sin traicionarla. El sacerdote Theodore Hesburgh decía que esa es la esencia del liderazgo: tener una visión tan clara que nadie pueda tocar una “trompeta incierta”.
Si la Sagrada Familia ha avanzado es porque distintas generaciones han sabido ponerse al servicio de una visión que las precedía. Arquitectos, artesanos, escultores, ingenieros, donantes, ciudadanos y visitantes han formado parte de una obra que pertenece a todos porque nació de una visión suficientemente grande. Al final, la forma más alta de influencia es conseguir que otros sigan construyendo algo que merece sobrevivirnos.

Por eso Barcelona ha aprendido a mirar las grúas que rodean el Templo como parte de una promesa. Y toda promesa importante exige paciencia. La paciencia de quien entiende que lo que merece la pena se construye piedra a piedra.
Cada vez que paso por delante y miro hacia arriba, lo veo más claro. Liderar es formar a personas capaces de mejorar lo que tú empezaste. Es levantar una obra que no necesite de ti para seguir viva. Un buen líder entiende que su mayor legado es volverse prescindible para que la dirección sea eterna.