Volver al Port Olímpic 

Cuando, a finales de los años ochenta del siglo pasado, los arquitectos Oriol Bohigas, Josep Martorell, David Mackay y Albert Puigdomènech proyectaron el Port Olímpic de Barcelona seguro que no imaginaban que esta gran instalación construida como sede de las competiciones de vela de los Juegos Olímpicos de 1992 acabaría convirtiéndose en una triste mezcla de Magaluf, Pattaya y Medellín. Un punto de ocio nocturno masificado que aparece a menudo en la crónica de sucesos de los periódicos, con una oferta de restauración que claramente no está a la altura de una capital gastronómica como la nuestra; una especie de no man’s-land que ni siquiera los vecinos de la Villa Olímpica se sienten como propio (personalmente, no recuerdo la última vez que lo he pisado).

La decadencia del Port Olímpic es especialmente dolorosa porque ocupa un puesto central en el perfil marítimo que Barcelona estrenó por las olimpiadas. Un flamante puerto enmarcado por algunos de los grandes iconos de la rutilante Barcelona olímpica (Torre Mapfre, Hotel Arts, Pez Dorado de Frank Gehry) y rodeado por dos estupendas playas urbanas: Somorrostro y Nova Icària.

La evolución del Port Olímpic puede ser perfectamente una metáfora de la degradación del modelo de ciudad nacido a raíz de los Juegos Olímpicos. En el 92 estrenamos una Barcelona moderna, orgullosa, ordenada y abierta al mar. Una ciudad que explicábamos satisfechos cuando íbamos por el mundo a todo el que nos quisiera escuchar. Pero, con el paso de los años, ese sueño cosmopolita poco a poco se fue convirtiendo en pesadilla, en buena parte, digámoslo todo, por los graves efectos que ha comportado el turismo de masas.

Por eso el reto planteado por el Ayuntamiento de Barcelona en Barcelona de Servicios Municipales (B:SM) es tan ambicioso como necesario: convertir el Puerto de Barcelona en un gran nexo entre la ciudad y el mar. Una gran área profundamente renovada en la que el ocio nocturno y las paellas cutres cedan el protagonismo a la economía azul, la náutica y la gastronomía de calidad. Y todo ello, como no podría ser de otra forma a estas alturas, con criterios de sostenibilidad y un estricto respeto al medio ambiente.

En 2024, el nuevo Port Olímpic tendrá un estreno de excepción con la celebración de la Copa América. Sin embargo, es importante que sea un proyecto pensado a largo plazo y que ponga a la ciudadanía en el centro. Si los barceloneses no nos lo hacemos nuestro, si no tenemos la sensación de que el Port Olímpic es parte de la ciudad y que, por tanto, nos sentimos bien acogidos en él, este nuevo proyecto fracasará. No permitamos que se convierta en una simple atracción turística más. Tenemos una oportunidad magnífica para que los barceloneses profundicemos y diversifiquemos nuestra relación con el mar. Aprovechémosla.

Si los barceloneses no nos lo hacemos nuestro, si no tenemos la sensación de que el Port Olímpic es parte de la ciudad y que, por tanto, nos sentimos bien acogidos en él, este nuevo proyecto fracasará

En este último artículo de 2022 y a las puertas de un año electoral he querido aplaudir especialmente este proyecto de transformación urbana. En primer lugar, porque era urgente e imprescindible repensar un espacio central de la ciudad llamado a convertirse en un punto neurálgico de la dimensión marítima de Barcelona. Y, en segundo lugar, porque también puede ser un camino a seguir a la hora de gestionar el legado olímpico (material y simbólico): repensándolo e interviniendo en profundidad para corregir su rumbo y frenar la degradación de un modelo de ciudad que hace treinta años nos sirvió para proclamar lo de “Barcelona tiene poder”. ¿Podría tratarse de una parte importante de un futuro nuevo modelo Barcelona?





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