CARAS DESCONOCIDAS

La vida en clave de baile

Gemma Patricio a la seva escola de ball. © Guido Cancarini
Gemma Patricio a la seva escola de ball. © Guido Cancarini

Bailar y hacer bailar. Este es el propósito y mérito de Gemma Patricio Mestre. Siguiendo sus pasos de baile, ha sabido entrelazar las dedicaciones que la apasionan: la danza, la educación especial y la escenografía para expresar aquello que, como mujer, quiere compartir

07 de noviembre de 2025

Cada año en las fiestas del barrio del Centre, en l'Hospitalet de Llobregat, Gemma Patricio se quedaba encandilada viendo cómo bailaban en el escenario los alumnos de una escuela de danza. Lo llamaban funky, un ritmo más acelerado que el baile clásico que ella bailaba desde los cuatro años, y que iluminaba su mirada y despertaba sus ganas de probarlo. Con aquella atención ilusionada, su madre no pudo hacer otra cosa que apuntarla a clases en aquella escuela de danza que hacía subir a los alumnos al escenario.

Gemma era todo un nervio. Su madre ya veía que los pies de su hija pedían salirse de los pasos de la danza clásica de toda la vida. A pesar de que, tal y como reconoce ahora Gemma, en aquellos trece o catorce años era una chica muy tímida, pero las ganas de bailar pasaban por encima de cualquier vergüenza. La danza urbana con música moderna la llevó hasta la escuela Laura Mestres de l’Hospitalet. Era el nombre que se publicitaba sobre el escenario junto a aquellas bailarinas que le contagiaron las ganas de danzar aquello tan moderno y movido, el street dance.

En aquella escuela conoció a Pili González, una profesora que enseguida percibió todas las tablas que tenía Gemma en el arte que había en el arte de seguir aquel ritmo. Era una alumna excelente. Tanto, que cuando le hacía falta una sustituta en algún momento puntual, era Gemma a quien proponía ocupar su lugar delante de los alumnos. Gemma había encontrado su lugar en la danza.En aquella escuela estuvo seis años, hasta que, un buen día, a su profesora, Pili, le ofrecieron la codirección de la escuela de danza Stage, en el barrio barcelonés del Camp de l'Arpa, junto al Hospital de Sant Pau, y Gemma la siguió para continuar su formación a su lado. Para Gemma, el baile fue una afición hasta que una profesora de la escuela tuvo que dejar las clases y le pidieron a ella si quería llevar alguna clase. Aceptó inmediatamente. “A mí me gusta mucho bailar, pero enseñando a bailar es donde he encontrado mi pasión. Me he dado cuenta de todo lo que aprendo poniéndome delante de los alumnos”, dice.

Al mismo tiempo, empezó a cursar un ciclo de audiovisuales. "Yo quería sentirme útil, hacer algo práctico y no me veía cuatro años estudiando en la universidad. Pensaba dedicarme a la realización de cine, me atraía también la fotografía y todo el tema visual artístico". Y lo fue llevando todo en paralelo, hasta que la carrera audiovisual empezó a estancarse y la danza avanzó en su vida. Los fines de semana estudiaba un posgrado de Artes Escénicas de Educación y Movimiento en el Institut del Teatre Centre de Vic.

También trabajaba. Cuando se independizó, una amiga le dijo que necesitaban monitores para acompañar a jóvenes con diversidad funcional desde la plaza de Catalunya hasta Vallvidrera. “Los acompañábamos durante el viaje en Ferrocarrils de la Generalitat, y a mediodía los íbamos a recoger”. Al principio, le pareció un poco duro, porque eran chicos y chicas adolescentes y con necesidades especiales, pero, sin darse cuenta, aquellos jóvenes se fueron haciendo un hueco en su mundo y convirtieron la educación especial en otro de sus intereses.

Aunque Gemma Patricio disfruta mucho de bailar sobre los escenarios desde niña, es enseñando a bailar donde ha encontrado su verdadera pasión. © Laia Manyosa

Gemma compaginaba clases y educación especial, y en sus horas de baile continuaba sintiéndose la mujer más feliz del mundo, por mucho que su estado de pluriempleada no le dejara mucho tiempo libre. Adora trabajar. Explica que, de pequeña, siempre pensaba que quería trabajar en algún lugar donde, si faltaba un día al trabajo, pasara algo. Y eso ---pensaba--- en el mundo de los funcionarios ---sus padres lo eran--- no creía que pasara. “Si no vas a trabajar, no pasa nada”, pensaba. “De todos modos, mis padres ya me lo decían que yo en un trabajo tan estable me pudriría”, dice.

“Mi sueño era tener mi escuela de danza y crear mis propios grupos”, confiesa. Y el pasado verano, la vida le sirvió en bandeja cumplir este sueño. Los propietarios de la escuela Stage donde ya daba clases, comunicaron que a partir del 1 de septiembre su centro de danza ya no abriría. Anunciaban, así, el cierre de una escuela de baile con 38 años de historia en el barrio.

Gemma Patricio ante la academia Stage, del barrio de Camp de l'Arpa, que dirige desde principios de setiembre. © Guido Cancarini

No se planteaban ningún traspaso, pero Gemma se puso en contacto con la inmobiliaria que llevaba el alquiler del local y empezó a hacer números. “Me puse en modo empresaria, un ámbito me impresionaba mucho, pero de la ilusión vivimos”, afirma. Se puso a hacer carteles con el nombre del nuevo correo electrónico, porque toda la base de datos de los antiguos alumnos se había destruido y antes del 1 de septiembre tenía que dar a conocer a todo el mundo que la escuela no cerraba.

"Yo no quiero ser solo profesora de danza, tengo que saber combinar el juego y la danza, la distensión, la socialización, que sea casa y refugio, un espacio seguro para bailar con amistades y salir renovada"

Empezaba, así, una nueva etapa para esta escuela de barrio, y también para esta joven apasionada por la danza. Pintó de lila, su color preferido, todos los elementos de rotulación y buena parte de la decoración y mobiliario de la escuela. Y reorganizó los grupos de baile. Lunes y miércoles, danza más moderna, y el baile más clásico, los martes y jueves.

Tenía muy claro que no quería priorizar, como otras escuelas sí que hacen, la formación de jóvenes promesas del baile, chicos y chicas, bailarines de clásico y moderno con pretensión de competir. “Yo soy una eterna defensora de la escuela de barrio, de aquel espacio al que los alumnos vienen a pasárselo bien. Yo he podido experimentar que aquello que la danza une, nada lo separa, porque estás compartiendo una pasión, y eso es muy bonito. Y creo que deben existir estos espacios en los que bailando se crean vínculos. Y yo no quiero ser solo profesora de danza, tengo que saber combinar el juego y la danza, la distensión, la socialización, que se expliquen qué les ha pasado cada día, que sea casa y refugio, un espacio seguro para bailar con amistades y salir renovada. Y quiero permitir que cada uno encuentre en la escuela aquello que necesite. Por eso me gusta este proyecto, porque me permite poder crear estos espacios”. Y ella sabe muy bien que la danza es mucho más que movimiento. “Soy hija única y, cuando mi padre murió yo tenía veintidós años, la danza me salvó”.

La academia Stage cuenta ahora con un centenar de alumnos, y combina melodías clásicas con ritmos urbanos.

La escuela tiene ahora cerca de un centenar de alumnos, desde los tres años hasta los setenta. Durante las tardes de los martes ha destinado una aula para poner en marcha una sesión de baile dirigida especialmente a mujeres de 55 años hacia arriba. Lo ha bautizado como grupo Premium Dance. Bailan ritmos latinos, ella organiza una coreografía, “para moverse bien, pero que no sea una técnica difícil, porque hay quién puede tener dolores. Por eso también trabajamos muy despacio y explico muy bien las cosas”, detalla.

En el fondo, el objetivo que se propuso es que sea a través de este tiempo de baile, “que las mujeres se encuentren ellas mismas. Asimilando pasos, descubren una nueva versión de ellas. Muchas dicen yo no tengo ritmo, qué vergüenza... pero después ven que suficiente trabajo tiene cada una en hacer su trabajo como para mirar a las demás”. Ver el progreso de cada una se mezcla con este bienestar y autoconfianza que se va elevando cada tarde de martes en esta escuela de barrio. “Creo que es muy importante que encuentren su momento a lo largo de la semana para soltar la energía y hagan esta redescubierta individual, que se liberen de todas las capas de miedos que puedan tener”. Gemma todo esto también lo vive con plena conciencia. “Bailar para mí es adentrarse en la pureza de una misma. Si te esfuerzas, llegas a lo más profundo”, comenta.

"La música ayuda mucho. Tiene un poder y una fuerza extraordinarias. Cuando pongo música, se calman y el sonido les conecta con su interior"

Entre movimiento y movimiento, y con la música siempre de compañía, la escuela ya le está regalando momentos gratificantes. Por ejemplo, cuando con lágrimas en los ojos una alumna le explicó que tenía que ir a estudiar a Girona y debía dejar la escuela de danza. “Gracias por dar tanto de valor a todo lo que hago”, dice ella.

Compañía propia

Del vínculo que ella personalmente ha ido creando con compañeras de baile, Gemma ha llegado a crear su propia compañía de danza. Son las Males Herbs. Crear solo coreografías se les quedaba corto. Y ahora van a bailar allí donde las invitan. En Navidad, por ejemplo, las Males Herbes subirán a un escenario en el Port de Barcelona, el 21 de diciembre a las 11.30 h.

Gemma Patricio ha creado su propia compañía de danza: las Males Herbes. © Laia Manyosa

Y este sábado, 8 de noviembre, el teatro dels Lluïsos de Gràcia será el escenario de una escenificación de mucho más que danza. Las Males Herbes interpretan, a través d e diferentes coreografías, la historia de la sexualidad femenina, en un espectáculo titulado Clímax. “Sentía la necesidad de escenificarlo y transportarlo al movimiento, haciendo que mi cuerpo hablara. Y me vino la idea de un viaje histórico, desde la dictadura franquista, la transición, la revolución de los 80, la aparición de la píldora anticonceptiva y la actualidad, 100 años en la evolución de la concepción del aparato reproductor de la mujer”.

El 29 de noviembre, el espectáculo se podrá ver en Sant Esteve de Palautordera, "porque el Ayuntamiento de esta localidad ha querido comprarlo, y vincularlo al 25 de noviembre, que es el día contra la violencia de género", destaca Gemma Patricio, guionista principal de esta original escenificación que demuestra que la danza puede convertirse en una gran herramienta de expresión. “Primero busqué la idea y después puse el movimiento”, dice.

Les Males Herbes ha creado el espectáculo Clímax, un repaso por la historia de la sexualidad femenina a través de melodías y coreografías. © Laia Manyosa

Además de dirigir la escuela de danza, Gemma continúa ejerciendo otros trabajos que la llenan. Se sacó el título de monitora para apoyar en el aula a alumnos con necesidades especiales. También ha atendido cursos de autismo y de trastorno de la conducta. Cada semana en Tiana “ejerzo de monitora de varios niños y esto me apasiona. Es muy bonito sentirme útil así, me gusta ser cuidadora. Y el summum ha sido poder juntar este mundo de la diversidad funcional y la danza”. A través de la asociación de padres y madres de jóvenes con diversidad funcional de Mongat y Tiana, ASPAMOTI, Gemma ha puesto en marcha una clase de baile semanal para que estas personas puedan poner el movimiento al servicio de su bienestar y mejora.

Con todo lo que aprendió durante su trabajo final de l'Institut de Teatre Centre de Vic, que quiso dedicar a la danza aplicada a un niño con autismo, y más cosas que crea para estas necesidades especiales, ha hecho posible abrir un espacio para este colectivo de personas. Reconoce que “la música ayuda mucho. Tiene un poder y una fuerza extraordinarias. Cuando pongo música, se calman y el sonido les conecta con su interior. Esto como profesora es fantástico, porque ayudas a romper prejuicios”.

Una foto de Billy Elliot, el niño que vivía y soñaba bailando, junto a otras imágenes de gente, también haciendo danza, y de Gemma en sus actuaciones con las Males Herbes, dan la bienvenida en esta escuela de baile que esta joven ha hecho revivir con toda la energía que la danza le aporta.

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Sobre el autor

Carme Escales
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