'Una bufetada a temps', y bien dada

Una bufetada a temps
Una bufetada a temps

Una obra altamente recomendable, técnica y artísticamente, pero también por este efecto espejo: la obra no toma partido pero las risas del público sí

Una bufetada a temps (sala Villarroel, hasta el 17 de mayo) es una comedia que golpea a diestro y siniestro, pero que también nos da una bofetada a tiempo a los espectadores. Concretamente, nos despierta de un sueño dulce en el que muchos pensaban que la disciplina había pasado de moda, que la autoridad era un concepto retrógrado y que los nuevos métodos educativos debían priorizar el cuidado frente a la libertad del niño. Del infante, perdón. “En esta escuela los llamamos infantes”.

El título ya avisa, no promete ninguna sutileza. No vende contemplación, ni matiz, ni ese tipo de teatro que acabas de ver y no sabes muy bien si lo has entendido pero aplaudes igualmente. Aquí vamos de frente, las cosas claras y el debate directo. Escrita y dirigida por Marta Buchaca, la obra nos sitúa ante un conflicto familiar que es un conflicto social de primer orden: un niño ha sido golpeado por su abuelo, a raíz de una discusión en la que le faltó al respeto (“hijo de puta”, le dijo), y ahora la escuela quiere denunciar al abuelo por la violencia ejercida. Sí, es delito pegar a un menor. Pero. En el “pero” está la obra.

Ramon Madaula se lleva el epicentro de casi toda la gracia de la obra, pero también Montse Guallar, la abuela: a diferencia de lo que podría pensarse, ellos son el centro de la atención porque es en ellos donde el conflicto generacional (y educativo) se hace más presente: no es que el abuelo esté a favor de pegar a los niños, pero hay momentos en los que… Y toda la obra, desarrollada en una escenografía de escuela pública moderna, abierta, pacífica y tolerante, nos pregunta (a nosotros, a los espectadores) si no hemos llevado las cosas un poco demasiado lejos. Si no hemos perdido demasiado el sentido del respeto por los mayores (y por los padres, y por los maestros). Si las conductas erróneas deben castigarse, y cómo. En definitiva, una bofetada a tiempo quizá no, pero… pero quizá también sí.

Toda la obra, desarrollada en una escenografía de escuela pública moderna, abierta, pacífica y tolerante, nos pregunta si no hemos llevado las cosas un poco demasiado lejos. © Sergi Panizo

Lo que más sorprende, pues, son las risas del público. No hace falta ser muy observador para ver que aquello que provoca más carcajadas y aplausos es… la escuela moderna. Los métodos amables, el zen, la tortuguita, el evitar a toda costa que el niño (el infante) se haga daño. Un público que hasta hace poco seguro que renegaba del autoritarismo, y de los métodos antiguos, y de la necesidad de la memorización y del sentido de la jerarquía, ahora se ríe justo de lo contrario: de los círculos en familia, del control de la ira, de la protección férrea de la sexualidad de los infantes (si es que la tienen) y de las múltiples y líquidas opciones que hay que dejar fluir espontáneamente en el crecimiento libre del alumno. Todo esto, ahora, nos hace reír. Ahora esto es lo que nos parece retrógrado, excesivo, absurdo. Y está bien que nos riamos, evidentemente: la pregunta es qué ofrecemos, como respuesta. La bofetada no, está claro. Pero ¿hay otras cosas que podamos presentar, a tiempo, para evitar que un niño o una niña se nos desvíe irremediablemente?

Después viene la hipocresía. La pulcritud de valores defendida por el director de la escuela (Eudald Font) y por la madre (Sara Diego), en contraste con la actitud ilusamente conciliadora del padre (Marc Rius) y la estupefacción de los abuelos (cada pequeño gesto de Montse Guallar y cada manifiesta exasperación de Ramon Madaula son una invitación a desternillarse), resulta ser una pulcritud de valores falsa y manchada por la eterna plaga humana de las infidelidades. Los malentendidos acumulados como la ropa sucia estallan sobre el escenario, las mentiras piadosas dejan de ser tan piadosas y el castillo de naipes dramático tiembla pero nunca cae.

Una obra altamente recomendable, técnica y artísticamente, pero también por este efecto espejo: la obra no toma partido pero, como he dicho, las risas del público sí. Inconscientemente, las risas delatan. Nos muestran cómo el consenso general es que hemos tensado demasiado la cuerda de la protección de la infancia. Nos vemos ridículos, nos confesamos como una sociedad ridícula. Ya es mucho. Solo me pregunto si, una vez en casa y en el trabajo, seguiremos riéndonos de estos clamorosos excesos (y actuaremos en consecuencia, en la escuela y fuera de ella) o continuaremos obsesionados con quedar bien. Porque esta vez nos han dado una bofetada a tiempo, y este tipo de bofetadas hay que aprovecharlas.

Eudald Font y Marc Rius en la obra Una bufetada a temps, en la sala Villarroel. © Sergi Panizo

Sobre el autor

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Jordi Cabré
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