Hace días charlaba con un gat vell de mi barrio de adopción (un tanto más felino que carroza) y me contaba que Ciutat Vella es ya un lugar moribundo porque las últimas administraciones municipales -sean convergentes, pseudocomunistas o socialistas de aquella manera- lo han condenado a devenir un simple escaparate del turismo, con la consiguiente despersonalización. De hecho, la mayoría de barceloneses que residen en el antiguo centro de la ciudad, resistencialistas por naturaleza, cuando identifican su hogar, suelen decir que “todavía” viven en el Raval, en el Gòtic y etcétera. Pensaba en esta fatalidad militante leyendo el Pacte per Ciutat Vella, documento estratégico que el Ayuntamiento ha impulsado para repensar el barrio con el horizonte puesto en el año 2030, un informe que cuenta con la coordinación de Ivan Pera, caprgòs de nacimiento (con apellido teatral ilustrísimo) pero buen conocedor del estado de este nuestro indómito trocito de tierra.

Como cualquier documento de este tipo, la administración opta por la poesía cuando, tras reunirse con toda cuanta entidad y de convocar a un numeroso grupo de expertos de reconocido prestigio, llega a conclusiones como que “garantizar viviendas asequibles, seguras y sostenibles para todas las etapas de la vida resulta imprescindible para mantener el derecho a vivir en el distrito”. A su vez, este ensayo de pacto cae a menudo en la retórica noventera del PSC la cual, evitando cualquier tensión entre los ciudadanos de orígenes diversos, sitúa el ideal del barrio -en simpática expresión de mi querida profesora de ética y convecina Begoña Román- como una especie de “manta de patchwork” tranquila y sosegada: “quizás no una slow city uniforme, pero sí una ciudad con pluralidad de ritmos.” Servidor está encantado de insuflar mucha filosofía al presente asunto y de emplear todo cuanto anglicismo que se preste, pero diría que necesitamos menos poesía y más acción.

 

Para ser justos, este documento municipal incluye aquel tipo de medidas como por ejemplo “Elaborar el Plan de rehabilitación de Ciutat Vella 2035” (traducido, intentar que el barrio no se hunda); “Aumentar la vivienda asequible con la incorporación de nuevos pisos en los próximos años”; “Abrir un centro de educación especial para incrementar (ecs) la atención integral a los niños con necesidades específicas”, entre muchas otras commonplaces del progresismo con las cuales todo quisque podría estar de acuerdo, sobre todo si no implicaran ningún incremento ide impuestos más. Pero antes de glosar las nubes para ejercitar la imaginación, diría que sería oportuno fijarnos más en datos objetivos (que incluye el mismo informe, y hay que celebrarlo) como el hecho de que Ciutat Vella tiene un 36,6% de población en riesgo de pobreza relativa, cifra que dobla el porcentaje del resto de Barcelona, ​​y que el barrio presenta un 54% de conciudadanos extranjeros, respecto al 26% de la ciudad.

Sé que aterrizar al mundo de los datos o poner cuestión ese tipo de frases que empiezan con “hay que fomentar” o “incrementar” lo que sea resulta algo problemático, pero diría que no se puede reflexionar sobre el futuro de Ciutat Vella (nuevamente, hago uso de datos incluidos en el informe del Pacte) sin notar el hecho que un 73,6% de ciudadanos por cada mil han sufrido el simpático eufemismo “incidentes de convivencia” -again, el doble que el resto de Barcelona-, unos datos que no se arreglan con mesas redondas en el CCCB, sino con mayor presencia policial en un espacio en el que, de noche, no encuentras ni un puñetero agente. Dicho de forma más cruda, el problema central del casco antiguo es que cada día somos más pobres y, consecuentemente, nos sentimos más inseguros. Si sumamos al hecho en cuestión que, en lugar de vecinos, carnicerías o bares vivimos rodeados de más expats, KFCs y museos del cheesecake, la angustia tiende a dispararse de forma exponencial.

 

Como es de suponer, el Pacte per Ciutat Vella incluye medidas para la conservación de aquello que los cursis llaman comercios emblemáticos y para mantener vivo el intransferible tejido tendero-económico de nuestro barrio; pero me atrevería a insistir de nuevo en que, en un entorno castrado por salarios precarios, alquileres al alza (que nuestros compatriotas europeos pueden pagar con una quinta parte de su salario, ¡y todavía los encuentra baratos!) y tensiones entre comunidades que, nos plazca o no, devendrán crecientes... más que un pacto necesitamos de una auténtica revolución. Yo estoy muy satisfecho de vivir en un barrio diverso con una historia milenaria, pero si los expertos que han firmado este Pacte esperan que los problemas se resuelvan con versículos, van listos. Las dificultades que experimenta Ciutat Vella podían haberse puesto de manifiesto sin tanta pompa y así el Ayuntamiento podría haber iniciado el espinoso camino de proponer soluciones con mucha más efectividad.

Concejales y autoridades, abandonad la poesía y haced el favor de currar... porque, de seguir ejercitándoos en la lírica, durante la próxima noche electoral habrá muchos llantos y caras de sorpresa debido al aumento de algunos que ya suponéis; y no será que no os lo venga avisado desde hace años… 

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