En la conversación sobre El mecenazgo, más allá de la financiación, convocada en Casa Seat por The New Barcelona Post, Ainhoa Grandes, Josep Lagares y Eloi Planes coincidieron en una idea que puede parecer de titular fácil, pero que tiene una profundidad casi socrática: todos podemos ser mecenas. Ahora bien, para que el querer sea poder, hace falta que el poder (individual, colectivo e institucional) también lo quiera.
Planes, como presidente de la Fundación Catalunya Cultura, lo resumió así: “Ser mecenas requiere acompañamiento desde la cuna”. Desde casa, desde la escuela, desde la sociedad. Porque si nunca te han explicado que ayudar a la cultura, a la investigación o a la comunidad es también una forma de invertir en futuro, difícilmente sabrás hacerlo después con naturalidad. Y sí, aquí tenemos una asignatura pendiente, en clave de país.
Lagares, vicepresidente de la Fundación Metalquimia, aportó la dimensión tangible: la de quienes entienden que el retorno de lo que se gana puede ser colectivo y que el impacto social no tiene por qué ir ligado a grandes fortunas. Porque el mecenazgo puede ser de dinero, sí, pero también de tiempo, de ideas, de energía compartida. Y, hablando de compartir, en la sala, entre el público, le acompañaba el doctor Argimon, que junto con el doctor Clotet, y con Lagares y otros impulsores, avanzan en investigaciones punteras sobre el Alzheimer.
Ainhoa Grandes, por su parte, con la claridad que la ha convertido en voz autorizada en este terreno, también como presidenta de la Fundación MACBA, remató la idea con una desmitificación tan explícita como necesaria: no hace falta ser rico para ser mecenas. Hace falta ser consciente de que vivimos en sociedad. Y hace falta querer contribuir a ella. Y para hacerlo no es necesario ser millonario. Quizá por eso Planes recogió la idea al vuelo y lanzó una propuesta provocadora: buscar una palabra nueva, que libere la acción del mecenazgo de la carga elitista que arrastra el término. No sabemos si encontraremos esa palabra alternativa, pero quizá, mientras tanto, podamos encontrar más mecenas.
Porque Francia ya nos ha pasado por delante (dándole la vuelta a la tortilla en apenas dos décadas), gracias a una estrategia que ha sabido implicar lo público y lo privado, el pueblo y la metrópoli. Y porque allí nadie mira de reojo a quien gana dinero, sino cómo lo pone a circular para hacer crecer la sociedad.
Así que sí, todos podemos ser mecenas. Solo hace falta que nos lo creamos. Y que, al menos por una noche, como la compartida con Josep, Ainhoa y Eloi esta semana en Casa Seat, nos dejemos contagiar por esa fe civilizadora que tiene algo de política, mucho de cultura y hasta un punto de poesía.