¿Tener éxito o tener razón?

Existe una diferencia fundamental entre tener un criterio sólido y necesitar que ese criterio sea reconocido públicamente. El primero es una virtud directiva; el segundo, una trampa. En el día a día de la gestión, el liderazgo maduro exige una operación que a menudo va contra el instinto: separar el ego intelectual del propósito estratégico. No es una operación cómoda. Requiere preguntarse, en el momento de mayor convicción, si lo que defendemos es realmente lo mejor para la organización o si, en el fondo, solo necesitamos que los demás vean que lo sabíamos antes que ellos. Es una pregunta incómoda y, precisamente por eso, es reveladora.

Esto no es una invitación al relativismo ni a la mediocridad intelectual. No sugiero que el rigor no importe o que cualquier decisión sea válida si genera consenso. Al contrario, es un planteamiento más exigente: entender que hay momentos en los que la decisión más inteligente es ceder en la forma para ganar en el fondo. A veces, la mayor contribución que un profesional puede hacer es soltar la autoría de una idea para que esa idea pueda vivir, renunciando al reconocimiento inmediato para construir la credibilidad que le permitirá influir en las decisiones que realmente importan.

Esa renuncia, bien ejecutada, es una de las formas más elevadas de liderazgo y, curiosamente, una de las menos visibles. No hay aplauso para quien cede con elegancia. Ninguna minuta de reunión refleja que alguien renunció a su razón para que el equipo pudiera avanzar. Ese gesto queda en el invisible de las organizaciones, pero construye algo que ningún argumento brillante logra por sí solo: autoridad real. En el liderazgo actual, el éxito sostenido no es la acumulación de razones ganadas, sino la construcción de una confianza que se cultiva sabiendo exactamente cuándo soltar.

Las organizaciones más resilientes son aquellas que han institucionalizado la duda y donde se premia la detección de errores propios por encima de la defensa a ultranza de planes obsoletos
En los espacios de decisión, la capacidad de discriminar cuándo una batalla merece ser peleada hasta el final y cuándo no, es una de las competencias más escasas. El profesional que realmente transforma una organización es aquel que reserva toda su firmeza para los momentos en que ceder sería una traición a su responsabilidad, manteniendo en el resto la generosidad de priorizar el resultado colectivo. Esta capacidad no se enseña en ningún máster; se aprende en ecosistemas como el de Barcelona, donde la cultura del pacto y el pragmatismo empresarial obligan a poner el foco en la viabilidad del proyecto por encima de la infalibilidad personal.

Quienes priorizan tener éxito entienden que la verdad es dinámica. Para este perfil, una idea no es una posesión, sino una hipótesis de trabajo. Si los datos cambian o surge una perspectiva mejor, el líder no siente que pierde algo al rectificar; siente que está ganando eficiencia. Aquí, la humildad no es una virtud moral, sino una ventaja competitiva. Es lo que en nuestro entorno entendemos como una faceta del seny: la capacidad de sacrificar el "yo tenía razón" en favor de un "hemos logrado el objetivo".

Oficinas y centros de trabajo.

Las organizaciones más resilientes son aquellas que han institucionalizado la duda y donde se premia la detección de errores propios por encima de la defensa a ultranza de planes obsoletos. En estos entornos, el éxito se define como la capacidad de resolver problemas, no como la validación de un guion preestablecido. La excelencia consiste en llegar a una reunión con una propuesta sólida y salir de ella con una mejorada, aunque eso implique haber descartado la original.

Al final, en el balance de situación de una empresa, no hay una columna para las veces que tuvimos razón. Solo hay espacio para los resultados, el impacto y la sostenibilidad. El éxito real pertenece a quienes están más enamorados del destino que del camino que diseñaron primero. La pregunta que debería preceder a cada decisión estratégica es sencilla, pero demoledora: ¿Estoy defendiendo esta postura porque es la mejor para el proyecto, o porque necesito que sea la mía? La respuesta marca la diferencia entre quien simplemente ocupa un espacio y quien realmente transforma una organización.

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Helena Torras
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