Como quien no quiere la cosa, ha brotado una joya en La Villarroel (desgraciadamente ya ha finalizado, esperamos que este artículo sirva como sincero homenaje), bajo el aval del Grec de este año y también de Focus, con un despliegue de capacidad emotiva que no se detiene ni un segundo. El texto es coherente, ajustado a nuestros días y, al mismo tiempo, une el imaginario boomer con el de la Generación Alfa, manteniendo los problemas eternos: concretamente las clases bajas, los sueños frustrados, el machismo, la evasión a través de las drogas y el precio de mantenerse digno. Un precio que a veces se paga y a veces no, pero hagas lo que hagas, cuando la dignidad está en juego, la herida queda más que garantizada.
Sergi Pompermayer construye una historia ambiciosa, cargada de sueños perdidos pero también de posibilidades de redención. El fuego dramático crece poco a poco, jugando con el lenguaje, con los equívocos, las apariciones suaves y a la vez contundentes de los personajes (fabuloso y entrañable protagonista, Pere, encarnado por un Joan Carreras que literalmente se transforma en el escenario), los conflictos (teníamos un sueño, mira en qué ha quedado), la banda sonora (el rock duro de los carcas frente al hip-hop o el trap de los rebeldes de hoy), los diálogos (no sobra ni falta una coma, salvo quizás un dudoso discurso final) y las constantes referencias a los detalles: la cerveza, las camisetas, las proposiciones indecentes, el tono entre amigos, la ruptura de las amistades, la protección de un padre hacia su hija a cualquier precio...
A Pere se le quiere. A Joan Carreras, quiero decir. A Pere. Débil, fuerte, temible, lamentable, pasado de moda y de vueltas, borracho soft, maltratador potencial, acomplejado hasta la médula. Lo abrazarías, te irías a tomar algo con él, confiarías en él al 100 % en términos de nobleza y al 0 % en términos de capacidades. Pero también es remarcable Joan Josep (el burro que hay en todas las casas), interpretado de un modo tan impecable por Guillem Balart que solo le faltaría poder librarse de la sombra del protagonista: cadena mordida, piernas que no paran, recurso retórico de la repetición ingenua (también mérito del texto, supongo), vulnerabilidad a primera vista, “a mí no me trates como a un perro, a mí no me trates como a un perro”. Un amor.
También abrazarías a la familia, cuando se abraza. El cronista admite una lagrimita en ese momento, cuando nada funciona, cuando estamos al borde de la ruina, cuando los valores aprendidos chocan con la realidad cruel y despiadada. Pere quería ser una estrella del rock (y Joan Carreras parece saber tocar bien la batería), y el viejo sueño de hacer la Ruta 66 hasta llegar al Gran Cañón del Colorado acaba en un testamento para que su familia —madre e hija— cumplan el deseo. Inconmensurable Ángela (Mireia Aixalà), de una sutileza interpretativa llena de recursos e intuiciones, y entrañable Ruby (la hija, Maria Morera). Sin olvidar en ningún momento a la prostituta de carretera con la que empieza (y termina) la obra, como un depósito de miserias y sueños efímeros: la obstinada Tatiana (Mar Pawlowsky) y el barman malhumorado y tiracañas (otro espléndido Eduard Buch).
La dirección de Pere Arquillué prometía, pero es que Pere cumple siempre lo que promete. Una historia de humanidad que es, también, una lección de teatro: aquí venimos a sacudirte, no a contarte una historia. A hacerte humano, no a dar una clase de humanidades. Una propuesta de altísimo nivel, cercana y al mismo tiempo sofisticada, mucho más ambiciosa que pretenciosa y tan hermosa como un beso inesperado. O, más bien, inmerecido. Yo diría que no os merecemos.
