Cuatro de la tarde. El portal de una casita de la calle de las Monges de Sant Andreu, un rincón cargado del encanto de un pueblo, se abre, como cada día, poco más o menos a la misma hora, porque es cuando Ramon Vila llega a su taller para pasar la tarde. Pone en marcha la radio para dejar que la música o las voces de algún programa acompañen su estancia, unas horas, cada tarde, hasta antes de ir a cenar. El artista observa, mira cómo ha evolucionado la pintura sobre la tela que veinticuatro horas antes fue tomando su lugar sobre el cuadro en construcción, toma el pincel para seguir el trazo allí donde había quedado... “Hay días que pinto mucho, otros que más que nada, preparo, y hay veces que parece que hago muy poco, pero siempre trabajo”, dice Ramon Vila.
A sus sesenta y ocho años, y sobre todo cuando no prepara ninguna exposición, el ritmo del pintor de Sant Andreu está hecho, sobre todo, de constancia. “Cada tarde de mi vida he venido a pintar”, confiesa. Antes de jubilarse de la empresa donde trabajaba, por las mañanas hacía de delineante, y por la tarde, el taller lo esperaba para alinear imágenes con pinceladas sobre una tela. “Siempre acostumbro a tener tres o cuatro empezadas”, comenta el pintor.
Sus obras se pueden ver y adquirir en el Espai (B), una galería en el número 10 de la calle de Luis Antúnez, en Gràcia, que es el escaparate para varios artistas y también una de las pocas salas que resisten en la ciudad de Barcelona. Lo hace nadando a contracorriente, porque, tal como explica Ramon Vila, la cultura parece hacer grandes pasos atrás. “Ahora ---dice--- cuando en el metro vemos a alguien leyendo un libro, nos llama la atención, cuando, tiempo atrás era lo más normal. Pero, como sociedad se ha perdido mucho culturalmente”.
Y ---precisa el pintor---“no entro en la venta de obras de arte, hablo de ganas de hacer exposiciones y montajes”. Y se explica: “En los años setenta y ochenta, en Barcelona había un ambiente de galerías a base de bien. Se hacían inauguraciones de exposiciones y cada una era una fiesta, fuera porque la gente compraba arte o sencillamente porque a la gente le gustaba ir a ver las exposiciones. Había centenares de galerías de arte que funcionaban”.
Su primera exposición la hizo en 1979, en el bar El Nus, en el barrio del Born. “Vino gente de todas partes y también gente que tenían galerías de arte”. A pesar de que admite que del arte exclusivamente, en realidad, le ha costado mucho vivir, “había cuatro artistas que vendían mucho ellos solos, pero la resta gente exponía y había una gran cantidad de público. Ahora, no hay posibilidades”. Vila considera que “políticamente falta preocupación por el arte”.
Visitando museos
La esposa de Ramon estudió Historia del Arte y ha sido maestra. Ahora ambos jubilados hacen algún viaje, no demasiados, pero siempre que lo hacen, visitan museos. “Una vez al año vamos al Museo del Prado”, explica. “Siempre descubres cosas. Un día te dedicas a una cosa y otro a otra. Eso sí, mi mujer sigue a unos pintores, y yo, a otros. Y yo me llevo cosas al taller, por ejemplo, la luz de Zurbarán”. Todo lo observado es una lección y un punto de partida inspirador. “Cuando una cosa te impacta, tú estás ahí”, razona.
El día del apagón eléctrico, a él y a su mujer los sorprendió curiosamente visitando el Museo del Prado. “Justamente estaba en la época negra de Goya, y mi mujer frente a la Maja desnuda, cuando desalojaron el museo”, explica.
Los botes de pinceles, el caballete, la estufa para el invierno, y diferentes espacios de trabajo configuran la atmósfera en el taller de Ramon. La radio, siempre de fondo. Es una compañía fiel. Adora este medio de comunicación. "Tengo aparatos de radio en todas partes”, confesa. “La radio te hace descubrir, siempre hay alguna sorpresa, yo cada noche conecto la radio bajo la almohada para dormirme”. Es su ritual. Y en el taller, pintando, tiene otros. Por ejemplo, uno muy sorprendente: “Lo primero que hago cuando cojo una tela es pintarla toda negra y, a partir de ahí van saliendo los colores”, explica. ¿Y esto por qué lo hace? Pues porque sabe que "la tela en blanco impresiona, da mucho miedo".
"Una pintura te lleva a la otra, y un fondo te lleva a otro"En cambio, con su ingenioso sistema, ya no tiene que decir "¿por dónde empiezo? Pintándola de negro, ya te haces tuya la tela. Y de este modo surge la relación. Después, explica Ramon, "el camino te lo va dando la misma obra". Además -añade- “la ventaja sobre el negro es que los accidentes con los colores no son accidentes, sino que se convierten en realidades. Mientras que, sobre blanco, esto no funciona”. El pintor ha encontrado, así, su técnica a partir de la que la tela lo va llevando, mientras que ---dice--- el blanco no le lleva a ninguna parte.
Así, día a día y año tras año, Vila ha ido forjando un estilo de trabajo, un hábito de todas las tardes de su vida, acompañado de una disciplina que, ni ahora, superados los 65, quiere perder. “Me aplico mi horario de manera estricta, como si trabajara, desde las cuatro de la tarde hasta las siete o las siete y media”, dice. Pintar, para él, es una forma de expresión, no, más aún, es una necesidad, como lo es respirar. Con los cuadros que va haciendo, conviven esculturas, figuras muchas de ellas de rostros. Nos dice, pero, que la cerámica está hecha para pintar encima, solo como soporte. Por lo tanto, podemos hablar de pintura en tres dimensiones.
Motivos de inspiración
Ramon es zurdo de nacimiento, es decir, su mano buena para hacerlo todo con precisión, es la izquierda, “pero uso las dos, porque de pequeño en la escuela me forzaron a usar la derecha”, dice. “Ahora con la izquierda hago los detalles, pero los fondos los puedo hacer con la derecha”. Detalles y fondos han ido haciendo aparecer unos cielos cautivadores en unas telas en las cuales se encuentra trabajando cuando lo visitamos. “Los motivos surgen sobre la marcha”, explica. “Una pintura te lleva a la otra, y un fondo te lleva a otro”, con lo cual, toda su obra tiene un vínculo, un origen y una continuidad y un mismo lugar de nacimiento.
"Nunca es el último cuadro, porque siempre buscas la perfección y, como que nunca se alcanza, nunca lo das por acabado"Las vigas de madera en el pequeño piso superior del taller con vistas sobre el espacio de trabajo todavía hacen sentir más esa atmósfera rural de la parte de Sant Andreu dónde nos encontramos. Desde arriba, la perspectiva es fabulosa. La mesa principal de trabajo, con los apuntes que darán el pistoletazo de salida a un cuadro, pinturas, más pinceles muy clasificados por medidas de diferente precisión y la sensación que tantas horas de creación, de inspiración, de trabajo en este espacio tan suyo, y tantos vínculos, relaciones y pactos del artista con cada una de sus obras han hecho un ambiente y un clima especial.
En el fondo del taller, un pequeño patio culmina una estancia que es más de una casa de payés que una vivienda de ciudad. Esta estructura y ambiente de pueblo del barrio más neurálgico de Sant Andreu lo ayudó mucho en la adolescencia a arraigar en la ciudad donde toda familia, provenientes de Berga, vinieron a establecerse cuando el padre empezó a trabajar en una fábrica de acero inoxidable, una de las tantas fábricas que había habido en Sant Andreu. Aquel Sant Andreu que hacía y todavía hace sentir el respiro de un pueblo le hizo más fácil no pensar tanto en los amigos y las calles y plazas de la Berga natal que había tenido que dejar atrás. También los cielos y los campos, ríos y lagos sobre tela en las tardes en el taller han sido el núcleo de su oasis particular.
En cada trabajo, el artista vuelve a empezar con la misma inocencia de cada vez. Pincel en mano, sobre un fondo que ahora ya sabemos que siempre es negro, una nueva historia avanza y ni él sabe hacia donde irá. “La pintura no deja de ser una investigación sobre los tonos, las líneas, los volúmenes. Siempre es como si hiciera el primer cuadro, animado por la necesidad de expresión. Y nunca es el último cuadro, porque siempre buscas la perfección y, como que nunca se alcanza, nunca lo das por acabado”, concluye.