CARAS DESCONOCIDAS

De contar números a abrir ostras en La Boqueria

Soraya Cares Desconegudes
Soraya Cares Desconegudes

El arte de diversificar la atención profesional oxigena la vida de esta barcelonesa nacida en Perú. De sus viajes, aprende y con optimismo, sella una fuerte conexión con la vida. En su parada en el mercado más visitado de la ciudad, Soraya Neciosup se deja contagiar de la sonrisa de quien visita Barcelona en sus vacaciones

08 de mayo de 2026 a las 00:13h

Entrar en el mercado de la Boqueria, al menos de unos años para aquí, se ha convertido en una experiencia casi mayoritariamente reservada a turistas ---pese a la voluntad del mercado de acercarse al público local---. Y es verdad que sus paradas ---como pasa también en otros mercados de Barcelona y en otros destinos urbanos como París---- han ido adaptando su oferta y, incluso su aspecto y estructura, al cliente que entra como gran reclamo, para probar cosas buenas, cosas más o menos típicas del lugar, y para recrear la vista y disparar tantas fotos como motivos y enfoques encuentre atractivos que lo lleven a hacerlo.

Así es también el día a día en la Boqueria. La consigna del boca-oreja que llevan quienes aterrizan y desembarcan en Barcelona es que hay que entrar y dar una vuelta entre sus paradas. Es el mercado más visitado de la ciudad, un capítulo ineludible en las guías de viaje, en papel y digitales. Hoy, nosotros entramos, pero lo hacemos para pasar un rato observando la actividad, concretamente, de la parada de OstresBCN. Detrás del mostrador, Soraya Neciosup ya lleva puesto su delantal negro, y, mientras en una mano enfundada en un guante sostiene el cuchillo abreostras, en la otra tiene ya una ostra. Preparada para introducir la punta del cuchillo, tan estratégicamente, que pueda sentir enseguida el clic que permite liberar ese tesoro carnoso gestado en el mar, encerrado en sus dos caparazones de aspecto salvaje. Tan salvaje como la manera de tragar este molusco blando y resbaladizo, de fuerte sabor a mar. 

Abrir la ostra, colocarla en un recipiente de cartón, y la opción de echar un chorro de limón por encima, salsa mignonette, o la japonesa ponzu. Acercar el datáfono al cliente, volver a coger el cuchillo para iniciar otra ronda de ostras. Así es la actividad continuamente en la parada que Soraya puso en marcha ahora hace un año. Bien, la parada ---que son dos paradas juntas--- ya estaban dedicadas a la venta de ostras cuando ella las compró. Cuando menos se lo esperaba, le surgió la posibilidad de adquirir este punto de venta en el emblemático mercado barcelonés.

La Soraya Neciosup repite cada día el ritual de abrir ostras en el mercado de la Boqueria.

De clienta a paradista

“Yo a la Boqueria ya venía en Navidad a comprar cosas más especiales, o cuando tenía que preparar bien una cena diferente.  Aquí encontraba siempre aquel detalle extra que me hacía quedar muy bien”, dice.  Ahora es ella quien, detrás del mostrador de una parada, abre y entrega ostras a la gente para comérselas allí mismo, de pie, o paseando por el recinto de la Boqueria, que es ahora un gigante escaparate de todo tipo de deseos culinarios, dulces y salados, fríos y calientes. 

Las ostras están de moda”, comenta Soraya. “A quien le gusten, es un producto delicioso y accesible, y que se puede comer rápidamente mientras se anda”. Hablemos de ostras, pues. “La fama de las francesas es increíble -dice-, pero en la parada, las que tienen más éxito son las ostras gallegas. Quienes ya las conocen, las piden directamente, y repiten, porque la gallega es una ostra más intensa, menos salada, pero con un gusto potente, muy marino”. De las francesas que vienen de Normandía, comenta que son carnosas y jugosas, finas de gusto, con un punto dulce y ligeramente mineral. 

Despachar ostras no es, sin embargo, su única dedicación. Ni su trabajo principal. Ella estudió Administración y Dirección de Empresas (ADE). De hecho, cuando hace un año decidió coger las paradas de ostras, tuvo que buscar a quién le enseñara a abrirlas. Y encontró a un buen maestro, el campeón europeo abriendo ostras, Ferran Sentís.

La parada de OstresBCN en el mercado de La Boqueria.

Y, a la pregunta de si alguien pide ostras, en catalán, la respuesta de Soraya es rápida: “Sí que pasa, pero desgraciadamente, pasa poquísimo. Alguna vez atendemos a gente de Valencia o de Girona, pero locales de aquí, muy pocos vienen”.

También de vez en cuando alguien pide cebiche, un plato típico de su país, porque Soraya nació en Trujillo (Perú), y llegó a Barcelona en el 2004. El cebiche es una preparación gastronómica a base de pescado crudo, cebolla roja, zumo de limón y un tipo de guindilla, conocido en Perú como ‘ají’. Lo prepara de manera excelente Bruno, que también es peruano, y que, junto a Pipe (de Felipe), se reparten los horarios con Soraya para atender en la parada. De la parte comercial se encarga Sergi, el otro miembro del equipo de OstresBCN. 

La jornada laboral de Soraya, en realidad, empieza en el despacho de la empresa donde trabaja desde hace veintiún años. Cuando acabó de estudiar ADE, unos temas laborales la llevaron a conocer a Marc Sala, un empresario barcelonés que vio en ella todos los valores que cualquier buen propietario de empresa apreciaría. Creyó en ella.

La Soraya Neciosup en su espacio del despacho donde trabaja como asesora fiscal.

Confianza que fortalece

Soraya siempre dice que esa fe depositada en ella de alguien que la veía tan capaz la hizo capaz. Capaz de salir adelante con el trabajo, la familia ---tiene dos hijas y ahora ya un nieto---, y cuando decimos trabajo, decimos trabajos diversos en los cuales se desarrolla con total profesionalidad. ‘No poner todos los huevos en el mismo cesto’, es lo que ella hace. “Valoro mucho el conocimiento y saber un poco de todo me hace sentir bien y segura de que me puedo desarrollar en más de un sector. Y esto también me permite ayudar a más gente con mi conocimiento de diferentes oficios. Quién necesite un consejo, una ayuda, también personalmente, me tendrá mejor preparada. Hay una parte de mí que se siente muy orgullosa de abrazar diferentes aspectos y tipos de trabajo”, expresa.

Soraya es responsable de contabilidad en el departamento fiscal de una asesoría. Aparte, asesora en compraventas inmobiliarias, aquí y al otro lado de los Pirineos. “Me gusta muchísimo”, dice. Las primeras ventas las hizo hace diez años, y también hace gestión de alquileres. “Me gusta porque estás en contacto con la gente, los compradores y los vendedores e inquilinos, diferentes perfiles con los cuales aplicas psicología, te haces una idea de lo que están buscando, y de lo que les iría bien”, explica. Y, puntualiza que, en el caso de los alquileres, “aconsejo a los propietarios que piensen en la estabilidad, yo recomiendo que opten por alquiler de vivienda habitual”.

Empeño y decisión, espíritu de lucha y un gran optimismo hacen que Soraya, más que trabajar, vaya deshaciendo nudos en cada materia que la ocupa. Cuando en el despacho es época de rendir cuentas con Hacienda, para escapar del estrés y el colapso de las declaraciones de renta, se adentra en el bullicio de los turistas a la Boqueria y eso le funciona como bálsamo. Porque, en el fondo, en la Boqueria, cada día se respira el espíritu de las vacaciones que todos llevamos con nosotros cuando viajamos. “El turista te explica de qué país viene, si ha llegado en crucero... y la felicidad de sus vacaciones, esa sonrisa del descubrimiento de sabores e intercambios de conversación con lenguas diferentes se te contagia”, dice Soraya. “Además, si no fuera por ellos, ¿Qué sería de nosotros? El público local no pisa demasiado el pequeño comercio, compra en grandes superficies, o hace que le lleven las cosas a casa a través de grandes plataformas”.

"Nos falta conciencia como habitantes de esta ciudad que está perdiendo su pequeño comercio y, con él, la relación con quien despacha y aconseja, sea de zapatos o de legumbres cocidas"
Soraya ama Barcelona. Se encontró bien aquí desde que llegó. “Antes de venir, yo ya sabía que aquí se hablaba otra lengua, porque conocía a gente que tenía ya la familia aquí y nos decían: si no vas a Madrid, en Barcelona hablarás otra lengua, la tendrás que estudiar, no será muy fácil. Y efectivamente, yo tuve que estudiar”, recuerda.

Era 2004, y compaginó las horas de trabajo como teleoperadora con las clases de catalán en el Consorci de Normalització Lingüística (CNL), junto a la parada de metro de Llucmajor, en el distrito de Nou Barris. “Al principio no entendía prácticamente nada, pero soy muy aplicada”, dice. Recuerda que era la época de la campaña publicitaria del Dona corda al català, con la Queta, la boca que cantaba “Parlo sense vergonya, parlo amb llibertat, i si m’equivoco, torno torno a començar”. Y, sin correctores aún, en el despacho, Soraya se lanzó a escribir en catalán. “La lengua es superimportante, pero también las ganas de trabajar, la disposición, el esfuerzo que haces para integrarte, cómo te involucras, todo esto la gente lo valora mucho”. 

De todo lo que Soraya hace, saca buen zumo, también de sus viajes, tanto si viaja lejos como en los largos viajes que procura hacer una vez cada año. El agosto pasado estuvo en Japón. “Me gusta descubrir culturas, ver cómo se desarrolla una sociedad diferente de la nuestra”, comenta. También en escapadas a la Cerdaña francesa y en pueblos de la costa catalana hace sus descubrimientos.

La Soraya en una de sus vacaciones en el Grand Canyon del Colorado, en Estados Unidos.

Abriendo ostras en la Boqueria, también tiene su manera de viajar. Escucha a los turistas que explican de dónde vienen. “Algunos se quedan un rato a hablar, otros van más con el tiempo limitado porque siguen a un grupo organizado. Los que han desembarcado de un crucero, nos llegan por oleadas. Los hay de todos los países, y tú sientes que, de golpe, estás entrando en contacto con el mundo entero”.

Soraya reconoce que, para la gente que vive en ciertos barrios muy frecuentados por turistas, que no puedas andar tranquilamente sin aglomeraciones en espacios tan emblemáticos como es la Rambla o en las inmediaciones de los edificios que todo el mundo visita como la Casa Batlló, la Pedrera o la Sagrada Familia, el turista se hace incómodo. Pero, insiste que “para los comerciantes es una puerta abierta, porque con el público local, no nos engañemos, hoy ya no se puede contar. Todo el mundo lucha para defender sus intereses, pero nos falta conciencia como habitantes de esta ciudad que está perdiendo su pequeño comercio y, con él, la relación con quien despacha y aconseja, sea de zapatos o de legumbres cocidas”.

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