Un bombero con libreta y boli va llamando de forma ordenada a personas que hacen cola al otro lado de la cinta policial. Son vecinos y trabajadores de las viviendas y locales precintados a raíz del socavón que el martes puso en alerta al barrio del Putxet. Pueden acceder acompañados a buscar lo que necesiten mientras estén fuera de casa hasta, como mínimo, el sábado, cinco días después de que el responsable de la pizzería Verona se encontrara con un hoyo de ocho metros de diámetro y cuatro metros de profundidad.
El bombero que hace pasar a los vecinos por turnos es solo una de los centenares de personas que se han movilizar para dar respuesta a la situación, derivada de las obras de la L9 del metro, que avanzan unos 40 metros por debajo de la calle. La coordinación del dispositivo no es sencilla, pero nace de un engranaje perfectamente estructurado para dar respuesta a situaciones sobrevenidas en la ciudad.
Una vez recibido el aviso al 112, este engranaje municipal se pone en marcha. Y lo hace de una manera peculiar: “Tenemos un sistema de comunicación de las emergencias de la ciudad mediante sms restringido a los servicios de la emergencia y a las personas pertinentes. Yo recibo todos los de la ciudad”. Lo explica la gerente municipal, Laia Claverol; un minuto después de recibir el mensaje a través de este sistema de alerta interno del Ayuntamiento, el alcalde convocó una reunión de urgencia a Sant Jaume. Y en poco rato se reunía el Centro de Coordinación Operativa de Emergencias de Barcelona (Cecor), encargado de coordinar todos los servicios necesarios en caso de crisis. En paralelo, la Generalitat, encargada de las obras de la L9, también alertaba el responsable de obras del Ayuntamiento.
De la reunión del Cecor en Sant Jame, al Putxet: poco después del aviso, el dispositivo se desplegó en el barrio con toda la caballería. Por la plaza de Frederic Soler fueron desfilando autoridades, incluidos el alcalde Jaume Collboni, la consellera Sílvia Paneque y, también, Claverol: “Todos hemos enviado las máximas autoridades”. Ahí, sin embargo, “quien gobierna la gestión de la emergencia son los bomberos”, que tomaron el control del incidente coordinados con Guardia Urbana, el Centro de Urgencias y Emergencias Sociales de Barcelona (Cuesb) y también el Servicio de Emergencias Médicas (SEM), activado por si era necesario (y no lo fue).
Mientras tanto, técnicos de la Generalitat, desde geógrafos a ingenieros, se centraron a analizar la situación y las causas, y los servicios sociales municipales se centraron a atender las familias que iba desalojando la Guardia Urbana, que rozan el centenar. Poco después, se empezó a inyectar hormigón a la gran cavidad abierta en el patio interior; a las 22.30 de martes se dio el proceso por acabado. Pero rellenar el terreno no es suficiente: hay que garantizar que está estabilizado. Para hacerlo, se harán auscultaciones y comprobaciones cada hora mediante sensores. Con el contraste térmico y el calor de estos días, sin embargo, hará falta que se hagan comparaciones entre mediciones hechas en la misma hora, de madrugada, para asegurar que nada se mueve de sitio.
Como mínimo habrá que esperar a tener tres mediciones en las mismas horas para que los vecinos puedan volver a casa. Así pues, al menos tendrán que esperar hasta sábado. Mientras tanto, disponen de un punto de atención en el Centre Cívic Vil·la Florida, donde son atendidos por cuestiones que pueden ir desde la preocupación por las grietas de su casa hasta la necesidad de que el Ayuntamiento les proporcione alojamiento, pasando por dudas sobre el seguro —los gastos derivados serán asumidos por el seguro de las obras de la L9, a pesar de que en procesos que no son cortos. A partir de este jueves, además, el Ayuntamiento ofrecerá acompañamiento específico para la decena de locales comerciales afectados, con un especialista para resolver las dudas vinculadas al incidente, ha detallado Claverol.
Sensores, a miles
La respuesta, no obstante, se empezó a preparar mucho antes que pasara nada. A lo largo de todo el recorrido de lo que será la L9 la Generalitat tiene instalados miles de sensores. Están a la vista de todos, pero si no se sabe qué son, es difícil identificarlos como tal. Emergen de tierra en forma de palo metálico, habitualmente acompañados de una numeración. Solo alrededor de las fincas afectadas hay decenas y, cada pocos metros, tapas que se utilizan para la auscultación de las obras del metro.
Los sensores forman parte de un sistema de vigilancia permanente que acompaña las obras mucho antes que aparezca cualquier incidencia. Miden movimientos del terreno casi imperceptibles y permiten a los técnicos comprobar si el subsuelo continúa estable. Ahora determinarán si el terreno está en condiciones para que los vecinos puedan volver a casa, tras un incidente que activó una cadena que ha movilizado a bomberos, Guardia Urbana, técnicos, servicios sociales, responsables municipales y de la Generalitat. Un engranaje poco visible en la cotidianidad de la ciudad, pero que está preparado para imprevistos que, esta vez, han tomado forma de socavón.
