Las galerías de arte estamos plenamente convencidas de que el arte es cultura y de que nuestros espacios constituyen, en la práctica, equipamientos culturales de acceso gratuito. Asimismo, afirmamos con rotundidad que no puede haber defensa de la democracia, ni cohesión social, ni progreso global sin cultura, y que tampoco podría existir ningún mecanismo o motor con voluntad de impulsar la sociedad sin la cultura en el centro.
Sin embargo, parece que para nuestros dirigentes la cultura se limita a la música, el teatro, el cine, la literatura, el circo y los toros, disciplinas que gozan de un tratamiento tributario sustancialmente diferente del que se aplica a las galerías de arte. Desde la óptica de una galería de arte, un libro y una obra de arte son prácticamente equiparables; no obstante, las librerías tributan al 4%, mientras que las galerías lo hacen al 21%.
Este orden de cosas es anómalo e injusto. Actualmente, los artistas españoles sufren un agravio comparativo significativo al tener que soportar un IVA un 100% superior al de los artistas italianos (5%) y prácticamente un 100% superior al de sus homólogos franceses (5,5%), belgas (6%), portugueses (6%), alemanes (7%) y luxemburgueses (8%). Y las galerías de arte, cuya misión principal es promover, defender, internacionalizar y visibilizar la creación plástica de los artistas de nuestro país —muy lejos de cualquier actividad asimilable a un “lujo” banal, como a menudo se afirma de forma insidiosa y malintencionada—, se ven obligadas a aplicar un IVA del 21%, más del doble que el de las otras actividades culturales antes mencionadas.
Esta situación implica que nuestro tipo impositivo es entre un 200% y un 320% superior al de nuestros competidores europeos más inmediatos. Si bien el mercado del arte español se encuentra actualmente entre los seis más relevantes de Europa, por detrás del Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Bélgica, estos datos apuntan a un riesgo evidente de inminente pérdida de competitividad que podría conducirlo hacia una posición de letal intrascendencia.
Cabe recordar al lector que hace cuatro años, en abril de 2022, el Consejo de la Unión Europea dotó a los Estados miembros de la herramienta necesaria para corregir esta situación a través de la Directiva (UE) 2022/542, que permite la aplicación de un IVA reducido en el comercio de las obras de nuestros artistas, cuya transposición era de obligado cumplimiento. España es el único país miembro que no ha hecho los deberes y, por este motivo, el pasado 11 de marzo la Comisión Europea denunció a España ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) por no transponer dicha directiva, creando inseguridad y desconcierto en las tasas a aplicar y generando distorsiones competitivas con el resto de Estados miembros.
Distorsiones que también entran en juego con las tasas a la exportación de obras de arte, unas tasas que solo España aplica y que vulneran las normas de funcionamiento de la Unión Europea, perjudicando, de nuevo, la labor de internacionalización de muchos de nuestros artistas más veteranos y, sobre todo, de sus legados.
Y no tendría por qué ser así. Los artistas no se lo merecen, las galerías tampoco. Por este motivo hemos implorado incansablemente, durante los últimos años, con argumentos y datos, que el Gobierno de España elimine las tasas a la exportación y adopte las medidas oportunas para avanzar hacia un escenario de mayor competitividad, progreso y sostenibilidad, mediante la armonización del IVA cultural con el de los países de nuestro entorno. El agravio comparativo es manifiesto, y la consiguiente pérdida de competitividad nos abocará previsiblemente a una situación de progresiva irrelevancia.
El argumento de que con la aplicación de un IVA cultural competitivo estamos beneficiando “a los ricos” es frívolo, infantil y cínico, dado que esta posibilidad ya existe en el resto de países vecinos y nada impide a un comprador español adquirir una obra de arte en el extranjero, faltaría más. Lo que no es en absoluto frívolo es que las cifras demuestran que, aplicando un IVA del 6% sobre el precio final de venta, el Estado recaudaría más impuestos que con el régimen especial que actualmente se aplica sobre el margen de beneficio resultante de la compraventa de obras de arte, antigüedades y objetos de colección. Y esto es así porque, con el aumento implacable de los costes operativos, el margen de beneficio de las galerías se ha reducido considerablemente.
Lo que no es en absoluto frívolo es que, adoptando un IVA cultural competitivo, se ayudará a la viabilidad económica de los artistas y las galerías de este país y se protegerá su actividad. Lo que no es en absoluto frívolo es que, protegiendo el mercado del arte, se actúa de forma beneficiosa sobre muchos otros sectores que están íntimamente interconectados con él (transportes, ferias, seguros, restauradores, comisarios, críticos, imprentas...) y que, en el ejercicio de su actividad, generan más ingresos fiscales que los que pueda generar el propio mercado del arte por sí solo. Tampoco es en absoluto frívolo que algunas galerías, aquellas que puedan hacerlo, se vean obligadas a optar por exiliarse a otros países, con la consiguiente pérdida de recaudación fiscal para el Estado.
Sinceramente, no existe ningún argumento sólido, ni desde una perspectiva cultural ni económica, que justifique la no aplicación de un IVA cultural competitivo equiparable al de nuestros países vecinos. No se reclama una reducción del IVA de manera arbitraria y caprichosa; se está reivindicando la necesidad de competir en igualdad de condiciones para poder cumplir, de forma efectiva y diligente, con nuestra función como eslabón esencial en la transmisión del arte entre los artistas y las colecciones del país, y poder seguir desarrollando esta labor en nuestro propio territorio.
