Cuando, el 26 de marzo de 1326, la reina Elisenda de Montcada colocó la primera piedra del Real Monasterio de Santa María de Pedralbes, difícilmente podía imaginar que, setecientos años después, el edificio seguiría en pie, pero sin la comunidad religiosa que lo había habitado durante generaciones. Este año, Barcelona conmemorará el séptimo centenario de este emblemático monumento con un amplio programa de actividades para la ciudadanía, mientras se redefine su futuro tras la marcha de las últimas monjas que lo habitaban.
Entre los muros de Pedralbes, el pasado medieval parece haberse quedado congelado en el tiempo. Este monasterio, a menudo fuera de las rutas turísticas, todavía conserva su esencia gótica y sus 700 años de historia. Una historia que comienza oficialmente el 1 de febrero de 1325, cuando el papa Juan XXII otorgó la bula que autorizaba su construcción. Poco después, el 26 de marzo de 1326, los monarcas de la Corona catalanoaragonesa colocaban la primera piedra del ábside de la iglesia.
La iniciativa había partido de la reina Elisenda, que, con el apoyo de su esposo, el rey Jaume II, quiso levantar un monasterio dedicado a Santa María en unos terrenos del antiguo término de Sarrià. La reina lo concebía como el lugar al que retirarse cuando enviudase. El 3 de mayo de 1327, la iglesia fue consagrada en un acto solemne. Ese mismo día ingresó la primera comunidad: catorce monjas y quince novicias procedentes del convento de Sant Antoni de Barcelona, bajo la dirección de la abadesa sor Sobirana Olzet.
El monasterio ya era habitable, aunque a lo largo de los años se seguiría construyendo el resto de dependencias. Desde sus orígenes, ha sido habitado por las monjas clarisas, la rama femenina de la Orden franciscana. Sin embargo, a principios del año pasado, las tres últimas monjas que habitaban el monasterio se trasladaron a Vilobí d’Onyar, en Girona, donde viven más hermanas de su orden.
Año 2026: siete siglos de legado histórico
Setecientos años después de la llegada de aquella primera comunidad religiosa, y ahora ya sin las monjas que lo habitaban, la conmemoración de su séptimo centenario se articula en torno a tres grandes ejes: patrimonio medieval, mujeres y espiritualidad. En esta celebración tendrán especial relevancia los murales góticos del siglo XIV de la capilla de Sant Miquel, una de las joyas de la pintura medieval catalana. Estas pinturas serán las protagonistas de la exposición inmersiva Toca l'ànima. Els murals de la capella de Sant Miquel.
La conmemoración llega tras la marcha definitiva de las últimas monjas clarisas, que habían habitado el monasterio durante siete siglos. Sin comunidad religiosa estable, el recinto afronta una nueva etapa. Sobre la mesa hay propuestas como la creación de un centro de estudios monásticos, un espacio dedicado a la paz y la espiritualidad, o un centro de cultura clásica, con el compromiso explícito de no traicionar su esencia.
