Con el paso de los años, si echamos la vista atrás, veremos que nos hemos pasado un montón de horas ejerciendo de alumnos. Educación primaria y secundaria (todo el mundo), formación superior (cada vez más gente), másteres y posgrados (algunos), cursos y cursillos de todo tipo (casi todo el mundo). Tantas horas sentados frente a un profesor/instructor dan para muchos recuerdos. Sin embargo, la memoria es selectiva y con el paso del tiempo sólo nos quedan grabadas unas cuantas anécdotas.
Querría compartiros una situación vivida hace veinte años. En mi paso por el IESE tuve el privilegio de tener el exconseller de la Generalitat Antoni Subirà en algunas clases, un gran maestro y un pozo de conocimiento. Debatiendo y analizando uno de los casos correspondientes a nuestro programa, el profesor Subirà soltó la expresión “dinero bueno sobre dinero malo”. Lo que os decía, veinte años y lo recuerdo como si fuera ahora. ¿Por qué esa expresión? Os lo cuento.
El caso es que un determinado emprendedor tenía la intención de tirar adelante un negocio de bicicletas. Pero la buena voluntad no era suficiente y año tras año el negocio no acababa de arrancar. Y esto suponía tener que invertir cada vez más dinero para enjugar las pérdidas. Hasta el punto de que era lógico hacer la pregunta que nos lanzó el profesor Subirà: ¿no será que estamos poniendo dinero bueno sobre dinero malo? ¿No sería razonable preguntarse si la mejor opción es dar por perdida la inversión ya hecha (dinero malo) y no perder aún más dinero (dinero bueno)?
La naturaleza humana es poco amiga de la rendición. Y más aún en los casos en los que hemos volcado muchos recursos: no sólo se mantiene la voluntad de sacar adelante la idea inicial, sino que encima están las ganas (y, según cómo, la necesidad) de recuperar lo invertido. Tomar la decisión de continuar o abandonar no es fácil y requiere la cabeza fría. Es necesario aprovechar la experiencia vivida para examinar qué supuestos no se han cumplido y qué errores hemos cometido. Es necesario revisar una vez más nuestro plan de empresa y rehacer el estudio de mercado inicial que nos empujó a abordar nuestro proyecto.
Ahora bien, lo que no debería entrar en este cuidadoso análisis son todo tipo de factores exógenos que poco tienen que ver con nosotros y nuestras circunstancias. Hay que aislarse de toda esta filosofía de tres al cuarto que empuja a no tirar la toalla. ¿Cuántos mensajes bañados de espíritu de superación no hemos recibido todos incitándonos a perseverar? ¿Cuántos vídeos haciendo apología del no surrender? ¿Cuántas llamadas al never give up? Todos cortados por el mismo patrón, que no rendirse tiene premio: que tal empresario tuvo éxito al vigésimo cuarto intento, que tal compañía que estaba a punto de la quiebra hizo un último esfuerzo y a la larga el mercado supo reconocer su propuesta... Que nos quede claro: por cada ejemplo de supervivencia, encontraríamos cien que no han tenido la misma suerte. El caso es que de estos cien nadie habla, no salen en la foto (o en el vídeo). Sólo trascienden a los que han sobrevivido. La miseria no vende.
Hasta aquí, la lectura empresarial. Pero es obvio que la propia reflexión nos sirve para el ámbito personal. Ya he comentado en algún otro post que, a título individual, nuestros recursos son básicamente dos: dinero y tiempo. La reflexión hecha antes para el dinero también vale para el tiempo. Podemos pasar de la dicotomía “dinero bueno – dinero malo” a la de “tiempo bueno – tiempo malo”. A lo largo de los años vamos abordando proyectos que nos piden esfuerzo y dedicación. Algunos cuajan y otros no. Y cuando no acaban de cuajar, es obligado realizar un ejercicio sereno para saber si es necesario invertir más tiempo o no.
Encontraríamos mil ejemplos de esta situación: ¿Hay que insistir en unas oposiciones porque alguien se las sacó a la octava convocatoria? ¿Tenemos que empujar a los pobres chavales a matarse con una raqueta en las manos porque Rafa Nadal entrenaba mil horas cada semana? ¿Debemos dejarlo todo para seguir colgando vídeos insustanciales porque el Ibai Llanos se ha forrado haciendo de youtuber? A ver: que a alguien que llevaba años comprando el mismo número le haya tocado el gordo a la lotería no quiere decir que debamos perseverar en la compra del décimo semana tras semana porque la constancia tiene premio. En fin...
He crecido en la cultura del esfuerzo y soy uno de sus firmes defensores. Sé que es necesario picar mucha piedra para que las cosas salgan y que el éxito no es fruto de la casualidad. Por ese motivo, cada vez más abogo por cuestionarme dónde pongo el foco y dónde invierto mi tiempo. Por favor, basta ya de mensajes de autoayuda barata. Basta de épica vacua con banda sonora de John Williams. Basta de relato insulso potenciado por el infausto algoritmo. Basta de referencias a la mecánica cuántica de gente que no conoce ni entendería la mecánica clásica. ¡Vamos, hombre!
Postdata
Para los curiosos: ¿de dónde surge esto del sesgo de supervivencia? Situémonos en la Segunda Guerra Mundial y en el estudio que se hacía de los aviones que habían vuelto a la base después de hacer los correspondientes bombardeos. En la época, la tendencia habitual era hacer énfasis en las partes que habían sufrido más daños y reforzarlas. Sin embargo, el estadístico Abraham Ward recomendó blindar las partes que no habían sufrido ningún daño. ¿Por qué? Evidente: ¡porque precisamente no haber sufrido ningún desperfecto en estas zonas les había permitido sobrevivir! Los aviones que no volvían a la base eran les habían sufrido daños en estas partes. La supervivencia había confundido a ingenieros y mecánicos. No deja de ser curioso que Abraham Ward muriera prematuramente... ¡en un accidente aéreo!
Epílogo
Aunque nada tiene que ver con el sesgo de supervivencia, no puedo desperdiciar la oportunidad de acabar este artículo, volviendo al inicio, a las anécdotas como estudiante. Dejadme explicaros una de las situaciones que en mi caso han sobrevivido al filtro del tiempo y que después de muchos años todavía recuerdo vivamente. Era en mi época de BUP y COU, cuando nuestro profesor de filosofía y latín, el ínclito José Mateos, un seglar en el colegio al que fui de pequeño, un colegio de hermanos gabrielistas, soltó esa sentencia contundente: “Yo si quieren las apruebo: ya las suspenderá la vida". Una máxima que en ese momento nos hizo reír a todos, pero que a día de hoy yo mismo firmaría.Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita
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