Rubens (1577-1640) es, seguramente, uno de esos artistas que no necesita presentación. De aquellos que resulta conocido incluso para los menos acostumbrados a pasear entre museos y exposiciones. Sin embargo, Rubens tampoc responde al estereotipo de pintor ignorado en su tiempo y exaltado con el paso de las décadas, sino que ya en su época se convirtió en uno de los creadores más codiciados y deseados por coleccionistas y mecenas de toda Europa. De hecho, la influencia de este artista fue tal que incluso consiguió revivir la pintura flamenca del siglo XVII, tras unos años en los que el arte holandés parecía haber caído en decadencia.
La expresividad y dinamismo de sus personajes, la sensualidad de los cuerpos retratados —que, lejos del cánon idealizado heredado de la Antigüedad, retrata a cuerpos reales y con curvas—, así como su pasión y pulsión creadora sirvieron de revulsivo e inspiración para los artistas flamencos contemporáneos. Así, al lado de Rubens florecieron artistas como Van Dyck, Jordaens o Brueghel que consiguieron destacar individualmente, aunque en ocasiones también trabajaron de forma colectiva. Unos artistas que invaden ahora las paredes del CaixaForum y que demuestran que, más allá de las tendencias de la museografía contemporánea (plagada de experiencias interactivas, realidades virtuales o aumentadas), existen obras que hablan por sí solas y que todavía hoy consiguen dejar al visitante maravillado por su belleza y cualidades pictóricas. Unas pinturas del Barroco flamenco que no necesitan complementos o añadidos porque se valen y brillan por sí mismas.
La muestra, que se podrá disfrutar hasta el 21 de septiembre, se trata del sexto fruto que ha sembrado la relación entre la Fundación La Caixa y el Museo Nacional del Prado, y que ha permitido acercarse a grandes tesoros que guarda el museo madrileño sin la necesidad de salir de la capital catalana, para conocer a figuras como Goya o Velázquez, y ahora también a Rubens y sus coetáneos con más de 62 obras. Para hacerlo, CaixaForum nos adentra en primer lugar al estudio creativo del genio Barroco en su casa-taller en Amberes que, pese a ser una sala prescindible en el conjunto de la exposición, sirve para entender la personalidad del genio.
Porque la fuerza creadora y pulsión artística de Rubens no surge de forma aleatoria, sino que es el resultado de una pasión y una vitalidad innata. Como destaca el director del Museo del Prado, Miguel Falomir, Rubens representa lo opuesto al estereotipo de pintor infeliz e incomprendido por la sociedad —que encarna perfectamente Van Gogh— y se muestra como un artista vital y apasionado. Un artista que conreó desde el óleo a los tapices, obras arquitectónicas o incluso portadas de libros. Un apasionado por la pintura, estudiando y copiando obras de creadores antiguos y coetáneos, pero también por la literatura y la Antigüedad, siendo la Metamorfosis de Ovidio una de sus múltiples fuentes de inspiración.
Así, los mitos y los episodios protagonizados por divinidades son una de las grandes temáticas dentro de la obra de Rubens y, en consecuencia, de la exposición en el CaixaForum. Unos episodios que, sin embargo, cada vez escapan más de la idealización clásica y se acercan a la humanización. El dinamismo y la expresividad que pinta Rubens hace que las divinidades cada vez se acerquen más a los humanos e incluso adopten sus cuerpos carnosos y retorcidos. Esta característica provoca que los humanos que observan las pinturas puedan sentirse representados en estas figuras divinas e identificarse con sus defectos y vicios. Asimismo, los castigos que reciben estas divinidades por sus vicios también puede aplicarse, por tanto, a los humanos. Y es que los vicios y pecados de las divinidades, en realidad, son un reflejo de los vicios de las personas que habitan el mundo real y, en el caso de Rubens y sus coetáneos, el Flandes del siglo XVII.
Esta humanización de las figuras divinas se puede observar, por ejemplo, en la forma en la que Rubens pintó los desnudos, que cada vez se alejan más de los cuerpos ideales de la Antigüedad y se convierten en figuras voluptuosas y con curvas. Aunque también aparecen hombres desnudos o semidesnudos, son los cuerpos femeninos aquellos que más veces aparecen retratados y que, además, mayor interés despiertan entre los coleccionistas.
El desnudo femenino en el arte—que responde a esa mirada sexualizada que, desde siempre, ha recibido el cuerpo de la mujer— es, de hecho, una temática común desde los inicios de la humanidad. Ya en la Prehistoria los cuerpos femeninos se asociaban a la fertilidad a través de las figuras de las Venus (aunque sin descartarse que estos amuletos fueran, en realidad, objetos sexuales). Durante la época griega y romana la desnudez de los torsos femeninos también se asociaba a divinidades que aparecían esculpidas de forma armónica e idealizada.
Por tanto, desde la Antigüedad, e incluso desde la Prehistoria, parecía que el único pretexto en el que podía aparecer un desnudo, para cumplir con la moralidad establecida, era en episodios mitológicos o religiosos. En el caso de las pinturas cristianas, por ejemplo, la desnudez se asociaba a la lujuria encarnada en la figura de Eva desnuda. Todavía en la época de Rubens, la mitología era el único contexto moralmente permitido en el que podían aparecer desnudos, sirviendo casi de tapadera para retratar la sensualidad femenina. Los desnudos femeninos —ocultados bajo pretextos o episodios mitológicos— eran, de hecho, una de las temáticas predilectas de coleccionistas y mecenas que, evidentemente, eran hombres.
Sin embargo, estos desnudos, ya desde el Renacimiento, se humanizan cada vez más: las figuras femeninas dejan de ser divinidades que habitan mundos fuera del alcance humano y las Diosas se parecen más a mujeres reales que habitan escenas cotidianas, como en el caso de la Venus de Urbino de Tiziano, que se sitúa en una corte y presenta una posición y mirada casi provocadora y muy humaniza. El artista que ocupa esta exposición en CaixaForum, Rubens, sigue esta tendencia humanizadora de los desnudos, presentando a mujeres voluptuosas y con curvas.
Estos cuerpos femeninos cada vez más humanizados y menos divinos podrían ser la razón que llevó a que, a posteriori, se decidiera incorporar velos para tapar las provocadoras figuras de las tres divinidades representadas en el cuadro El juicio de Paris. Una pintura al óleo que en Barcelona recupera, por primera vez, su forma original, tras una restauración de nueve meses que ha devuelto su iluminación y brillo original y ha conseguido eliminar estos velos que fueron añadidos posteriormente como respuesta a la moralidad de la época.
La muestra en CaixaForum representa, por tanto, la primera ocasión para observar esta pintura al óleo, que habitualmente ocupa uno de los pasillos centrales del Museo del Prado, tras su cuidadosa restauración. Con tanta cautela como en su restauración se ha conseguido trasladar esta obra imprescindible de la historia del arte desde Madrid hasta la capital catalana. Lo ha hecho en un tráiler con control de temperatura y humedad, acompañada del equipo de restauración y del ‘correo’ del Prado, es decir, aquel profesional técnico que custodia las obras cuando estas se prestan a otras instituciones, en este caso al CaixaForum.
Tras su llegada a la sala que acoge la exposición Rubens y los artistas del Barroco flamenco, un equipo de técnicos, con documentación, referencias y linterna en mano, se encarga de dictaminar que la obra no ha sufrido ningún desperfecto. Un trabajo delicado y detallado que solo puede llevarse a cabo por un equipo especializado. “El arte no es perfecto y hay cosas como la tensión de la tela o ciertas deformaciones que solo puede apreciar el ojo humano”, enfatiza Alicia Peral, la responsable de custodiar esta obra desde el Prado. Una vez examinada, seis operarios se encargan de colocar esta obra en la pared en la que colgará hasta el 21 de septiembre, antes de ser devuelta a su emplazamiento permanente en el museo madrileño.
El cuadro, que se erige como uno de los grandes reclamos de la exposición —haciendo que solo por apreciar esta obra la exposición ya se erija como una visita obligatoria—, no solo resulta fascinante por su historia actual, con el cuidadoso traslado de una institución a otra, sino también por la historia y simbolismos que encierra en sí misma. El óleo representa el momento en que Paris debe elegir a la más bella entre las diosas Juno, Minerva y Venus, cada una de las cuales le ofrece una recompensa según los atributos que representan como divinidades: poder, sabiduría o amor, respectivamente.
Efectivamente, Paris elige hacer caso a su pasión y optar por Venus y el amor, quedándose con Helena. Renunciando, así, a la victoria en todos los combates o al hecho de poder convertirse en emperador de Asia, recompensa que le ofrecían las otras dos divinidades, y provocando, además, la famosa Guerra de Troya. Este cuadro también sirve de excusa para realizar un interesante ejercicio y desafío: lograr encontrar los simbolismos ocultos en los cuadros, que se esconden tras figuras o alegorías comunes.
Un juego que en ocasiones se presenta fácil, ya que hay símbolos que se repiten y se convierten en tópicos entre artistas: el perro o el loro como símbolo de la fidelidad marital o un ángel con alas como símbolo de Cupido y del amor, pero que en ocasiones es más rebuscado. Las tres divinidades desnudas del cuadro de El Juicio de Paris, los cuerpos de los cuales están pintados casi de forma idéntica, se pueden diferenciar, de hecho, por los símbolos y objetos con los que aparecen: Venus acompañada de este joven con alas, Minerva con la armadura y el búho que encarna la sabiduría, y Juno con un pavo real como símbolo de la fidelidad. Un juego y reto simbólico que, de hecho, el propio CaixaForum nos propone al final de la exposición: con una sala denominada “Entre el taller y la galería”, en la que el visitante se convierte en creador. Una sala donde los símbolos y elementos del cuadro han quedado descontextualizados y sueltos y deben ser los visitantes quienes los coloquen en sus cuadros correspondientes (o quizás no y precisamente sea esta sea la gracia de todo: ver que diferentes símbolos pueden servir en diferentes obras de arte).
Sin embargo, los símbolos no solo se encuentran en las escenas mitológicas, sino que Rubens y sus coetáneos también reformaron las pinturas religiosas —que vivieron un impulso tras la destrucción del arte a causa de las guerras y la Contrarreforma—, las imágenes de monarcas y batallas, e incluso las escenas cotidianas y los bodegones. Una revolución y una tendencia hacia el dinamismo, la humanización y la expresividad que no solo fue inspirada por Rubens, sino que también aparece en Van Dyck y Jordaens. Artistas que también son protagonistas de la exposición del CaixaForum, en una muestra que permite comparar cómo dos artistas trabajaban de forma similar o diferente un mismo motivo o tema, poniendo cuadros de estos creadores al lado.
Estos artistas, de hecho, muchas veces trabajaban de forma colaborativa en grandes y detalladas pinturas. Trabajos colectivos que sencillamente dejan sin habla al visitante, que podría pasarse horas para acabar de apreciar la infinidad de detalles, como en el caso de la serie La vista y el olfato, donde el tema es la metapintura, es decir, que las creaciones artísticas y el coleccionismo se convierten en el motivo principal del propio óleo. La muestra cubre, así, una gran variedad de temas, de unos artistas que supieron utilizar su pasión e intereses y transformarlas en pulsión artística, revolucionando no solo un país y una época, sino prácticamente toda la historia de la pintura occidental.