Debajo de la casa donde vivía de niño con sus padres, había una zapatería. Era una tienda de calzado como las de muchos barrios, sencilla, pero en el interior había un rincón reservado para los zapatos de mejor calidad. Roger se los tenía bien estudiados. Y, con diez o doce años, cada vez que pasaba por delante de aquella zapatería ---recuerda que estaba en la calle Palencia y se llamaba Albert---, se fijaba en qué zapatos del escaparate le parecían los más bonitos.
En el instituto de la Verneda donde estudiaba, comparaba con sus compañeros las bambas que llevaban. “Nos decíamos: las mías corren más que las tuyas”, rememora, cuando tenía unos catorce años. Ya entonces sentía mucho interés por el calzado y, aunque recuerda que en casa iban justos económicamente, él, en cuanto podía, hacía una buena elección de lo que quería llevar en los pies. Le gustaba ir bien calzado.
Con dieciocho años ya conocía las tiendas de calzado de Barcelona que tenían los zapatos que más le gustaban. Y entre los dieciocho y los veinte, los primeros sueldos que ganó trabajando los invirtió en zapatos algo más caros, de marcas como Camper o de firmas italianas hechas a mano. Iba a La Rambla y subía al piso superior de Casas Internacional, donde estaba la zapatería de hombre. También tenía bien localizada otra tienda, el Loft de la calle Avinyó, donde había diseños de ese calzado que le enamoraba. Se sentía tan feliz entre zapatos de piel, que podría pensarse que la expresión más contento que un niño con zapatos nuevos nació inspirándose en él.
Carrera de cineasta
Pero aquel chaval que se procuraba un buen calzado estudió cine. Fue alumno de la primera promoción de la Escola de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC). Creó una productora, y durante diez años se dedicó de lleno a ello, además de impartir clases de cine, hasta que, hacia finales de la primera década de los 2000, sintió ganas de un cambio. “Siempre había tenido la ilusión de abrir una tienda de zapatos”, explica.Y en un viaje a Nueva York, donde un trabajo de su productora participaba en un festival, pasó por delante de una zapatería que avivó su anhelo de abrir una tienda de zapatos en su ciudad. Allí descubrió los zapatos hechos a mano de un diseñador armenio al que fue a conocer personalmente a Los Ángeles. “Me gustaba mucho lo que hacía, y nos entendimos para que yo pudiera vender sus zapatos en Barcelona”, dice.
Así empezó a caminar hacia su sueño de abrir su zapatería. “Tenía bastante claro que tenía que estar en el Born. Aquí se mezclan la artesanía, la moda y las nuevas tendencias. Hay cosas interesantes que no encuentras en otros lugares, un producto avanzado que puede atraer al tipo de turista que nos visita, que viene al Museu Picasso ---a cinco minutos a pie de su tienda---, por tanto, tiene inquietudes culturales, criterio y buen gusto. Y, como mis zapatos están hechos a mano y con piel muy bien tratada, tienen un precio medio-alto”.
La tienda se llama Nu y está en la calle Cotoners, número 14. La abrió en 2009, en Sant Jordi. Un buen día para un motivo tan especial. Al principio solo vendía zapatos de aquella marca americana, hasta que él mismo aprendió a hacer sus propios modelos. “Se había instalado en Ciutat Vella un arquitecto, Nicoló de Paola, que había aprendido a hacer zapatos en Venecia. Vino a Barcelona y abrió una tienda en la calle Banys Vells. Y con él aprendí yo a hacer zapatos”, explica.
En 2015 ya pudo empezar a exponer sus primeros diseños de zapatos y a recibir encargos para enviar al extranjero o entregar en la tienda. A su marca le puso el nombre de su abuelo materno, Evarist Bertran, porque lo admiraba mucho. “Era supernaturista. Seguía las disciplinas del Dr. Nicola Capo y Adrian Vander, pioneros de la naturopatía en España”, cuenta Roger. “Mi abuelo tenía mucha fe en el triángulo virtuoso del limón, el ajo y la cebolla. Era un fenómeno de persona, y hablaba con todo el mundo. Fue zapatero, carpintero, tonelero y relojero, y trabajó para el Ayuntamiento de Barcelona. Lo arreglaba todo. En los años cincuenta tenía una moto inglesa y le puso un sidecar", recuerda Bertran sobre su abuelo.
Los zapatos de Roger se venden en tiendas de culto en ciudades como Mykonos, Berlín, Tokio y Zúrich"Era un personaje, marinero y ciclista. Yo no veía mi nombre en mis zapatos, pero el suyo sí, y pensé que así le rendía homenaje. Evarist Bertran puede ser un nombre de aquí y de allá. Lo tuve clarísimo”, expresa. Roger recuerda cómo unos suecos se interesaron enseguida por aquellos zapatos de piel, marca Evarist Bertran, al verlos en Instagram. Y así también empezaron a conocerlos comerciantes de Osaka.
Él diseña los modelos de zapato que quiere hacer, y los fabrcain en un taller de Andalucía. Tiene una colección estable, con unos quince diseños. Le encanta elegir las pieles y, decidir qué parte usar para cada zona del zapato, aún más. Son zapatos hechos con piel de Italia y suela de Igualada. Cuando llegan de fábrica a su tienda, él todavía les da el acabado final: marca el pliegue y graba la marca Evarist Bertran en la suela con hierro candente. Luego, les pone los cordones.
“Mis referentes son zapatos italianos con una línea muy fina, con punta y brillantes. Yo, en cambio, he elegido otra línea, más del tipo de los zapatos que se trabajan con piel de caballo, como los que hacen en la región italiana de la Toscana, entre Pisa y Florencia, con curtido vegetal, porque así adquieren una pátina que evoluciona. Eso es precioso; el mundo de las pieles me gusta mucho, sobre todo las de caballo y canguro”, dice.
En realidad, lo que hace él al doblar las puntas de los zapatos es darles vida, el movimiento que tendrían con el paso del tiempo, aportándoles el valor de las experiencias vividas. “Tienen las puntas levantadas, como en los referentes pictóricos, o como las que se pescan en un río. Son zapatos con carácter, eso lo da la edad; cuando son viejos son mucho más bonitos que cuando son nuevos. Por eso yo les doy la personalidad que tendrían después”, explica.
Roger abre la tienda de lunes a viernes. “Me apasiona lo que hago y me encanta descubrir nuevas pieles y diseñar los zapatos, pero sin ninguna pretensión”, afirma. “Mis zapatos se venden en tiendas de culto en ciudades como Mykonos, Berlín, Tokio y Zúrich. Todo lo que venga, bienvenido sea. No tengo ninguna ansia de crecimiento y pongo límites para priorizar el tiempo personal y la tranquilidad”, añade. Ahora está diseñando una línea de zapato-deportiva.
Disfruta de cada momento en esa tienda que inspira calma y donde cada par de zapatos parece ya contar una historia propia. “Voy teniendo mi parroquia de clientes de Barcelona, con un perfil bastante creativo, gente que tiene gusto por los zapatos, que les da importancia como yo siempre he hecho. Los zapatos conforman una forma de estar en el mundo. Tal como pisas, vives. El zapato es lo que hay entre tú y la tierra. Y si el calzado está hecho con materiales nobles y curtido vegetal, el pie transpira y el zapato se adapta”.
Ya lleva dieciséis años en la calle Cotoners, en la esquina con Pou de la Cadena, que desemboca en la calle Princesa. Son esas calles estrechas de la ciudad antigua, bautizadas con nombres de gremios, antiguos oficios, muchos de los cuales se han perdido. La tienda de Roger, como tantas otras en ese entramado de callejones, es muy visible y a la vez muy discreta. En el interior, de manera muy original, conviven estantes con el género esencial, con un diván para probarse cómodamente los zapatos, en un espacio amplio, con una pequeña mesa de despacho donde Roger siempre tiene trabajo. “A veces entra algún guiri y puedo pasarme dos horas charlando. Aquí me siento como en casa, es un lugar acogedor, que invita a conversar tranquilamente, y me gusta no ser esclavo de tener que vender”, expone.
“Se me infla el ego cuando alguien de otro país, después de cinco años, pongamos por caso, vuelve a entrar en mi tienda, y también cuando veo que han conocido la marca por las redes sociales y la siguen”. Son emociones así las que hacen que cada día sea diferente y entrañable, como la historia que en cada par de zapatos echa a andar con el nombre del abuelo Evarist Bertran.