Rodoreda, un bosque y mucha fiebre

Se da una consciente afición archivística en las exposiciones del cececebé, de notoria sobrecarga documental y con maratones de notas al pie de página, lo que es aún más estresante si uno dedica la muestra del año a una escritora, y ya ni te digo cuando esta autora en cuestión se trata de una señora que -cuando servidor estudiaba literatura- era vista como una prosista más bien cursi, paridora de metáforas endulzadas sobre flores (ver las consideraciones insultantes que le dedicó un hombre por otra parte tan agudo como Ramon Barnils), pero que ahora la contemporaneidad considera no sólo nuestro mejor novelista de todos los tiempos, sino también la escritora que, tras varios años de ser enterrada, ha devenido la mami estilística de la mayoría de autoras, autores y autoris del país. Rodoreda puede ser un bosque de altísima complejidad, sólo faltaría, pero ahora también es necesario leerla desde esta fiebre. 

Si me permitís el pecado de obrar como un sociólogo de cafelito, lo primero que sorprende de Rodoreda, un bosc es la cantidad de seres jovencitos que (surfeando entre los espectadores tradicionales de la cosa museística; a saber, los viejunos) pueblan las salas de este templo del socialismo (antes ilustrado) buscando con frenesí cualquier pista que les acerque aún más a su heroína. Somos un país de extremos y, decía antes, pasamos a gran velocidad del desprecio a la idolatría (por lo que se refiere a Rodoreda, de ello se chotea muy bien la escritora Etna Miró en su elogiada novela de debut, Amèlia de les Camèlies); por este motivo, el peligro de archivar a Mercè es que podemos acabar relacionándola incluso el bidé de Duchamp. No es el caso de este bosque, donde existen trasvases muy naturales como la clásica Dona-arbre, con Fina Miralles enterrada en el campo, o la Ofelia adormitada de nuestra gran documentalista Bego Antón

En su libro-lectura sobre La mort i la primavera (Fam als ulls, ciment a la boca), la comisaria Neus Penalba ejerce de exegeta yanqui -siempre a favort- y relaciona la entronización de esta obra maestra sobre la sedición con los hechos del 2017: “no deixa de ser significatiu, fins i tot estrany, que la novel·la inacabada de Rodoreda sobre un poble obsedit per la repressió del desig desperti del seu somni pòstum el mateix any que es represàlia el desig col·lectiu d’una part majoritària del poble català”. Significativo lo es, faltaría más, pues no hace falta tocarla demasiado para ver cómo ---en el libro mencionado--- Rodoreda describe el campo de concentración que es Catalunya tas la guerra incivil y, en paralelo, cómo alerta del peligro de acabar con el alma cementada en la cascada del poder totalitario. Que todo esto siga palpitando en este tiempo de desencanto y que produzca trempera en nuestros jóvenes me hace gozar de lo lindo. 

Por todo esto que os cuento, este bosque de conexiones rodoredianas que ha imaginado Penalba en el cececebé me interesa especialmente en relación al espacio “Metamorfosis”, pues traduce perfectamente la sensación de exilio y transformación radical que el habitante de la tribu debe urdir para sobrevivir inmerso en el tedio de la barbarie todavía presente; hay analogías fantásticas como el fauno de Cuixart, un hombre elefante con el cerebro bellamente deformado por el porvenir, las inquietantes caras sin rostro de Esther Ferrer, los machos con el pecho hundido y las manos blandas de Tàpies, y la pintura alienígena de la propia Rodoreda. Para evitar pasarse de flipado en las analogías fáciles con lo presente, Martí Sales ha tenido la gracia de pescar artistas que mantienen una sana distancia de la autora; me ha interesado muy especialmente el mural deconstructivo que ha parido Oriol Vilapuig y la reflexión poético-sonora pensada con la garantía de Cabosanroque.

Al acabar esta estupenda maratón, medio extasiado de cansancio, la escultórica colección de cubiertas con la obra rodorediana traducida a otras lenguas acaba de rematarte el espíritu, recordándote la inexorable tara de ser catalán: en efecto, esa gigante de las letras, como la mayoría de nuestros héroes… se quedó sin su premio Nobel y su condición de patum le llegó demasiado tarde (afortunadamente para ella, que nunca quiso ser objeto de folclore). Sea como fuere, el empache de viandas de este bosque será útil para bajar la fiebre que ha cosificado la autora hasta convertirla en una marca -podéis repasar los libros de sus alumnos, alumnas y alumnes de hoy en día, sólo para apreciarla mejor- y acercarla así a su espíritu subversivo original. He esperado un tiempo a visitar al cececebé, porque me gusta ir tarde por la vida y evitar las colas. Ahora tendré que volver, porque el archivo está para verse, pero todavía será mejor repasarlo.

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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