No era fácil tomar las riendas de un negocio de 1929 –en origen la antigua taberna Can Mosques–, tan arraigado en la historia de la ciudad y su gastronomía tradicional, conocido no solo por su carta sino por su memoria colectiva.
Allí estalló una bomba anarquista en 1946, y allí compartieron tertulias durante décadas escritores, artistas, actores, músicos, periodistas e intelectuales. De Vázquez Montalbán, Peret, Terenci Moix, Sara Montiel, José Saramago o Vittorio Gassman, a un jovencísimo Lionel Messi en una de sus primeras comidas tras llegar a Barcelona, antes de ser la gran estrella del Barça.
En los últimos años de trayectoria del establecimiento, el mal estado de la finca donde se ubica, la pandemia, el aumento de los alquileres en el centro de la ciudad, la presión inmobiliaria y otros factores desencadenaron la salida de la familia que lo convirtió en un referente del Raval, en la frontera con Sant Antoni.
Y aunque tuvo doloroso parón con persianas bajadas, fue una familia rusa, afincada desde hace años en Catalunya y enamorada del establecimiento, quien se atrevió a retomar el proyecto tras adquirirlo, ya que sin esa operación su rehabilitación era inviable.
Fue una familia rusa, afincada desde hace años en Catalunya y enamorada del establecimiento, quien se atrevió a retomar el proyecto.
A finales de 2025, Can Lluís regresó con un nuevo capítulo, tras una recuperación meticulosa y artesanal de su decoración y mobiliario, y el afán de preservar su ambiente y patrimonio.
Pero también con una decidida apuesta por abanderar los platos tradicionales que un día sirvió la casa, añadiendo sabores que evocan a los guisos caseros de las abuelas y a una cocina que pareció estar en extinción en algunos momentos en la capital catalana, pero que ahora regresa con decisión por encima de tendencias cosmopolitas y fórmulas clonadas para turistas y expats. Aquí se imponen las horas de cocción y el retrovisor para no perder la identidad local.
Enfoque barcelonés
La prueba de fuego culinaria ya ha dado resultado. “Vienen familias catalanas a celebrar los momentos importantes de su vida: cumpleaños, aniversarios, fiestas familiares o simplemente para reunirse alrededor de una misma mesa. Poco a poco se ha ido formando una clientela fija, y eso nos resulta especialmente grato, porque regresan una y otra vez, y nos recomiendan”, relatan los propietarios.
“Poco a poco, afinamos las recetas y mejoramos el servicio. Creemos que un auténtico restaurante nunca deja de aspirar a ser mejor”, añaden. No apuntaron al turista ni se promocionaron al respecto. Tampoco a influencers en esa dirección.
“Nos importaba, ante todo, ganarnos la confianza de los vecinos y devolver a Can Lluís su lugar entre los restaurantes preferidos de los propios barceloneses“. Ahora, de forma natural están llegando algunos viajeros, pero no pretenden ser un destino turístico, como han intentado otros restaurantes de la zona.
"Nos importaba, ante todo, ganarnos la confianza de los vecinos y devolver a Can Lluís su lugar entre los restaurantes preferidos de los propios barceloneses“
El artífice de que sus sabores inviten a repetir visita es el chef Albert Güell. Pese a su juventud ha desarrollado su carrera siempre en esta especialidad, y pese a su talento técnico no busca reinterpretaciones sino una ejecución redonda, con omnipresente respeto al producto y los proveedores locales. Cuenta que el cabrito proviene de Rasquera, en la provincia de Tarragona conocido por sus antiguas tradiciones ganaderas, por ejemplo, y que la temporada marca sus ajustes de carta.
La mirada a los platos de fonda y a las preparaciones sin fecha de caducidad local se traduce en un repertorio como de toda la vida. Para abrir boca se despliegan buenos panes, anchoas, gildas, longaniza o paté de campaña… Para meterse en faena compartiendo, hay buenas opciones a precios contenidos.
De los imprescindibles buñuelos de bacalao (seis unidades, 9, 5 euros), donde no se escatima en material prima, como sucede con la Esqueixada, a los infalibles Caracoles guisados por los que muchos barceloneses peregrinan. Como ‘favorito’ del chef, la Garota gratinada o erizo de mar (a 4, 7 euros la unidad) prepara el paladar para lo que está por venir.
Cazuelas con mimo
Entre los principales, no falta un referente tan patrio y sencillo como la Butifarra con mongetes (la carta especifica que fue la primera cata barcelonesa de Messi), por 12, 50 euros. Ni un buen entrecot de vaca madurada 30 días o un filete. Entre los pescados aparece el Bacallà amb xamfaina gratinado con alioli (homenaje a las antiguas barricas de bacalao), donde las láminas de la pieza, al punto, hablan por sí solas.
Pero donde Güell más se divierte es trasteando entre pucheros sin prisa ni pausa. Empezando por el Cap i pota, con tripa y garbanzos, que puebla muchas mesas ese mediodía.O por el formidable Canelón de pollo asado a la catalana (definido como “clásico navideño reciclado”), idóneo para compartir por su generosidad (15 euros). Nos cuenta que elabora un asado de pollo tradicional con cebolla, tomate y vino rancio, que luego deshuesan y ligan para el relleno.
Luego montan los canelones con pasta fresca, pero la guinda de la casa es la salsa que sustituye a la bechamel. Aquí se compone de cebolla confitada, un poco de brandy, orejones y ciruelas, remojados con el caldo de pollo previo. Luego la reducen y ligan “hasta lograr la textura deseada” y rematan el plato con el canelón, la salsa catalana y unos piñones por en encima.
El día de nuestra prueba las Albóndigas con sepia ya se habían finiquitado, pero otros platazos intocables eran devorados en la sala. Como los Peus de porc amb cargols, que parece que el chef lleve elaborando un siglo. Esconde un sofrito con tocino, chorizo picante, cebolla pimiento y tomate y pimento ahumado surco y picando, al que añade los caracoles ya hervidos para que cojan sabor al acabar de cocer.
Pero la marca de la casa es que con la salsa restante de estos gasterópodos envasan los pies al vacío y los cocinan a baja temperatura toda la noche al vapor, confiesa a este medio. Una vez cocidos, los ensamblan y acaban de reducir salsa.
No son los únicos, pero sí algunos de sus platos motor. Quienes logren un ejercicio de contención, llegarán los postres, con media docena de opciones atemporales: mel i mató, pastel de queso (firma de la casa, y extracremoso), crema catalana con carquiñolis, flan casero con nata o helados, por entre 5, 5 y 7, 5 euros. La carta de vinos también se ha seleccionado con cariño y buena representación autóctona.
Otra opción es su Menú tradicional de la casa, a 28,9 euros, con dos primeros y dos segundos a elegir, más bebida, pan y postre o café, que no defrauda. Y para ocasiones especiales, hay que tener en mente el altillo privado para pequeños grupos.
Información de Can Lluís:
- Calle de la Cera, 49 Barcelona
- 618 17 68 96
- canlluis. com
- A diario, de 13: 00 a 16: 30 y de 20: 00 a 23: 30 horas.
