Astrid Roig es filóloga, una letraherida amante de la literatura. Ya de pequeña le llamó la atención que una de las grandes obras de la literatura catalana, La plaça del Diamant, hiciera referencia a la calle del Montseny, la misma en la que ella vivió en la infancia, en un edificio que compró su abuelo, Sever Roig, en 1923. Poco sospechaba Astrid que aquella referencia en la novela pudiera ser más que un hecho casual, hasta que un día su padre hizo un comentario que lo cambió todo: el piso de la infancia de Astrid había sido antes el hogar de Jordi Gurguí y Margarida Puig, hijo y nuera de Mercè Rodoreda. Es aquel mismo piso de la calle Montseny que la escritora había visitado en varias ocasiones mientras vivía en Ginebra y escribía, precisamente, La plaça del Diamant.
Pese a la pasión (y profesión) de Astrid por la literatura, no fue consciente de esta relación hasta pasados los 40 años, cuando su padre la verbalizó. “Siempre habían hablado de los Gurguí, pero nunca pensé que fuera el hijo de la Mercè Rodoreda” (o Rudu, como dice Astrid para abreviar). Entonces, la curiosidad y la pulsión literaria de Astrid la llevaron hasta la inevitable pregunta: aquel piso de la calle del Montseny de La plaça del Diamant que se convierte en escena principal cuando la protagonista se instala cuando se casa con Quimet, ¿era el mismo piso en el que ella había vivido? Y no solo había vivido; ahora vive su hermano, y ella lo hace en la puerta de delante, en el mismo rellano, en una finca que continúa siendo de la familia más de 100 años después de que la comprara su abuelo. El hecho de que Natàlia —antes de ser Colometa— y Quimet se trasladaran a la calle del Montseny justo en el momento de casarse también tenía su paralelismo en la realidad: el hijo de Rodoreda se instaló cuando se casó con Margarida Puig, que vivía con su familia desde la infancia.
La pregunta y la curiosidad desencadenaron una investigación que llevó a Astrid hasta la correspondencia de Rodoreda y hasta conocer la que había sido su nuera. Todo, para descubrir si la novelista se había inspirado en el piso donde ella misma había crecido. El primer paso fue recurrir a la red que ya tenía construida como profesora y devota de la literatura: lo comentó con su amiga y cofundadora de la editorial Candaya, Olga Martínez. “Ella me propuso que hablara con el escritor Jordi Carrión, y él me envió hasta Llorenç Soldevila, profesor de Literatura Catalana de la Universidad de Vic”. La cadena de contactos llevó a Astrid hasta Soldevila, que la animó a adentrarse en la novela para identificar todos los parecidos que pudiera encontrar entre aquel piso de la calle del Montseny de Natàlia y Quimet, y el de su familia.
Con la lectura al detalle, los parecidos se hacían evidentes. Tanto en la realidad como en la ficción, el piso es un principal, con buhardilla en la azotea, ahí donde Quimet construye el palomar que acabará engullendo la vida de Natàlia. Tampoco faltan la tribuna, el balcón, la galería, el pasillo y el escalón de la entrada, detalles que Astrid fue descubriendo y listando con la relectura cuidadosa de la novela. Y uno determinante: el piso de la calle Montseny de Natàlia y Quimet tenía debajo una droguería, exactamente como pasaba en la finca de la familia Roig. “A la droguería, del señor Pepet, íbamos a comprar desde que era pequeña”.
El mismo tendero, y el mismo negocio, más que centenario, que veía Rodoreda cuando iba a visitar a su hijo, en varias ocasiones documentadas entre 1955 ---cuando se instaló después de casarse con Margarida Puig---, y 1960, cuando la escritora presentó la novela al Premi Sant Jordi con el título de La Colometa (que no ganó). La escritora viajó a Barcelona desde Ginebra para la boda de su hijo, y también el año siguiente —para recoger el premio Joan Santamaria, celebrado clandestinamente—, y por el bautizo de su nieto. Las visitas quedaron reflejadas en cartas de la escritora, que Astrid también escudriñó. “El profesor Soldevila me abrió las puertas del Institut d'Estudis Catalans, y del archivo de la Fundació Mercè Rodoreda”, para poder leer las cartas que intercambió mientras escribía La plaça del Diamant con su hijo y con su compañero, el periodista y escritor Armand Obiols (pseudónimo de Joan Prats). “Con un fajo y en una pequeña habitación, las fui leyendo, y encontré referencias al pis del nois”, cuando se refería al de su hijo y nuera.
La Fundación no solo le dio acceso a la correspondencia de la escritora, sino que también la puso en contacto con la que había sido su nuera. Margarida Puig abrió a Astrid las puertas de su casa, muy lejos de Gràcia; antes de morir, Puig vivía en Sant Bartomeu del Grau, un pequeño pueblo en el entorno rural del Lluçanès. “Hablaba de Rodoreda con mucho respeto. Decía que era muy seguro que orientara su imaginación hacia el piso de la calle del Montseny”, rememora Astrid de aquella visita, ahora hace más de 15 años, durante un proceso de investigación muy intenso. “Me explicó que Rodoreda se fijaba en todo. Lo iba mirando todo, alimentando su ficción, su mente”.
De hecho, no es algo aislado que Rodoreda se alimentara de su propia experiencia para construir sus relatos. En Mirall trencat, hace referencia a la calle de la Palla, donde su abuelo tenía una brocantería, y en La plaça del Diamant Natàlia y Quimet se casan en la iglesia de los Josepets de Gràcia, donde se casó también, precisamente, Rodoreda. Estos paralelismos —a veces reconocidos por la escritora, y otras, no—, también incluyen el palomar de la novela, inspirado en el que tenía en su casa familiar de Sant Gervasi. ¿Y por qué motivo se guarda para ella misma algunas referencias, mientras sí revela otras? “Porque era muy recelosa de su vida privada. Era una parte muy vulnerable, y se lo guarda para ella porque es una parte de su vida que no quiere mostrar ni hacer pública”, destaca la filóloga.
La investigación de Astrid traduce esta relación ficción-realidad también en el esbozo del piso de la Colometa y Quimet, y ella lo tiene claro: “Hay suficientes características parecidas entre los dos espacios, el real y el ficticio, para relacionarlos”. Son numerosos los rasgos compartidos y las conexiones que sacó a la luz su investigación, que amplía el abanico de fuentes de inspiración de la novelista. Con la investigación guardada durante años, la exposición en el CCCB Rodoreda, un bosc, y una visita fuera de agenda durante la Semana de la Literatura del The New Barcelona Post, la han sacado fuera del cajón, desde un principal de la calle del Montseny que se hace lugar en el imaginario de la obra más icónica de la escritora catalana más universal.