El mecenazgo, a menudo silencioso pero esencial, es una de las columnas discretas que sostienen la cultura, la investigación y la cohesión social del país. En Catalunya, este espíritu de apoyo al bien común se articula principalmente a través de las fundaciones, que en las últimas décadas han tejido una red de compromiso e impacto difícil de igualar. Pero ¿quién está detrás de estas iniciativas? ¿Cuál es el verdadero rostro del mecenazgo catalán y cómo ha evolucionado hasta hoy? ¿Y cuál es su vínculo con la cultura?
Una manera de observar cómo se articula el mecenazgo en Catalunya es a través del movimiento y el impacto de sus fundaciones. Según el informe presentado este mismo octubre por la Coordinadora Catalana de Fundaciones, en Catalunya existen actualmente más de 2.000 entidades fundacionales activas, que representan una fuerza económica y social de primer orden. Y las cifras lo confirman: según el Observatorio de Fundaciones, entre 2016 y 2022 han generado un valor añadido bruto de 4.200 millones de euros (una aportación que supone el 1,7% del VAB total de Catalunya), han creado más de 100.000 puestos de trabajo directos (el 2,8% del empleo catalán) y han prestado 42,3 millones de servicios a personas beneficiarias, equivalentes a 5,5 servicios por habitante. Además, más allá del empleo generado, actualmente hay más de 45.000 personas voluntarias colaborando con fundaciones en Catalunya.
En cuanto a los ámbitos de actuación, estos comprenden principalmente la cultura (49%), la acción social (39%), la educación (8%) y la investigación científica (4%). Esta última, especialmente la vinculada a la salud, “ha adquirido un mayor interés a raíz de la covid-19. "La sociedad ha tomado más conciencia de la importancia de invertir en investigación y salud”, afirma Maite Esteve, directora de la Fundació Catalunya Cultura, que reflexiona —en una conversación en la sede de la fundación— sobre la figura del mecenas, tan oculta en la sociedad catalana.
La figura del mecenas, fuera del imaginario colectivo
Según apunta Maite Esteve, ya sea por el miedo “a ser acusado de hacer greenwashing o por evitar la exposición”, el mecenas catalán no suele hacer pública su filantropía; y esto es, en gran parte, un rasgo cultural: “Esto no pasa en Madrid”. La frase la repite también más tarde el exconseller de Cultura Ferran Mascarell, uno de los grandes impulsores del mecenazgo en Catalunya en la primera parte del siglo XXI.
Quizás esta discreción no ha permitido actualizar el imaginario colectivo. “Siempre se ha asociado el mecenazgo a personas —principalmente hombres— con una posición económica muy acomodada y con fuertes intereses culturales”, contextualiza Sara Pérez, gerente de la Coordinadora Catalana de Fundaciones. Pero el verdadero perfil del mecenas catalán es otro: “El perfil mayoritario son mujeres de 55 años con un nivel de estudios superior”. Además, no se trata de grandes mecenas haciendo grandes aportaciones económicas, “sino de muchas personas que colaboran con la suma de pequeñas cantidades”, añade.
La Asociación Española de Fundraising aporta más información sobre este perfil en el ámbito español: tres de cada cinco personas mayores de 18 años en España han colaborado económicamente en alguna ocasión con una ONG, y dos de cada cinco lo han hecho en el último año. El mecenazgo ya no es, por tanto, algo “asociado a las élites”. Para Pérez, uno de los motivos es la profesionalización de las fundaciones, que han mejorado su comunicación con los mecenas y han facilitado el acceso y el compromiso con el mecenazgo: “La profesionalización de las fundaciones ha permitido democratizar el mecenazgo”.
"La profesionalización de las fundaciones ha permitido democratizar el mecenazgo"
Sean grandes o pequeños mecenas, los motivos no se alejan mucho. La Asociación Española de Fundraising indica, en la Infografía del donante 2024, que hasta un 20% de los donantes lo hacen para cambiar las cosas y mejorar el mundo desde su propia posición; un 10%, para sentirse mejor consigo mismos; y otro 10%, para generar un impacto en una causa concreta.
La filosofía de Josep Lagares —reconocido mecenas catalán, vicepresidente de la Fundación Metalquimia y presidente ejecutivo de Metalquimia— no dista mucho de estos motivos. Desde su fundación, explica, apuestan “por proyectos que tienen un impacto en la cultura, la educación y la creativación (creatividad e innovación), para que el mundo sea un lugar mejor”. La palabra, por cierto, la desarrolla en su último libro Time-Out: creativación o extinción, nosotros elegimos.
Convencido de que solo con “creatividad e innovación saldremos adelante como especie”, Lagares toca, a través de la fundación, todas las patas del mecenazgo: la cultural, la social y la de investigación e innovación. Y lo hace, dice, con “la mochila llena”: “Somos seres espirituales a los que se nos ha permitido vivir una experiencia terrenal, y cuando muramos volveremos al espíritu. Vinimos desnudos, sin nada, y cuando volvamos, solo nos llevaremos una mochila llena de una cosa: el bien que hayamos hecho en esta Tierra”.
Lagares empezó a llenar esa mochila ya hacia los años ochenta, apostando por la cultura y la música catalana. “La sardana necesitaba un impulso”, recuerda. Y se lo dieron, en una época en la que el mecenazgo cultural todavía no estaba muy popularizado.
Los primeros puentes del siglo XXI entre el mundo cultural y el empresarial
En Catalunya, la historia del mecenazgo en el siglo XXI tiene un fuerte arraigo en la ciudad de Barcelona y en la cultura. Nace, de hecho, de las demandas de un sector empresarial que quería implicarse en la cultura catalana; de la convicción de un político, Ferran Mascarell, que entre los años ochenta y noventa vio que faltaban puentes entre ambos mundos y decidió construir las infraestructuras; y, por supuesto, del conjunto de empresarios que había al otro lado del puente, primero en clave barcelonesa y luego catalana.
Este movimiento culmina con un marco regulador estatal: la Ley 49/2002 de mecenazgo, que supuso un buen punto de partida para lo que después se convirtió, en el año 2023, en la normativa actual: el Real Decreto Ley 6/2023. ¿El siguiente paso que reclama el sector? Una ley catalana del mecenazgo. Pero vayamos por partes.
Si bien es cierto que a finales del siglo XVIII y principios del XIX la burguesía catalana hizo una gran apuesta por el mecenazgo cultural, a finales del siglo XX esa cultura del mecenazgo estaba desatendida. De hecho, cuando Ferran Mascarell llega al Área de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, a finales de los ochenta, “el mecenazgo no existía”. Y no solo eso, sino que, políticamente, los partidos no lo percibían como algo positivo: “se concebía como una interferencia de las empresas en el proceso cultural”.
"El mecenazgo se concebía como una interferencia de las empresas en el proceso cultural"
Que una marca, por ejemplo, patrocinara un festival “era criticable”, apunta Mascarell. Recuerda, de hecho, las dificultades que tuvo para conseguir alguna aportación privada para el festival del Grec. Pero encontró simpatías en Sol Daurella (Coca-Cola) y en la familia de la Damm.
Posteriormente, cuando asumió el cargo de director gerente del Institut de Cultura de Barcelona (ICUB), logró cambiar las reglas del juego del mecenazgo en Catalunya: “Por primera vez en el Ayuntamiento, un organismo público podía buscar dinero y quedárselo para hacer la actividad. No era necesario ponerlo en la caja general del Ayuntamiento, sino en la caja de la cultura”. Así, el dinero servía para promover más Grec, más fiestas populares, más Mercè, más cultura.
Cuando le propusieron como concejal (1999), intentó formalizar esta dinámica, materializándola con la Fundación Barcelona Cultura; un esquema que replicó posteriormente, cuando llegó a la Conselleria de Cultura de la Generalitat —la segunda vez— con Artur Mas. ¿El resultado? Con Enric Crous como presidente de la entidad, un grupo de empresarios creó la Fundación Catalunya Cultura. “Yo estaba en la Conselleria, tenía mucho trabajo y me dedicaba todo lo que podía; y Crous fue una pieza clave para lo que hoy día es la Fundación.”
Actualmente, la Fundación Catalunya Cultura cuenta con 45 empresas, 197 entidades, ha acompañado 315 proyectos culturales, ha aportado 507.000 euros en premios y ha otorgado 2.018 horas de formación.
Del “nadie paga sus impuestos” al clamor por una ley catalana
Mascarell recuerda el escenario previo a la ley del mecenazgo de 2002. Cuando era concejal del Ayuntamiento de Barcelona, viajaba a menudo a Madrid para reunirse con distintos ministros y cargos de Cultura y Hacienda. La respuesta que recibía era siempre la misma: “Mira, Ferran, en España nadie paga impuestos, no lo vamos a poner todavía más fácil.”
Por suerte, la visión del mecenazgo ha evolucionado mucho en el primer cuarto de siglo, acercándose cada vez más al modelo francés. De hecho, tras los grandes clamores del sector fundacional, en el año 2023 la reforma de la ley del mecenazgo se validó en el Congreso para favorecer el acceso al mecenazgo a través de un mejor marco legal y fiscal. ¿Cómo? Con incrementos de incentivos fiscales para estimular el micromecenazgo, incorporando nuevas tipologías de donativos y aportando exenciones de tributos fiscales y retornos simbólicos o contraprestaciones.
Ahora, sin embargo, el movimiento fundacional quiere ir un paso más allá. “La reforma se hizo de la ley nacional, y Catalunya tiene un tramo de IRPF en el que puede legislar en materia de mecenazgo”, explica Maite Esteve, desde la Fundación Catalunya Cultura. Y añade: “Catalunya merece una ley del mecenazgo; otras comunidades autónomas ya la tienen.”
"Catalunya merece una ley del mecenazgo; otras comunidades autónomas ya la tienen"
Lagares apunta, de hecho, que una buena ley facilita el acceso al mecenazgo, pero no puede ser el incentivo principal: “Si los que hacemos mecenazgo estuviéramos pendientes de la ley, ya haría mucho tiempo que lo habríamos dejado.” Y concluye: “Hay que hacerlo por convicción, por caridad”. Por la mochila llena.