Quiosco Good News en la Diagonal de Barcelona.

Los quioscos de Manhattan llegan a Barcelona

El mérito de los primeros quioscos de prensa fue de El Noticiero Universal, recién aterrizado en Barcelona y pionero en sacar una edición especial de tarde. Noticias frescas que rompían la rutina de tiraje habitual. De golpe abrieron cuatro quioscos en la Rambla, imitando la arquitectura del modelo parisino de la época. Que a partir de entonces el quiosco se destinara a la prensa escrita fue un acierto que se ha alargado más de un siglo. Cien años, sin embargo, no exentos de períodos oscuros. Períodos en los que, el quiosco, también ha sido parte activa como sede de tertulias, apuestas, enredos domésticos y reuniones clandestinas.

Bajar al quiosco un domingo cualquiera es un preámbulo. La lentitud del ascensor no inquieta y es fácil vislumbrar la calma. El tráfico se rinde a tres o cuatro taxis puntuales y alguna bicicleta. El paseo es ancho y, al coger el diario de la pila, el perfume de la tinta engalana por dentro. Alargas el importe exacto al quiosquero y hay tiempo para un gesto amable. A diferencia de los días laborables, cuando el quiosco se convierte en una estación de paso mientras te diriges al metro o caminas hasta el despacho, bajar en domingo es volver a casa y prepararse para deleitar el periódico en el sillón.

Desde hace más de un siglo el quiosco se asocia a la prensa escrita. Pero no siempre ha sido así. El filólogo Joan Coromines dejó ilustrado el origen de la palabra. Quiosco viene del turco (kyöšk) y significa espacio de lujo, de recreación o de veraneo. Imaginemos, pues, un recinto pequeño integrado en un jardín. Con columnas. Abierto, como una plaza que tiene, como función, la proyección al público. Por ejemplo, la de albergar un concierto de música al aire libre.

Los primeros quioscos de Barcelona se encargaron al arquitecto Garriga i Roca tras una primera prueba piloto. La finalidad del encargo era fijar una cierta homogeneidad en la forma, dado que se preveía distribuirlos por la ciudad. El primero se instaló en la Rambla en 1877. Era de madera y hierro y, al parecer, no se había orientado a la prensa sino a las bebidas. Diez años más tarde, coincidiendo con la Exposición Universal, proliferaron estos puntos de venta donde se encontraba toda índole de productos excepto prensa. La prensa no estaba porque, en aquel tiempo, la distribución se limitaba al reparto a domicilio. Es más, uno de los factores competitivos que más se tenían en cuenta era la puntualidad mañanera del reparto.

Quiosco en la Rambla, Barcelona, 1916-1937 © Frederic Flos i Gibrernau – Arxiu Fotogràfic Centre Excursionista de Cataluna

No fue hasta que El Noticiero Universal, un periódico recién aterrizado en Barcelona, ​​sacó una edición de tarde y requirió del concepto quiosco para el reparto. Noticias frescas que rompían la rutina del tiraje habitual. De golpe abrieron cuatro, en la Rambla, imitando la arquitectura del modelo parisino de la época. Que a partir de entonces el quiosco se destinara a la prensa escrita fue un acierto que se ha alargado más de un siglo. Cien años, sin embargo, no exentos de períodos oscuros. Períodos en los que, el quiosco, también ha sido parte activa como sede de tertulias, apuestas, enredos domésticos y reuniones clandestinas.

El primer quiosco se instaló en la Rambla en 1877. Era de madera y hierro y, al parecer, no se había orientado a la prensa sino a las bebidas

El quiosco del comisariado de propaganda política

Uno de los momentos históricos relevantes y, a la vez, más desconocidos, vino de la mano del Comisariado de Propaganda Política de la Generalitat republicana, encabezado por el genial Jaume Miravitlles. Miravitlles encargó un modelo de quiosco vanguardista de estética GATCPAC para distribuir en ella los productos propios de la institución. Las siglas GATCPAC responden a un movimiento arquitectónico surgido en los años 30 del siglo XX. Su propósito era modernizar el contexto arquitectónico de acuerdo con la moda de vanguardia en la Europa del momento. En estos quioscos promovidos por Miravitlles se podía adquirir las revistas Nova Ibèria o Moments, libros editados por el Comisariado, carteles, magacines y objetos propagandísticos como la popular insignia de la Generalitat con el lema: Per Catalunya.

Jaume Miravitlles a la seu del Comissariat de Propaganda Política, a l’Avinguda Diagonal.

Pero el objeto de más éxito entre la población fue la figura de El més petit de tots, obra del diseñador Miguel Paredes. La que se bautizó como La Mascota de la Revolució alcanzó tal notoriedad que se vendieron alrededor de trescientos mil ejemplares (sin contar las falsificaciones que, al poco tiempo, aparecieron). Esta figura, sin embargo, respondía a un plan para discernir la idiosincrasia del republicanismo entre los barceloneses. A diferencia de los ingenios de análisis del comportamiento a los que nos sometemos hoy en día, a mediados de los años treinta ni siquiera había el teléfono para elaborar, por ejemplo, encuestas de opinión. De este modo, la figura de El més petit de tots incorporaba una bandera que respondía a cuatro variantes: la bandera tricolor de la república española, la de los colores rojo y negro del anarquismo, la de la hoz y el martillo comunistas y la bandera catalana con las cuatro barras. El resultado fue que la figura de la bandera con las cuatro barras se impuso muy por delante de las otras, sobre todo de la tricolor, la menos vendida. Según el propio Miravitlles estas cifras representaban “una manifestación muy aproximada del espíritu del pueblo de Catalunya durante los primeros meses de la Guerra Civil”.

Figura de El més petit de tots.

La era digital y la prensa escrita

La era digital torció la tendencia de ventas que la prensa escrita venía acumulando durante décadas. Los últimos veinte años, los quioscos, distribuidos convenientemente por los barrios de Barcelona, ​​han tenido que adaptarse a la revolución online que, por una parte, ha abierto de par en par el acceso a la información, aportando inmediatez y globalidad. Y, por otro, ha guillotinado la distribución de la prensa en papel, tanto la de los modelos de pago como la de los modelos gratuitos. Según datos de la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD), la distribución diaria del gratuito que queda en Barcelona ha pasado del millón de ejemplares a nivel estatal a menos de trescientos mil en cuestión de una década (2008 a 2018). Y tres de las cuatro grandes cabeceras de pago se encuentran por debajo de los cien mil ejemplares vendidos, cuando en 2008 las ventas diarias se movían entre las dos y las trescientas mil.

Un quiosco en la Rambla.

Este hecho ha llevado a los quioscos a diversificar cada vez más la oferta, hasta el punto de convertirse en puntos de venta con una extensa variedad de producto de necesidad insospechada. De todos modos, la adaptación ha sido la dinámica habitual de los quioscos desde su aparición a mediados del siglo XIX. Pero el punto de inflexión debe situarse en la crisis de 2008. Desde entonces, un domingo cualquiera, los quioscos han pasado de vender entorno al millar de ejemplares de una cabecera de referencia a vender pocas decenas. Como consecuencia más del 35% de los establecimientos ha cerrado definitivamente. Y el cierre de un quiosco es más que una persiana bajada. Es afectar directamente la cotidianidad, la complicidad, un punto de encuentro para la convivencia y la conversación. Es una herida a la vida del barrio.

La nueva generación de quioscos

Aun así, una vez más, la dinámica barcelonesa se adapta a las circunstancias y un nuevo concepto de quiosco, de inspiración neoyorquina, está reemplazando los establecimientos desaparecidos. News & Coffee y Good News son dos compañías que han tomado la iniciativa para recuperar su esencia. Ahora, además, añadido a la prensa diaria y al exquisito abanico de publicaciones especializadas, se suma la opción de un buen café, un zumo natural o un snack saludable y apto para celíacos.

El quiosco de News & Coffee se encuentra en el Paseo de Sant Joan. Good News, en cambio, ha apostado por la Diagonal y, próximamente, tiene previsto abrir un segundo establecimiento en la Plaça Sarrià. Nos lo explica uno de sus cinco cofundadores, Alejandro Catasús: la idea del nuevo concepto surgió durante el confinamiento de marzo cuando, la mayor parte de establecimientos, a excepción de los quioscos y los comercios de alimentación, se vieron obligados a cerrar. Los cinco amigos se reunieron a los pies de un quiosco equidistante con la excusa de encontrarse. Mientras conversaban se les reveló la importancia de estos establecimientos y el simbolismo que representa para el barrio. Inmediatamente vieron una oportunidad; la de reorientar el concepto tradicional a un target más joven, manteniendo el público de siempre. La acogida entre los vecinos, afirma Alejandro, ha sido excepcional. Actualmente se encuentran en conversaciones con los propietarios de licencias de otros quioscos cerrados, o que prevén la jubilación en breve, con el fin de estudiar abrir más puntos en la ciudad. De la mano de estas iniciativas los quioscos seguirán guardando, minuciosamente, la vida en formato palabras. De noche, como siempre, como nichos de lata en medio de la ciudad. De día, renovados, como flores de Manhattan abiertas a los cinco sentidos.

Un quiosquero pasando el rato © SGC Campos