LA PUNYALADA

¡Queremos jugar!

Plaça de Sant Felip Neri, Barcelona © Ajuntament de Barcelona
Plaça de Sant Felip Neri, Barcelona © Ajuntament de Barcelona

Cinco años después, los niños de Ciutat Vella todavía reclaman un espacio digno de ocio en la calle.

27 de septiembre de 2025

La afirmación puede parecer muy risible pero, si el lector entrase en la máquina del tiempo para hasta el estallido de la pandemia en 2020, recordaría mil y una tertulias donde los aprendices de filósofo decían que esto de la covid nos serviría para repensar nuestra relación con el espacio pública. Mientras contemplaba las calles vacías y manifestaba la angustia de las multitudes encerradas en casa leyendo a Kierkegaard o jugando en la Play, la secta de los optimistas (gente muy peligrosa que confunde los deseos con los hechos, aclaro) sermoneó a todo quisque afirmando que, una vez muerto el bichito de Wuhan, los occidentales apreciaríamos de nuevo el privilegio de pasear por nuestras ramblas y de reapropiarnos de las terrazas. La realidad desmiente a los ingenuos y podemos comprobar cómo, tras el confinamiento, el ciudadano del primer mundo disfruta la esquizofrenia de vivir ensimismado en casa ante la pantalla o, si es que sale de su cueva, disfruta como un yonqui siendo una partícula más del turismo masivo que embute las urbes.

Toda esta mandanga conceptual viene a cuento porque este año se celebra un lustro de la campaña ¡Volem jugar!, loable iniciativa ciudadana de los tiempos pandémicos en la que algunos padres del Barri Gòtic reivindicaron espacios de ocio para que su descendencia pudiera jugar en la calle. Si continuáis mirando al pasado, recordaréis que los chavales de todo el país fueron quizás los grandes damnificados de las medidas restrictivas del lockdown, algunas de las cuales (recordad que llegamos a saludarnos con el codo y que algunos vecinos delataban incluso a los pobres niños autistas cuando sus padres les libraban de la cárcel de estar todo el santo día en casa) ya podemos decir, sin entrar en la conspiranoia, rozaban peligrosamente el terreno del autoritarismo más estricto. Pues bien, cinco años después la cosa no ha mejorado, y padres y chavales del barrio insisten en su desesperación con la campaña ¡Volem continuar jugant!, y sus motivos son aún igual de razonables.

Si hace cinco años el problema fue la ansiedad por la restricción, ahora nuestros pequeños se quejan de tener que jugar en lugares como la Plaça de la Catedral en condiciones absurdamente imperfectas, debiendo surfear una manada de turistas auténticamente infecta, a la que habría que añadir los más nefastos vendedores de globos y souvenirs aún más nauseabundos. Hago mías las palabras de uno de los progenitores de los niños, el convecino Josep Maria Boronat; el otro día sostenía en La Nostra que una Barcelona antipática con los niños "es una ciudad muerta." De hecho, una de las mayores fortunas de vivir junto a la Plaça de Sant Felip Neri es ver cómo -a media mañana- los chicos salen de la escuela que hay en la plaza y matizan el dolor de la metralla que se esconde en sus muros jugando al fútbol y cantando canciones que, por edad, desconozco. El griterío de los niños es como una orquesta que afina, comunión de toda feromona que pronto les brotará.

Servidor, de chavalito y de mayor, siempre aburrí supinamente la hora del patio, un break intrascendente que aprovechaba para distraerme en la más estricta soledad o para acompañar a los marginados de la clase, cosa muy cristiana. Esto de sudar, de mancharse la ropa con el polvo del patio y de correr como un loco en busca de una pelota, me producía una repugnancia instantánea que todavía tengo dificultades para transcribir. Pero yo, así en general, soy un imbécil depresivo que ha acabado desayunando tranquimazín, así que no me hagáis caso y abrazad el clamor de unos pequeñines para los que su barrio es su playground natural, un lugar que aman y que ven prostituido como un escenario de Instagram donde los turistas hacen morritos frente a la cámara y se fotografían compulsivamente haciendo el gilipuá. Queremos jugar! es un eslogan fantástico, corto y claro, que certifica la clarividencia infantil comparada con la estulticia supuestamente adulta. 

Con cierta vocación comunista, el Ayuntamiento ha impulsado programas como Juguem a les places donde, durante horas muy concretas y en espacios de afluencia de guiris, plantea lo que en el idiolecto administrativo se define como “actuacions específiques que potencien l’espai públic com a espai educador i afavoridor del desenvolupament integral i saludable dels infants i adolescents de la ciutat” (señores de lo público, hagan el puñetero favor de escribir normal y, si puede ser, bien). Celebro que la administración detecte el problema pero, por lo que he visto, esta es la típica iniciativa donde se reparten cuatro juegos de mesa y se reserva un espacio mínimo a los retoños para que se distraigan durante un ratito. Aquí estamos hablando de algo mucho más profundo; a saber, que los pequeños puedan tener una relación espontánea y no mediada con sus calles. Porque las calles, y perdonen que suene racista, son nuestras.

Mientras escribo esta Puñalada escucho de fondo a los chavales de Can Neri, exaltados, colonizando su plaza. Ahora echaré un vistazo al lugar, sobre todo para ver cómo valdría la pena volver atrás y convertirme en un niño normal. Déjenles jugar, queridos administradores de lo público; que, de lo contrario, acabarán como yo, pandémico mental crónico. 

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Bernat Dedéu
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