Hay unos pocos días al año en los que el Real Club Náutico de Barcelona viaja en el tiempo. Su sede en el muelle de Espanya se llena de cascos de madera, velas de otra época y un olor a barniz, sal y lona vieja que no tiene sustituto. En los pantalanes, la flor y nata de la vela clásica mundial se ha dado cita convocada por Puig y el club para la XIX edición de la Puig Vela Clàssica Barcelona, y el puerto moderno, por unos días, deja de parecerlo un poco.
Cuarenta y cinco embarcaciones llegadas de medio mundo convierten las aguas de Barcelona en un museo flotante, un museo con motores, velas y tripulaciones en cubierta, no en las vitrinas. El programa, hasta el sábado, es el de siempre y funciona porque no cambia desde la primera edición: registro y bienvenida, mangas en el mar jueves y viernes con salidas a partir del mediodía, y entrega de premios el sábado por la tarde. Cascos centenarios, líneas que ya no se diseñan así, salvo en réplicas muy puntuales. A bordo, tripulaciones tan apasionadas como impecablemente uniformadas y la vela recuperando por unos días los modales de otro siglo.
El calor este año aprieta de lo lindo, aunque el tiempo no ha hecho feos a la regata. Sol de justicia y el guion de siempre en las brisas térmicas de verano: viento muy flojo por la mañana que se anima hasta los 8-15 nudos pasado el mediodía, justo lo necesario para que estos barcos luzcan sin sufrir. El calor sí ha dejado alguna estampa curiosa, como la del miércoles con los hidroaviones apagafuegos compartiendo bocana norte con algunos clásicos mientras cargaban agua. Dos mundos náuticos completamente distintos cruzándose por los incendios forestales en los municipios que rodean la ciudad.
Navegar entre leyendas
Ayer tuvimos la suerte de subir a bordo de uno de los grandes protagonistas de esta edición: el Eilean, un ketch escocés de 1936 propiedad de Officine Panerai. No exagero si digo que fue una mañana de esas que no se olvidan. Una cosa es ver una pieza de museo y otra muy distinta sentirla moverse bajo tus pies con la misma elegancia con la que fue concebida hace noventa años. Y encima con la escenografía puesta: decenas de velas clásicas desplegadas sobre el azul del Mediterráneo, cascos de madera cortando el agua con estilo, y el skyline de Barcelona como fondo, un decorado perfecto porque para eso también sirve una ciudad bonita.
El espectáculo, además, era de ida y vuelta. Mientras nosotros mirábamos embobados a la flota desde la cubierta del Eilean, el propio Eilean se había convertido en el centro de muchas miradas y cámaras ajenas. Hay pocos barcos que generen esa admiración vaya donde vaya. Y la tiene más que ganada.
Construido en Fairlie, Escocia, en 1936 por encargo de la familia Fulton y botado al año siguiente, el Eilean pertenece a esa élite reducidísima de veleros clásicos que han sobrevivido enteros y mimados. En 1982 vivió su momento de gloria pop: fue fletado por un grupo británico que entonces empezaba a comerse el mundo, Duran Duran. Simon Le Bon, John Taylor y compañía lo usaron como escenario, en aguas de Antigua, para el videoclip de Rio, uno de los iconos del imaginario ochentero. Por cierto, curiosidad musical: el grupo sigue vivo y estos días está de gira en Italia y Suiza.
Después de que el Eilean diese la vuelta en televisores de medio mundo gracias a la promoción del vídeo musical, llegó lo contrario del glamour: años de abandono en un puerto caribeño, maltrecho y sin uno de sus mástiles, camino de acabar desguazado. Sin embargo, en 2006 el entonces consejero delegado de la relojera Panerai lo encontró casi por casualidad, se enamoró de él, lo compró y le regaló tres años de restauración exhaustiva en Viareggio, en la Toscana.
En 2009 volvió al agua exactamente como era en sus mejores días. Hoy es la embajada flotante de la marca italiana, y me atrevo a decir que probablemente lo más bonito que tiene Panerai ahora mismo no sea, precisamente, un reloj.
La ciudad como grada
Lo mejor de estos días es que no hace falta pisar un barco clásico para disfrutarlos. Barcelona se convierte en una grada: la Barceloneta, el Port Vell, el espigón Port Olímpic, las playas del sur o la Rambla de Mar son palcos de primera para ver desfilar esta flota que parece sacada de una película. Entre los invitados de esta edición está, nada menos, que el Manitou, el velero que usaba el presidente Kennedy en sus ratos de ocio, otro capítulo de historia con casco y quilla que algunos veranos se deja ver por Barcelona.
Quien tuvo la suerte de vivirlo desde el agua, como nosotros ayer a bordo del Eilean, se llevó la versión completa del espectáculo: ver e involuntariamente dejarse ver. Durante unas horas, el litoral de Barcelona se transforma en la mejor sala de un museo marítimo, uno que en vez de estar quieto navega, cruje, escora y, si, emociona.
Así que ya saben: quien tenga un mínimo de debilidad por el mar y por la vela con aire old money de otra época, esta semana calurosa tiene una cita en el Port Vell. No siempre se puede presumir de haber visto pasar la historia navegando.
