Dice una buena amiga que los hombres (machos, aclaro) no cambiamos mucho; simplemente y a regañadientes, nos acostumbramos a envejecer. Pensaba sobre esto mientras curioseaba las fotografías que Edward Quinn hizo de Picasso alrededor de 1953 en La Galloise, con la pintora Françoise Gilot y sus hijos Claude y Paloma, donde se ve al pintor jugando con los niños frente a un árbol de Navidad o fingiendo un gesto de rendición, con las manos levantadas, ante el pequeño, vestido de mosquetero. Durante los últimos años, la teoría crítica feminista ha intentado, sin mucho éxito, recontextualizar o cancelar la mitificación del genio picassiano, apelando a su costumbre ancestral de tratar a las mujeres como un simple laboratorio de creación. Curada por la propia Paloma Picasso y el director del museo de la calle Montcada, Emmanuel Guigon, Crecer entre dos artistas tiene el objetivo no disimulado de recordar que Picasso también supo envejecer y, sin renunciar a su poder creador, ejercer de buen padre familiar.
Picasso convivió una década con la pintora Françoise Gilot, con quien se llevaba cuarenta años de diferencia, y este fue sin duda un acomodo de explosión creativa, pero no tan idílico como destilan las pinturas. Una vez separados, el pintor malagueño hizo todo lo posible por destruir y boicotear la obra de su amada, así como para evitar que publicara su celebérrima Life with Picasso. A pesar de todo, Gilot pudo presumir orgullosamente de ser la única mujer que había tenido suficientes agallas como para domar a la bestia.
Lo explica ella misma en un texto breve, incluido en el hermoso catálogo de la muestra, donde compara su convivencia con un mano a mano con ciertas dosis de torería: “Después de nuestra separación, y a pesar de que entraron en nuestras vidas nuevos amores, nos quedó una sensación de pérdida. Era el final de una gran pasión. Había seguido su curso sin autocomplacencia ni concesiones, y nos había dejado agotados, como dos guerreros extenuados. Pero fue una lucha honorable.”
Toda esta parafernalia que explico podría resucitar el eterno debate sobre la separación entre la vida y la obra de un autor (una discusión absurda, porque ya son dos cosas separadas en esencia), pero habla mucho más sobre cómo los picassianos ya están acostumbrados a manipular la existencia de su ídolo para ofrecer una visión que encaje en un imaginario determinado. De todo esto, faltaría más, el genio se ríe desde el más allá; a nosotros, los espectadores, nos debería preocupar mucho más el hecho de disfrutar de su obra… y también del arte de Gilot, una pintora más que notable. De hecho, el interés de esta bella exposición es precisamente el de ver las diferencias matrimoniales en el tratamiento de la infancia. En obras como Cuatro perfiles en sombras chinas, Paloma y su muñeca sobre fondo negro (1952) y La madre y los niños (1953), el pintor no puede dejar de emplear a sus niños como objeto de inspiración, con un cargante exceso de negro, como si la infancia fuera un accidente que el destino le ha deparado.
Por el contrario, al entrar a la espaciosa sala de las pinturas de Gilot, se tiene la sensación de poder respirar un aire cargado de oxígeno y alegría. Admiramos obras de una naïveté exquisita, casi del primer Miró, como Mis hijos jugando, Claude a caballo de un juguete (1952) o Los niños acróbatas (1956). No es un hecho meramente colorista; aquí los pequeños aparecen como una fuente de goce y el juego ya no se mediatiza, sino que intenta ser joliu. Así debía ser la vida, en un plan mucho más real, para Claude y Paloma, quienes, según las entrevistas incluidas en el catálogo, siempre regresan a sus tiempos de niñez con un espíritu idílico.
Es una lástima que el darwinismo selectivo de la historiografía y el hecho de ser la compañera ocasional de Picasso hayan puesto sombra a las piezas de Gilot, porque en esta breve muestra de su arte vemos obras de primera como Claude con los pies juntos (1949). Pero el gossip a menudo supera la complejidad, y Gilot pasará a la historia como la única mujer que domó al viejo bravo.
Cuentan que tiempo después, al preguntarle por cómo fue su vida junto a hombres muy poderosos, Gilot se deshizo con una idea muy atractiva: “los leones atraen a los leones.” Viajad a la jaula artística de la calle Montcada, aunque sea para hacer felices a los acomodadores, que sonríen esperanzados cuando ven a algún conciudadano que se les dirige en nuestra lengua. La batalla la gana Picasso, como siempre.