Petit Indi y la Barcelona escondida a plena vista

El personaje de Arnau, protagonista de 'Petit Indi'.
El personaje de Arnau, protagonista de 'Petit Indi'.

Mientras otras películas han convertido los grandes monumentos de Barcelona en idílicos escenarios de postal, Marc Recha dirigió su cámara hacia el desconocido barrio de Vallbona, donde un adolescente se afronta la difícil transición a la edad adulta en medio de la precariedad

26 de agosto de 2026 a las 05:30h

¿Qué imagen de Barcelona construye el cine cuando la ciudad se convierte en escenario? Durante años, la capital catalana que ha llegado a la gran pantalla ha sido, sobre todo, la de sus grandes iconos: la Sagrada Família, el Park Güell, las calles del Eixample o el mar Mediterráneo, símbolos que han ido construyendo una imagen de una Barcelona solead, monumental y cosmopolita. 

Ya en la primera década de los 2000, grandes producciones internacionales como Vicky Cristina Barcelona (2008), dirigida por Woody Allen, o The Cheetah Girls 2 (2006) contribuyeron a consolidar esa imagen de la ciudad que, dos décadas después, todavía sigue vigente. Y no parece que esta Barcelona de postal vaya a desaparecer de la pantalla. De hecho, no hace faltar retroceder demasiado para encontrarla en un ejemplo immediato: La vida en Barcelona, una nueva serie cuyo rodaje terminó hace apenas unas semanas y que sigue a una joven diseñadora holandesa que llega a la capital catalana para empezar una nueva vida y autodescubrise.

Un argumento que recuerda inevitablemente a Emily in Paris, no solo por su planteamiento, sino porque la nueva producción está creada precisamente por Katina Medina Mora, directora de algunos de los episodios de esta popular serie. Esta coincidencia ha despertado dudas sobre la imagen de Barcelona que proyectará la nueva ficción: ¿volverá la ciudad a quedar reducida a una visión idealizada, como ha ocurrido con París y la vida de Emily? ¿O habrá espacio también para abordar sus retos, contradicciones y realidades más allá de la experiencia de un reducido grupo de personajes?

Pero, aunque esta imagen idealizada es la más extendida de la ciudad en la gran pantalla, no es la única. El cine también tiene la capacidad de alejarse de los lugares reconocibles y dirigir la mirada hacia aquellos que permanecen fuera del imaginario habitual de la ciudad, incluso para sus propios habitantes. Es el caso de películas recientes como El 47, que contribuyó a acercar Torre Baró a muchos espectadores que hasta entonces apenas conocían el barrio y su historia. Una mirada hacia esa otra Barcelona que ya había explorado, años antes, Marc Recha en Petit Indi (2009), aunque adentándrose en un barrio todavía más fronterizo y desconocido: Vallbona. 

Así, mientras Woody Allen estrenaba aquel mismo año una Barcelona recorrida por dos turistas estadounidenses y construida alrededor de sus grandes iconos, Recha rodaba Petit Indi en el pequeño barrio de Vallbona, un territorio fronterizo entre Barcelona y Montcada i Reixac, donde los huertos, el río Besòs y las vías del tren dibujan un paisaje a medio camino entre lo rural y lo urbano. Más que un decorado, estos elementos se convierten casi en un protagonista más del film, gracias a la mirada pausada y contemplativa de Recha, que opta por espacios de silencio en los que se detiene en los pequeños detalles del paisaje, dejando que el entorno también ayude a contar la historia. 

Más que un decorado, el paisaje se convierte casi en un protagonista más del film, gracias a la mirada pausada y contemplativa de Recha. 

Tanto la película como el barrio en el que se ambienta comparten, de algún modo, una misma condición: ambos han permanecido lejos de los grandes focos mediáticos. Revisitar hoy Petit Indi —disponible en Filmin– permite, así, volver la mirada hacia Vallbona a través de la historia de Arnau, un adolescente que vive con su hermana mientras su madre permanece en prisión y él busca la manera de ayudarla. Un relato sobre el difícil paso de la infancia a la adultez, marcado por la precariedad y el entorno en el que crece.

En la frontera entre dos mundos

Con poco más de 1.300 habitantes, Vallbona es todavía hoy uno de los barrios más pequeños y singulares de Barcelona. Situado en el extremo norte de Nou Barris, junto a Montcada i Reixac y el río Besòs, queda encajado entre vías ferroviarias, carreteras y grandes infraestructuras. Un territorio, en definitiva, fronterizo, a medio camino entre la ciudad y el campo, donde todavía sobreviven huertos y espacios naturales junto a polígonos industriales y vivienda.

El barrio de Vallbona, situado en el extremo norte de Nou Barris. © Rosa Farga

Pero, igual que el territorio que habita, el protagonista, Arnau —interpretado por Marc Soto en su debut cinematográfico—, también vive entre dos mundos. El adolescente se encuentra en ese momento incierto entre la infancia y la edad adulta y encuentra en sus pájaros un refugio frente a una realidad que todavía no sabe cómo afrontar. Pasa las horas cuidándolos y entrenándolos, especialmente a un jilguero en el que deposita buena parte de sus esperanzas.

Pero los pájaros no son solo un refugio para Arnau. También representan una oportunidad para conseguir el dinero que necesita para ayudar a su madre, encarcelada en Wad-Ras, otro de los edificios de Barcelona que todavía puede reconocerse en la película. Convencido de su inocencia, el joven quiere contratar a un buen abogado que consiga demostrarla y, para reunir el dinero, se adentra en el mundo de los concursos de canto de pájaros y las carreras de galgos, de la mano de su tío Ramón, que lo introduce en este ambiente de apuestas y pequeños trapicheos.

Arnau encuentra en los pájaros y su cuidado un refugio ante el mundo que lo rodea. 

Pero ese pequeño mundo cambia cuando Arnau encuentra un zorro herido junto al Besòs y decide salvarlo. El animal se convierte en una nueva compañía para el adolescente y, al mismo tiempo, altera el frágil equilibrio de su relación con los pájaros. Los animales ocupan, así, un lugar central en la película: son refugio, compañía y también un reflejo del propio Arnau, de su necesidad de proteger y de sentirse protegido en un momento en el que empieza a descubrir la dureza del mundo adulto.

Más allá de pájaros y galgos, otro animal tiene una gran importancia en el film: un zorro herido que el protagonista encuentra junto al río Besòs y decide salvarlo. A partir de entonces, el zorro funciona casi como un reflejo del propio Arnau: a través de los animales, Recha retrata a un adolescente que todavía conserva la ingenuidad de quien cree que puede proteger aquello que quiere y, de algún modo, transformar y mejorar su propia realidad. 

La vida de Arnau cambia cuando aparece un zorro herido junto al riu Besòs. 

Pero, a medida que avanza la película, esa ilusión acaba chocando con la dureza de su entorno y la precariedad. Cuando la última esperanza de salvar a su madre desaparece de golpe, Arnau pierde definitivamente la inocencia que aún conservaba y descubre, por primera vez, que no siempre puede controlar aquello que le rodea. Ante una realidad que se le escapa de las manos, al personaje solo parece quedarle, finalmente, la rabia.

Petit Indi no descubre una ciudad que no existía, sino que dirige la mirada hacia una Barcelona que siempre ha estado ahí, pero que rara vez ocupa el centro del encuadre

Fuera del encuadre habitual

Los animales son, por tanto, una pieza clave de la película, pero el paisaje también adquiere un papel protagonista. Recha recorre meticulosamente los detalles de un territorio en transformación, donde conviven los huertos y los espacios naturales con viviendas precarias, vías ferroviarias, fábricas y otras grandes infraestructuras. Esa atención al detalle permite reconocer algunos de los rincones más característicos de este paisaje, como el antiguo Canódromo de la Meridiana —hoy ya desaparecido—, las Tres Xemeneies de Sant Adrià o la fábrica de Estrella Damm —en la que trabaja Arnau junto a su familia—. 

Y es en estos espacios donde aparece una diferencia respecto a la película que protagonizó el anterior episodio de este recorrido cinematográfico en el que cada miércoles nos sumergimos en The New Barcelona Post con Luces, cámara… ¡y Barcelona!. En El Perfume, protagonista del anterior episodio de la serie, Barcelona estaba deliberadamente escondida detrás de otra ciudad: sus calles, plazas y edificios fueron transformados para recrear el París del siglo XVIII, hasta el punto de que la producción buscaba que el espectador olvidara que estaba viendo la capital catalana.

En Petit Indi sucede prácticamente lo contrario. La producción no intenta convertir Barcelona en otra ciudad, sino mostrar una parte de ella que rara vez llega a la gran pantalla. Recha simplemente dirige la cámara hacia un territorio muy distinto del que suelen mostrar las grandes producciones. En la película no aparecen la Sagrada Família ni el Park Güell, aunque sí el Eixample, hasta donde Arnau se desplaza en busca del prestigioso abogado que podría ayudar a su madre. Pero sí aparecen el río Besòs, los huertos, las vías del tren, las fábricas, y las carreteras que dibujan los límites de un territorio suspendido entre dos mundos: el campo y la ciudad.

Quizá por eso Petit Indi resulta especialmente interesante dentro de este recorrido por la Barcelona cinematográfica. La película no descubre una ciudad que no existía, sino que dirige la mirada hacia una Barcelona que siempre ha estado ahí, pero que rara vez ocupa el centro del encuadre. Una ciudad que, lejos de estar enmascarada, simplemente permanecía fuera de foco mediático, dominado por grandes iconos y una imagen cosmopolita y mediterránea de la ciudad. Gracias a la cámara de Recha, por tanto, una nueva cara de la ciudad, desconocida incluso por sus vecinos, se revela en la pantalla.

El protagonista de Petit Indi paseando junto a les Tres Xemeneies de Sant Adrià.