“He trabajado y sigo trabajando mucho para poner en palabras lo que hay en mi cabeza. Para llegar a todos esos lugares estéticos y conceptuales a los que quiero llegar”. Tras una tapa de ensaladilla rusa acompañada de una cerveza, Paulina Flores ataca con un vino ---“una garnacha fresquita”, pide--- y se acoda a la barra mientras se deja arropar por las notas del Godspeed de Frank Ocean. “Y es algo que me sigue fascinando ---prosigue---: esa capacidad que tienen las ideas de acabar convirtiéndose en palabras y frases, y adquiriendo nuevas dimensiones y significados”. Sorbe un trago y añade, con una media sonrisa: “Aunque estos no siempre son positivos”.
El primer recuerdo relacionado con el hecho de escribir de esta milenial chilena afincada en Barcelona, es el de estar aporreando, de niña, la máquina de escribir de su padre. “Para mí leer y escribir representaba el acceso a un mundo de secretos que deseaba desvelar”, rememora. En su adolescencia se cruza con Camus, Orwell, Kafka y descubre que escribir es desnudar el alma y que los poemas que le dedica a un chico amado ponen su fragilidad al alcance de los ojos del mundo.
Pero leer y escribir también es evadir. También es poner rumbo hacia otros mundos mejores que este. “En mi casa no había muchos libros, vengo de una familia de clase muy trabajadora. De niños, mis abuelos no tenían ni electricidad en su hogar, por eso cuando empecé a frecuentar la biblioteca de mi barrio se abrieron ante mí una inmensidad de mundos”. Cuando entró en la universidad para estudiar Literatura, ya, tocó el cielo.
“Me fogueé en esa etapa escribiendo relatos y cuentos, rodeada de amigos que escribían y que vivían este hecho con una intensidad y una disciplina increíbles”. Al narrarlo, todavía brilla la admiración en su mirada. Llegó el primero de muchos premios que iba a cosechar: “Gracias a un relato que escribí sobre un preso, gané un ordenador”. Y siguió esa búsqueda implacable, severa, obsesiva de una voz propia que le permitiera llegar a todos esos lugares que se le cruzaban por la cabeza.
Vergüenzas, decepciones y amenazas de muerte
En 2015, Paulina Flores publicó su primer libro, Qué vergüenza, una colección de nueve relatos que salió para la editorial chilena Hueders y que, al año, saltó el charco de la mano de Seix Barral. El éxito fue inmediato y el volumen cosechó diversos premios –entre ellos, el Roberto Bolaño–, diversas traducciones y el aplauso de público y crítica.Era hora de dar un paso más y, mientras la escritora planificaba su salida de Chile, empujada por una necesidad de ver mundo y de vivir en otros contextos y lugares, se enfrascó en la escritura de su novela de debut. “Tardé cinco años en escribir Isla decepción, que salió cuando ya me había mudado a España tras conseguir una beca para el máster en Creación Literaria de la Pompeu Fabra”. Aquel libro nacía de una realidad muy dolorosa: “La de los numerosos marineros asiáticos que se arrojan al agua al pasar por el estrecho de Magallanes y divisar la Punta Arenas, para huir de situaciones de esclavitud a bordo de aquellos barcos”.
Tras la novela, Paulina fue seleccionada por Granta como una de las veinticinco mejores narradoras en español menores de 35 años, pero la búsqueda continuaba. “Sigo afinando mi técnica y refinando mi oído y creo que con mi nueva novela me he acercado más a esos lugares a los que quiero llegar”, explica a propósito de La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama), novela generacional y de profunda impronta barcelonesa con la que la autora parece sentirse más a gusto, “gracias a una libertad narrativa que me ha permitido jugar a subvertir géneros y ser más generosa conmigo misma a la hora de buscar mi voz”.
Rítmico, arrabalero, latino, emocional y obsesivo, el relato ya anda por su quinta edición, se está traduciendo a varios idiomas y anticipa una futura obra “en la que ya estoy trabajando y que será –avisa– más melancólica, con notas más azules".
Encanto vampírico y alma contracultural
La escritora llegó a Barcelona recién acabada la pandemia, y se encontró “una ciudad sin turistas, preciosa, de la que poder disfrutar a fondo de su encanto vampírico y su alma contracultural y ante cuyo mar tibio y agradable me vine a presentar como recién llegada”.Aquel enamoramiento ya pasó, quizás por la masificación turística o puede que “por la situación habitacional resultado de esa estafa llamada negocio inmobiliario”, pero aquí sigue, todavía fascinada por aspectos “como el hecho de que Barcelona esté prendada de los libros y la lectura, porque esta es sin duda una ciudad perfecta para escribir y para leer”, reflexiona liquidando su copa de vino.
--- También es una ciudad perfecta para estar a pie de barra, de cháchara hasta las tantas.
Paulina Flores reflexiona unos instantes. Las notas del bolero Copa de vino, de Javier Solís, resuenan en el ambiente. El Bar se anima. La parroquiana sonríe.
--- Creo que tomaré otra ---anuncia, dejándose abrazar por una noche barcelonesa a muchos de cuyos rincones está llamada a llegar a través de las palabras.