En una temporada musical, el lema no suele ser un simple recurso de comunicación. Funciona más bien como un marco de lectura: una forma de ordenar repertorios, aniversarios y presencias artísticas que, de otro modo, aparecerían como sucesión heterogénea de conciertos. Los grandes ciclos de la temporada 2026-2027 en el Palau de la Música Catalana se articulan alrededor de una palabra cargada de resonancias históricas y morales: la paz. Más que una consigna epidérmica, apunta a la necesidad de arraigo; al retorno a un fundamento primero, que permite que fructifique la humanidad en el ser humano.
El homenaje a Pau Casals en el 150 aniversario de su nacimiento y el recuerdo de Ludwig van Beethoven en el bicentenario de su muerte vertebran la programación para otorgar a la música un poder que trasciende con mucho el noble cometido de entretener, agradar o incluso consolar: nos adentramos en una tradición en que la creación artística, conciencia moral y memoria histórica se entrelazan para mostrar la retroalimentación enriquecedora de experiencia estética y compromiso ético. Algo que se percibe, ya, en ocasión del concierto inaugural ---el 28 de septiembre--- dedicado precisamente a la figura de Casals.
Más que una celebración conmemorativa, el proyecto se plantea como una reflexión musical sobre el legado de quien convirtió la defensa de la paz en una dimensión inseparable de su vida pública. El homenaje reunirá al violonchelista Pablo Ferrández, al Quartet Casals, a la Escolania de Montserrat, al Orfeó Català y a la Orquestra Simfònica del Vallès dirigida por Xavier Puig. Entre los momentos más significativos del programa, además de la interpretación de su querido Quinteto de Schubert, figurará el cuarto movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven, con el texto de Schiller ---la célebre Oda a la alegría--- en la versión catalana que Joan Maragall elaboró en su día. De hecho, Pau Casals estaba preparando la interpretación de esa versión cuando la guerra civil truncó el proyecto. Recuperarlo hoy significa reactivar una tradición cultural en la que la música de Beethoven se entendía como afirmación de fraternidad. Una de las formulaciones más influyentes del ideal humanista moderno: la existencia de una comunidad fundada en la posibilidad de sentir alegría, “chispa divina”, y en la consideración horizontal de todos los seres humanos. Esa aspiración, que atraviesa buena parte de la cultura europea desde la Ilustración, tuvo también un trasfondo filosófico en la reflexión de Immanuel Kant sobre la dignidad y sobre la necesidad de cultivar la humanidad a través de la experiencia estética, que obviamente Schiller tuvo presente.
La música, desde esta perspectiva, no aparece ya como simple entretenimiento: abre un espacio simbólico en el que puede ensayarse una forma distinta de convivencia, la exploración emocional se convierte en vía para una experiencia trascendente. Este punto de partida da sentido al conjunto de la temporada, recorrida por una presencia ---la de Beethoven--- que culmina con la interpretación integral de sus nueve sinfonías a cargo de la Staatskapelle Dresden bajo la dirección de Daniele Gatti, en cuatro conciertos.
Otras citas para marcar en rojo ---momentos singulares de la temporada--- incluyen el Doble concierto de Brahms, interpretado por Julia Fischer y Daniel Müller-Schott, con la dirección de Edward Gardner al frente de la London Philharmonic Orchestra. Un programa que abrirá el ciclo Palau 100 y que incorpora la Quinta sinfonía de Sibelius. Ese mismo ciclo acogerá al prodigioso Klaus Mäkelä, que regresa al Palau dirigiendo a la que para algunos ---ha recordado el director general del Palau, Joan Oller, en la presentación--- es la mejor orquesta del mundo, la Royal Concertgebouw Orchestra, en un concierto que contatá con Lisa Batiashvili como solista en el Concierto para violín de Sibelius. La Accademia Nazionale di Santa Cecilia volverá a la sala modernista con Daniel Harding y el pianista Kirill Gerstein, y la Nederlands Philharmonic debutará con Lorenzo Viotti y Gautier Capuçon en el maravilloso Concierto para violonchelo de Dvořák, mientras que Esa-Pekka Salonen dirigirá la Philharmonia Orchestra con Leif Ove Andsnes en el Tercer concierto para piano de Beethoven.
La música no aparece ya como simple entretenimiento, abre un espacio simbólico en el que puede ensayarse otra forma de convivencia: la exploración emocional se convierte en vía para una experiencia trascendenteNo menos imprescindible será la nueva intervención de John Eliot Gardiner, que reunirá un elenco de estrellas en el Triple concierto de Beethoven: Isabelle Faust, Jean-Guien Queyras y András Schiff. El programa, que intepretarán The Constellation Choir y Orchestra, incluye asimismo otras dos obras del genio de Bonn, como la Fantasia Coral ---que anticipa en dos décadas el final de su Novena--- y la Missa en Do mayor. En este sentido, la temporada incorpora proyectos sinfónico-corales de gran formato que conectan con la tradición histórica del propio Palau. Destaca la interpretación del oratorio Elías de Felix Mendelssohn, a cargo de la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu y el Orfeó Català bajo la dirección de Xavier Puig. Desde un marco estético no demasiado alejado, Jordi Savall dirigirá la visionaria e inclasificable Missa solemnis de Beethoven, al frente de Le Concert des Nations y La Capella Reial de Catalunya.
El ciclo Palau Grans Veus, por su lado, reunirá algunas de las figuras más reconocidas del panorama internacional. Desfilarán artistas míticos en colaboraciones para el recuerdo: es el caso de la carismática Cecilia Bartoli junto al pianista Lang Lang, o de Lea Desandre junto al laudista Thomas Dunford. Atención liceístas: debutará Nadine Sierra ---la cantante más venerada y solicitada en la actualidad--- en el templo modernista, cantando arias de Mozart y Donizetti, en un ciclo que programará asimismo a Juan Diego Flórez o René Pape.
El ámbito operístico encuentra su espacio en el ciclo Palau Òpera, dedicado principalmente al repertorio barroco. En esta edición se presentarán tres óperas de George Frideric Handel —Riccardo Primo, Alessandro y Agrippina—, dos de cuyas producciones suponen un estreno en España. A estas se sumará la imponente Fidelio de Beethoven, dirigida nada menos que por Pablo Heras-Casado al frente de la Orcheste Révolutionnaire et Romantique y del Monteverdi Choir. En el único título operístico de Beethoven, la defensa de la libertad frente a la injusticia adopta la forma de un drama en el que la música aparece como afirmación de la dignidad humana.
La relación entre arte y memoria colectiva aparece también en uno de los proyectos internacionales más significativos de la temporada. El Orfeó Català participará en la primera gira europea de Gustavo Dudamel al frente de la New York Philharmonic para recorrer en gira varias capitales musicales europeas, entre las cuales la Philharmonie de Paris, la Elbphilharmonie o el Musikverein. Los conciertos incluirán la interpretación de On the Transmigration of Souls de John Adams, una obra escrita en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre.
El sentir musical nos aproxima al privilegio de conectar con la idea de humanidad en nuestro interior, y realizar la que para Kant constituía la máxima aspiración moral: hacernos dignos de ser felices
Coda
Vista en conjunto, la temporada de los grandes ciclos del Palau sugiere una reflexión más amplia sobre el lugar de la música en la vida cultural. A menudo se ha hablado del arte como algo “inútil”, en la medida que ---parecería--- no produce beneficios inmediatos ni responde a una finalidad práctica. Pero quizá esa misma inutilidad sea precisamente lo que le otorga ---o salvaguarda--- su verdadero valor. La música no resuelve los conflictos del mundo, pero permite reconocer algo que los conflictos suelen ocultar: la experiencia compartida de lo humano, que brota en la esfera más íntima.Con la emoción del sujeto que se reconoce sintiente, se abre ---desde la proyección especular--- la significación de una experiencia común. En este sentido, cuando se afirma que la música es un lenguaje universal, no significa que todos interpretemos del mismo modo. Significa más bien que todos podemos reconocernos en ella desde nuestra propia experiencia. Porque cada oyente, como quería Beethoven con su Novena ---y ha recordado Mercedes Conde, directora artística, en la presentación de los ciclos--- puede hacerla suya, viva. En ese gesto íntimo, personal y colectivo, quizá resida la forma más clara de fraternidad que Schiller trasladó también en sus Cartas sobre la educación estética de la humanidad.
En tiempos de tensiones y conflictos a menudo arbitrarios ---pero de gravísimas consecuencias--- ese recordatorio no es menor. La música no sustituye a la política ni a la historia, pero puede abrir un espacio en el que la experiencia de escuchar juntos ---de colaborar, producir o vivir un mismo tejido sonoro--- adquiera un significado que va más allá. En ese sentido, la paz no es solo un lema programático: es también una forma de entender la experiencia musical como ejercitación en la humanidad, desde el reconocimiento de lo más propio también en la mirada del otro. Aunque parecen cuestiones separadas y estancas, la experiencia estética ayuda a habilitar la reciprocidad ética a partir de la conexión con uno mismo y la intuición de una vivencia trascendente. Junto a la reivindicación de la dignidad de toda vida humana, como había querido Pau Casals, el sentir musical nos aproxima al privilegio de conectar con la idea de humanidad en nuestro interior, y realizar la que para Kant constituía la máxima aspiración moral: hacernos dignos de ser felices.
