No tengo ninguna duda de que es una de las citas artísticas más esperadas del otoño: la Pedrera acoge, desde ahora hasta enero, la primera gran exposición monográfica dedicada a Anselm Kiefer en la ciudad. La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe reúne más de setenta obras procedentes principalmente de la colección privada de Hans Grothe, uno de los fondos más importantes del mundo dedicados al artista alemán. Pintura, escultura, fotografía, libros de artista, objetos e instalaciones en un recorrido (comisariado por Walter Smerling) que nos conecta, sobre todo, con el trauma de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. Los símbolos caídos, la mitología derribada, la búsqueda de una nueva cosmogonía, la tristeza, la reflexión, la condena al rincón de pensar (y de pensar mucho, y de filosofar, y de escribir).
Nacido en Donaueschingen en 1945, justo cuando Alemania salía de la Segunda Guerra Mundial en ruinas, Kiefer pertenece a la generación de artistas alemanes que creció obligada a mirar de cara la responsabilidad colectiva del nazismo y el Holocausto. Formado en la escuela de Joseph Beuys, comenzó su carrera en los años setenta con gestos deliberadamente provocadores: fotografías de él mismo haciendo el saludo nazi ante monumentos de toda Europa, una manera de forzar al país a mirar aquello que prefería olvidar. Desde entonces, su obra se ha convertido en una de las reflexiones más potentes e inquietantes sobre la memoria, la culpa y la historia que ha producido el arte contemporáneo.
Girasoles, opio que brota de páginas de libro o de teclados de órgano, mapas cósmicos hechos de planchas de plomo y con referencias de astros recién bautizados y manos divinas (u ocas colgadas entre la taxidermia y la astrología), vestidos de donde surgen ramas otoñales que buscan el cielo (o pilas de libros de plomo), constantes referencias literarias y filosóficas, mitos, ciencia y trascendencia espiritual. Un fetichismo expresivo donde cada objeto simboliza conceptos con mucha fuerza, cada vitrina una escena llena de historia, un contenido explícito y gráfico que casi todo el mundo puede entender o como mínimo intuir.
Y esta pintura gruesa, espesa, impresionista y expresionista a la vez, que nos viste casi siempre de otoño o de invierno y que retrata ángeles, bosques, espacios exteriores donde todo parece señalar un mundo hecho ruina. La escala de Jacob, el Libro de los Templos, Hortus Conclusus (dentro del Cántico de los Cánticos), San Loretto, religión transformada en mitología propia y en búsqueda de referentes espirituales para un espíritu condenado a la reflexión (a la penitencia).
Lo que distingue a Kiefer no es solo el tema, sino el material. Pinta con plomo, ceniza, paja, tierra, vidrio roto, metal oxidado y plantas secas, en telas de dimensiones a menudo monumentales que parecen más paisajes devastados que cuadros convencionales. El plomo, por ejemplo, aparece constantemente (en libros gigantescos, en barcos, en alas caídas) como símbolo de un metal que sería el emblema de un peso histórico que no se puede aligerar. Kiefer dialoga también con la poesía (especialmente con Paul Celan, el poeta judío que escribió sobre los campos de exterminio), con la mitología nórdica, con la Cábala y con la alquimia, construyendo un universo simbólico denso, cargado de referencias que piden tiempo y atención. Pero que, insisto, se entiende casi a la primera. Sobre todo, si se me permite, en el momento en que entramos en otoño y en que cambian los colores de las almas y de los ojos.
La flor, que gira buscando el sol y luego cae cargada de semillas, se convierte en una metáfora constante de la muerte y la regeneración a la vez. Hay también los objetos encontrados dentro de las vitrinas, como antiguos gabinetes de curiosidades o de los laboratorios alquímicos del Renacimiento. Pequeños universos cerrados, como belenes, casi reliquias, donde la ciencia se funde con la magia y la memoria. Con la verdad, en definitiva, que no es lo mismo.
Que una obra de esta escala y esta dureza material dialogue con la arquitectura ondulante de Gaudí es, de nuevo, una de las notas más conmovedoras. Gaudí hacía curvas como si no previera el auge del fascismo o como si le diera la espalda, lo ignorara, prefiriera invocar las nubes y las leyendas. La tensión entre la Pedrera y el peso bruto de Kiefer es uno de los alicientes de la visita, que para mí es de las mejores (si no la mejor) de las que hemos visto en la Fundación dirigida por Marta Lacambra en los últimos años. Gusta, y a la vez hace pensar, y nos coloca la ciudad en lo más alto del nivel expositivo europeo. Como no puede ser, en determinadas manos, de otra manera.
