— Pero la Fundació va más allá de La Pedrera y de Barcelona, y gestiona también equipamientos repartidos por todo el territorio. ¿Cómo funciona esta estructura?
— Trabajamos con dos realidades inseparables. Por un lado, está la dimensión más visible y urbana, que es La Pedrera y el flujo internacional de visitantes en el centro de Barcelona. Por otro, hay una dimensión menos visible pero igualmente esencial, que es la del territorio, con equipamientos repartidos por toda Catalunya. Món Sant Benet, MónNatura Delta, el Congost de Mont-rebei o MónNatura Pirineus no son proyectos periféricos, sino estructurales.
Estos espacios, al igual que La Pedrera, forman parte del sistema que genera los recursos que después permiten sostener la parte social de la Fundació. Pero al mismo tiempo tienen vida propia: cuentan con públicos diversos y una relación directa con el territorio donde están ubicados. Por eso no hablamos de una red paralela a Barcelona, sino de una estructura interconectada, donde cada equipamiento tiene sentido por sí mismo y, al mismo tiempo, contribuye al conjunto.
“La Pedrera no es solo patrimonio visitable, sino una pieza de un sistema que transforma las visitas en acción social”
— El turismo acostumbra a concentrarse sobre todo en Barcelona. El modelo de la Fundació, ¿sirve para equilibrarlo y generar impacto en el territorio?
— Precisamente, nuestra fundación se define por ser una entidad de redistribución de la riqueza. Tenemos la voluntad de generar ingresos, pero no de acumularlos. Cada año se elabora un presupuesto de ingresos y gastos, y la totalidad de los ingresos se destina íntegramente a los proyectos que forman parte de nuestra misión fundacional. El presupuesto es un engranaje cerrado entre generación de recursos —los equipamientos— y gasto, que se traduce en proyectos sociales vinculados a nuestra misión: envejecimiento digno, investigación, inclusión laboral o sostenibilidad.

— ¿Es este un modelo único o podría replicarse en otros monumentos o instituciones culturales?
— Cada institución tiene su contexto, su historia y sus limitaciones. Pero es cierto que la idea de que el patrimonio puede tener una función activa dentro de la sociedad, más allá de su conservación, es una reflexión que puede ser útil en muchos contextos. Y es evidente que existen ejemplos similares, como el de la Sagrada Familia, que desde hace años destina parte de sus ingresos a fines sociales y que probablemente, cuando termine las obras, dispondrá de un margen aún más claro para desplegar este tipo de acción. La particularidad de la Fundació Catalunya La Pedrera, sin embargo, es que ya nació así: fue creada con la idea de ser autosuficiente, privada e independiente, y este hecho nos obliga a construir un sistema en el que la generación de recursos no es un fin, sino un medio.
— ¿Puede el ámbito privado asumir parte de la acción social que tradicionalmente corresponde a la administración?
— Tenemos claro que no podemos sustituir las misiones públicas. En ámbitos como la educación, la salud o la conservación del medio ambiente, la responsabilidad principal es de la administración. Pero desde la Fundació complementamos ese sistema allí donde detectamos necesidades no cubiertas o tendencias de futuro, trabajando en grandes ejes como el envejecimiento digno, la educación y la investigación científica, la inclusión laboral y la sostenibilidad ambiental.

— Un millón de visitantes. ¿Es este el límite de aforo?
— El máximo está en torno al millón doscientos mil visitantes anuales. Pero el objetivo no es crecer hasta alcanzarlo, sino estabilizar el flujo y gestionarlo bien. Es decir, no queremos aumentar visitantes, sino garantizar la calidad de la experiencia y la preservación de La Pedrera, así como de la resto de equipamientos de la Fundació.
— La Pedrera recibe mayoritariamente visitantes internacionales, mientras que el resto de equipamientos, repartidos por el territorio, tienen sobre todo público local. ¿Esta diferencia de perfiles condiciona de algún modo la experiencia de visita?
— Condiciona sobre todo la manera de explicarla, pero no el contenido ni la calidad de la visita. En La Pedrera trabajamos con audioguías en catorce idiomas y equipos preparados para un público internacional muy diverso. En otros equipamientos, como Món Sant Benet, con menos idiomas es suficiente. Sin embargo, hemos aprendido que la calidad de la visita no depende del origen del público, sino de cómo se construye la experiencia. El reto no es simplificar ni reducir contenido, sino ofrecer una mirada completa y accesible al mismo tiempo, adaptada a cada contexto sin perder profundidad.

— ¿Y cómo se relaciona La Pedrera con la ciudad y con los barceloneses? ¿Es un espacio sentido como propio?
— La relación con los barceloneses es especialmente intensa a través de la programación expositiva y las actividades culturales. En estas exposiciones siempre se piensa en el público local, con la voluntad de ofrecer contenidos de calidad que a menudo no son fácilmente accesibles en otros contextos, como en la última exposición Les Nabis: de Bonnard a Vuillard, que reúne obras que difícilmente podrían verse en Barcelona. Esto hace que mucha gente de la ciudad vuelva de forma habitual y confíe en el espacio: sabe que lo que se programa en La Pedrera es riguroso y de alto nivel.
Es cierto que el 90% de los visitantes del edificio son internacionales, pero también existe un trabajo intenso con las escuelas y los programas educativos. Esto genera un vínculo directo y continuo con el público local, más allá del turismo.
“La imagen internacional de Barcelona está muy marcada por algunos elementos muy icónicos, y Gaudí es uno de los principales”
— Gaudí se ha convertido en uno de los principales símbolos de la imagen internacional de Barcelona. ¿Forma parte La Pedrera, por tanto, de la identidad de la ciudad?
— Sí, forma parte, pero no la define por sí sola. La Pedrera es una pieza muy visible de una identidad mucho más amplia, en la que también tienen un peso importante la cultura, la gastronomía, la música, las infraestructuras de investigación punteras, el sistema universitario o el sanitario… elementos que configuran una identidad compleja y viva. Y después está el territorio, que a menudo se olvida cuando se habla solo desde la ciudad. Nuestro trabajo, en el fondo, es ese: intentar que esa complejidad no se pierda, sino que pueda explicarse y vivirse con coherencia.

— Esta concentración turística, de hecho, genera debate en la ciudad. ¿Cómo lo vivís?
— No somos ajenos a este debate, evidentemente. La ciudad vive una tensión real en torno al turismo, que también se refleja en el relato y en la percepción internacional de Barcelona, con conceptos como la “turismofobia” que han ido arraigando y afectan a esa percepción. Ahora bien, desde la Fundació no intervenimos en el debate político o de gestión urbana: nuestro papel es otro. Las políticas de turismo, la regulación o la planificación corresponden a las administraciones.
Nuestra responsabilidad es preservar el patrimonio, educar y devolver valor a la sociedad. En el día a día, esto se traduce en abrir las puertas cada jornada y garantizar que la experiencia de visita sea respetuosa, cuidada y coherente con el edificio. Es nuestra manera de contribuir a la ciudad: desde la práctica cotidiana, el respeto y el cuidado.
“El turismo se sigue pensando desde Barcelona, y esta mirada centralizada dificulta construir un modelo que abarque realmente todo el territorio”
— Con todos estos elementos sobre la mesa, ¿cómo afrontáis el futuro? ¿Cuáles son los objetivos de la Fundació?
— Ahora mismo estamos trabajando en el plan estratégico 2027-2030, con el objetivo de consolidar y ampliar el impacto en diversos ámbitos. Uno de los más importantes es el programa de Alzheimer, con la voluntad de llegar a los 5.000 participantes. También queremos reforzar el papel de las exposiciones en La Pedrera como espacio de referencia para el público local, porque es una de las principales vías de conexión con la ciudad. Y, al mismo tiempo, hay proyectos en el territorio, como la transformación de Planes de Son en un eco-lodge para dinamizar el Pirineo, o la recuperación de los flujos de visitantes en Món Sant Benet, que han disminuido tras la pandemia.

— ¿Y si la Fundación tuviera que pedir un deseo para el futuro?
— Más que un deseo, hay una aspiración clara: que el modelo se entienda en su totalidad. No solo La Pedrera como icono, ni la Fundació como proyecto social por separado, sino en su conjunto. Que se vea que existe una estructura coherente, con diversos equipamientos y líneas de acción, pero con una misma lógica: utilizar el patrimonio y la cultura para generar retorno social. Y que esta característica pueda entenderse no solo desde Barcelona, sino desde todo el territorio.
— ¿Y si mira más allá, algún deseo para el modelo turístico de Barcelona?
— Quizás un sueño sería recuperar una cierta idea de calidad urbana, de “buen gusto” entendido también en un sentido estético, pero no solo, sino como equilibrio de ciudad: en la manera en que se configuran los espacios, los establecimientos y también en la necesidad de reducir la masificación. También hay otro deseo, más estructural, que es que el valor se distribuya mejor por el territorio. Que no todo se concentre siempre en los mismos puntos, sino que haya una circulación más equilibrada de personas, recursos y miradas.


