El pasado miércoles, mientras la soprano Sabine Devieilhe cantaba Et incarnatus est de la Gran Missa en Do menor KV 427/417a de Wolfgang Mozart en el Palau de la Música, experimenté la gracia de viajar, más de veinte años atrás, hasta el día preciso en el que mi profesor de formas musicales y cónsul mozartiano en Barcelona, Pere-Albert Balcells, me enseñaba esta venerable partitura. Dábamos clase en una pequeña sala del Estudi Musical Àngel Soler, un aula donde Pere-Albert, maestro queridísimo, me contaba a menudo que, cuando no encontramos sentido en este mundo horripilante, el mejor remedio para seguir viviendo es analizar una fuga de Bach antes de acostarse… o también estudiar este inigualado fragmento de música que, opinaba él, resulta harto particular porque Mozart aprovecha el texto prototípico de la encarnación de Cristo para sublimar la vivencia de una madre protectora con su vástago, patente en la frase et homo factus (fijaros en la melodía de la letra a, centro neurálgico de una coloratura que no busca el exhibicionismo, sino deleitarse casi sexualmente en la unión con el hijo; recuerda, Bernat, que esto también ocurre al final del Non mi dir, bell’idol mio de Don Giovanni).
Yo pensaba en todas estas mandangas mientras escuchaba a Raphaël Pichon y los profesores del ensemble Pygmalion interpretar esta bestialidad de obra, inigualada en toda la historia de los sonidos, una de las piezas con las que aprendí a amar la música. Porque este arte, lejos de consistir en el disfrute presente de una triquiñuela o de una complejidad determinada (como nos enseñó Proust), resulta trascendental porque nos impone el acto de conectarnos a la memoria. De tal forma, también al final de esta pseudo-aria de concierto, recordaba también cómo, tras la falsa cadenza final, con Pere-Albert habíamos analizado el contrapunto auténticamente delirante del viento madera con la voz, un fragmento que, a su entender, explicaba como ningún otro una de las principales sensaciones que provoca la música de Mozart; a saber, la absoluta percepción de moverse más allá de los términos gravitacionales. Así me sentía yo en mi butaca del Palau, no sólo porque casi levitase volviendo a escuchar los saltos mortales de mi compositor favorito, de aquél que siempre me rescata del suicidio, sino porque podía volver a entender sus gestos a base de recordar.
“Un concierto de música es el acto más transformativo que podemos experimentar a nivel corporal y anímico”
Con demasiada frecuencia, olvidamos que un concierto de música (tanto monta el género, porque el arte de los sonidos siempre se hace difícil de categorizar) es el acto más transformativo que podemos experimentar a nivel corporal y anímico. En esto del arte sonoro, como en todo en la vida, yo me he vuelto un tanto demasiado materialista porque, al fin y al cabo, cualquier evento musical surge de una suma de aspectos objetivables (como la forma misma de una composición) y contingencias particulares de un determinado momento, como la acústica de una sala o las ganas que tengan los tísicos profesionales de la tos de jodernos una determinada velada. Pero debo reconocer, quizás porque también soy humano y sufro ataques de cursilería, que hay experiencias musicales que transcienden el cuerpo para transportarte a lugares que van más allá de la conciencia. En el caso que nos ocupa, podríamos ejercer de críticos perepuñetes y poner enmiendas al amigo Pichon (algunos rallentandi del Kyrie se pasaron de mojabraguismo y los tempi acelerados del Qui tollis azucararon el dramatismo del movimiento) pero, cuando asistimos a un evento musical así, cualquier enmienda resulta propia de gilipuás.
A priori, me pareció que la opción de Pichon (preludiar la misa mozartiana con algunos motetes y obras corales de Schubert, Mendelssohn y Bruckner) resultaba algo caprichosa o, en el caso de empotrar el Ave verum corpus, KV 618 al final de la gran pieza, directamente frívola. Aunque la Gran Misa no se toque demasiado -cuando, de hecho, es una obra más fundamental que el archisobado Réquiem- entiendo que los directores se inventen ensaladas creativas de repertorio para que las obras de puedan desprender un nuevo aroma. A primer toque de tímpano, diría que las piezas que se eligieron no contextualizan mejor (ni por proximidad ni por distorsión) la pieza maestra de Wolfie; pero eso, once again, resulta intranscendente, porque poder escuchar a un coro como el de los Pygmalion, casi tan preciso como los mejores años de los Monteverdi, es algo que siempre acabará en disfrute, aunque cantasen las insufribles canciones de Els amics de les Arts. Cuando un concierto te recuerda por qué Mozart te ha rescatado tantas veces del hastío, es decir de la muerte en vida, cualquier otra consideración resulta absurda. En momentos así, basta con cerrar los ojos y recordar, con Herr Nietzsche, que la vida sin música es un error.
Yo quisiera vivir siempre en esa aula donde, hace muchos años, aprendía Mozart junto a Pere-Albert. De hecho, yo soy esa pequeña caja de música de mi juventud... y cualquier cosa que implique salir de ella es una desgracia, lo cual he pagado con creces, porque nunca he podido acabar de crecer ni de adaptarme a un mundo que me fatiga de una forma espantosamente infantil. No quería que terminara el concierto. Amigos, os lo ruego, liberadme de tanta literatura.
