Pasa el tiempo, los días van acortándose y, a medida que me duermo en la mediana edad, me duele profundamente saber que no tendré tiempo de aprender todo aquello que querría. De entre todas estas pasiones castradas se encuentra la arquitectura, de la cual no tengo ni un ápice, y más en concreto la pasión que siempre me ha despertado la obra de nuestro Josep Lluís Sert, barcelonés universal.
Mi compañero-lector conocerá hasta qué punto me desespera el patrimonio modernista, con aquellas chabacanas fachadas de ensaladas de frutas y santorales. . . y también lo nauseabunda que me parece esta mona de pascua gaudiniana que tenemos encastada en el centro de Barcelona (sí, adorado sabelotodo, ya sé que mi estimado Sert adoraba bastante a Gaudí y que incluso le dedicó un libro). Pero que se aparte tanta cursilería ante los hipnóticos ventanales con cristales de pavés de la Antigua Joyería Roca o la gincana de colores que se esconde en la fisonomía de la Casa Bloc, obra maestra del GATPAC en el barrio de Sant Andreu.
Hay que aplaudir cuando nuestras instituciones se ocupan y estudian el patrimonio de la ciudad, y es por eso que -esta misma semana- caminé hacia el CCCB para asistir a un seminario sobre el arquitecto Sert, muy bien comisariado por Lluís Ortega y Moisés Puente (a quienes solo querría enmendar esta costumbre tan socialista de la casa consistente en charlar sobre nuestras glorias en la lengua del enemigo). Espero que la entidad haga disponibles las conferencias en vídeo, pues tanta información fue difícil de compaginar con el horario laboral y también porque, a pesar del faraonismo de sus medios, el CCCB sigue haciendo aquello tan nuestro de ser un lugar muy cuqui y moderno... pero con unos micrófonos que no amplifican y unas pantallas liliputienses donde no se ve una puta mierda.
Sea como sea, hay que agradecer al equipo de Judit Carrera el esfuerzo por recordar a Sert como merece, aunque sea apresuradamente, y desearía que todo esto ayude a que las autoridades se dignen a verlo como una de las cumbres patrimoniales de la ciudad.
Resulta urgente prestigiar la obra sertiana como se ha hecho con otros tótems arquitectónicos de la ciudad.
En este sentido, diría que resulta urgente prestigiar la obra sertriana como se ha hecho con otros tótems arquitectónicos de la ciudad. Fíjense cómo, por poner solo un ejemplo, uno puede deambular por los alrededores de una acreditada obra maestra del higienismo racional-mediterráneo como es el Dispensario Central Antituberculoso (actualmente y por desgracia, el CAP Dr. Lluís Sayé, y empleo el segundo adverbio porque esta obra merecería albergar algo de más entidad, como una de las facultades contiguas a la Universidad Ramon Llull o, why not, una infraestructura dedicada al patrimonio arquitectónico del barrio...) sin que haya las indicaciones ni la perspectiva visual necesaria para verlo como Dios manda.
El edificio se rodea de unas absurdas vallas enrejadas y diría que pide a gritos tanto una restauración pictórica de las diferentes fachadas como una pacificación de la Calle de las Torres y Amat que, a su vez, podría favorecer que el Raval quedara liberado de la tiranía de los autos.
En el seminario se citó una de mis obras predilectas, la gervasense y todavía lecorbusiana Casa Genara López.
El estado imperfecto de muchos de estos edificios puede palparse echando un vistazo al libro Ruta del Racionalismo de Barcelona. El GATPAC y la arquitectura de los años 1930 publicada por el Instituto Municipal del Paisaje Urbano, volumen-antología de unas setenta obras del grupo con textos de Tate Cabré y fotografías de Lluís Casals (señores del Ayuntamiento, hagan el favor de poner los autores de los volúmenes que publican... ¡en la portada!).
En el seminario se citó una de mis obras predilectas, la gervasense y todavía lecorbusiana Casa Genara López de la Calle Muntaner tocando a Rector Ubach, urdida para su madre y donde el propio Sert se hizo una terraza con unos toldos que son homenaje vivísimo a la industria textil catalana y a la sombra medio cálida del Mediterráneo. Me gusta reivindicar este bombón racionalista de tonalidades verde-claras, sobre todo porque marca la santa continuidad entre la ciudad nobiliaria -de los condes de Sert, vaya- y la normalidad burguesa de habitar un bello dúplex.
Todo esto son tonterías estéticas de aficionado porque, como os decía, yo de arbotantes y de balcones no tengo ni idea, pero me gusta impostar conocimiento para ver si así os obligo a vagar por la ciudad sin embelesaros con el teléfono móvil como tontos. Porque pasan los días, todavía no sabemos suficiente de arquitectura, y encima no paseamos ni aunque nos pinchen el culo. Dicho esto, buen trabajo al CCCB y larga vida a nuestro genio Sert.
