Masajes fantasma

26 de septiembre de 2026 - 05:30

Cualquier barcelonés que deambule por Ciutat Vella se habrá sorprendido ante la proliferación masiva de pequeños establecimientos de masaje y manicura, generalmente regentados por conciudadanos asiáticos y publicitados únicamente en inglés (esto último muestra el éxito innegable del trabajo de la flamante Comisionada de Uso Social del Catalán de nuestro Ayuntamiento). La infracción lingüística podría ser lógica; dentro sólo veréis a algunos turistas tumbados en una butaca impostando cara de éxtasis, mientras una pobre señora les manosea los pies.

Hará cosa de un par de años, justo en frente de mi casa (a la sombra de la estatuilla de Santa Eulàlia), se inauguró uno de estos chiringuitos; mi condición de autónomo, que te condena al excursionismo constante, hace que tenga que salir y entrar de mi madriguera muchas veces y, como ocurre en la mayoría de estos establecimientos, la clientela era inexistente y sus trabajadoras se pasaban el día mirando el móvil. Como era de esperar, la tienda acabó cerrando, aunque —mientras anunciaba su traspaso-—en la portería de enfrente abrió una peluquería de estética sospechosamente gemela en la que, de nuevo, sólo he visto entrar a uno o dos clientes por semana.

Los barceloneses no somos ajenos a las teorías fundadas en conspiraciones y, en casos como los que cuento, este fenómeno no ayuda demasiado a que uno deje de especular sobre el origen hipotéticamente mafioso de este tipo de dinámica de comercios sospechosos. La incógnita principal de todo ello radica en saber el precio concreto del traspaso de un local de este tipo en el barrio (el invento de Sam Altman y cia me cuenta que puede oscilar entre 30.000 y 117.000 euros, dependiendo de la superficie y la masificación de la calle donde se instale también) y, en segundo lugar, también cabe preguntarse por qué este tipo de negocio ha tenido un crecimiento tan exponencial, algo que no debe de ser fruto del azar. Sea como fuere, y prejuicios de cuñado aparte, se podrá estar de acuerdo con el hecho innegable de que estos chiringos despersonalizan (¡todavía más!) nuestro barrio y no aportan ningún tipo de innovación, personalidad o generación de confianza. Entiendo perfectamente que nuestros turistas, después de haber visto setenta iglesias y de haber ingerido algunas tapas auténticamente vomitivas, paguen para que alguien les reconforte las pezuñas; pero la imagen que ofrecen estos sitios es nauseabunda.

Hace una semana hablábamos de la incógnita que presenta el plan del Ayuntamiento para preservar los comercios patrimoniales del centro de Barcelona (me alegra que la familia Falgueras de Can Gelida, en el reciente pregón de La Mercè, recordaran, como hizo servidor, que la mejor forma de salvar a los establecimientos ancestrales… ¡¡¡es comprar!!!). A todo esto ahora habría que sumarle la proliferación de este tipo de fast stores que no ayudan a la creación de un comercio con mayor coherencia hacia la historia económica de nuestra ciudad

Paralelamente a la proliferación de masajes cutres, en lugares del barrio como el Carrer de Carders (que había sido uno de los más bellos de todo el Gòtic), debe sumársele una nueva especie de tiendas fantasmas que suelen focalizarse en un producto culinario bien determinado como el tiramisú o las empanadas. No negaré que alguna de estas golosinas sea deliciosa, pero habría que recordar que Barcelona es una ciudad mediterránea; los seres de esta tribu no comemos un solo plato, ni engullimos por la calle de pie, como bestias, sino que nos complace hacerlo sentados y entablados en una conversación…

Todo esto pueden parecer cuestiones de pitiminí pero, a base de ir cediendo en estas minucias, cada vez tenemos un barrio y una ciudad más cosificada, equiparable a cualquier lugar (feo) del mundo y, lo que resulta más preocupante, fomentadora de una vida insana y ajena a los valores tribales de nuestra agónica Europa. Dudo que las administraciones tengan suficiente sensibilidad y vida-a-pie-de-calle como para enmendar esta tendencia y cada vez soy más de la opinión de que a Barcelona tendremos que recuperarla nosotros solitos, a base de mucho trabajo... y sobre todo mucha intransigencia. Y quien quiera un puto masaje, que haga el favor de ir al fisioterapeuta. Dispensadme el tono, pero odio tener que escribir artículo prototípicos de columnista de mediana edad de La Vanguardia.

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Bernat Dedéu
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