Los meses de octubre y noviembre suelen venir acompañados de un gran número de eventos en los que las ciudades y sus retos son protagonistas. En Barcelona acabamos de dejar atrás una nueva edición de récord del Smart City Expo World Congress, pero hace un mes se celebraba también el World Metropolitan Summit y justo hace una semana se cerraba la 20ª edición de la especialización en pensamiento estratégico urbano del Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano. Otras ciudades como Seúl, Vancouver o Estambul, por citar algunas, han sido escenario de debates e intercambio global de experiencias.
Son muchos los retos y muchas las perspectivas desde las que estos se enfrentan. Pero hay una en particular que todavía cuesta mucho incorporar: la de la gente joven. Es este un déficit que casi siempre se reconoce en acontecimientos como los mencionados y para el que todavía no hemos encontrado respuestas efectivas. Desde mi experiencia, creo que en no pocas ocasiones hay un planteamiento erróneo de partida: se reclama la participación de la gente joven argumentando que si estamos planificando las ciudades del futuro, la juventud de hoy serán los principales protagonistas del mañana.
¿Dónde está el error? En el hecho de que todavía no tenemos muy asimilado que en nuestras ciudades, si no cambian mucho las cosas, lo que predominará a medio y largo plazo será la gente mayor. Dicho en otras palabras, nunca habrá tanta gente joven como ahora. Por lo tanto, no es que tengamos que implicarla en la construcción de la ciudad del futuro, sino que debería tener un papel mucho más relevante ya en la ciudad del presente. Porque, además, desde muchos puntos de vista la ciudad actual resulta muy poco amable para la gente joven. Cierto, las grandes ciudades ofrecen oportunidades de acceso al conocimiento, a una primera experiencia laboral, a la cultura, a tejer redes, a alternativas de ocio, pero también acumulan fricciones que marcan la vida de jóvenes y adolescentes.
Cuando hablamos de la ciudad de los cinco millones, que en realidad son ya 5,4 y de los que hoy en día cerca de dos millones tienen entre 0 y 35 años (o sea, bastante menos de la mitad, y bajando), las tensiones entre el potencial urbano y las dificultades reales se hacen bien visibles: falta de espacios adecuados para el ocio, estigmatización y hostilidad hacia los grupos jóvenes en el espacio público ---acentuadas para determinados grupos---, sensación de soledad y problemas de salud mental, baja implicación en la vida cívica y barreras estructurales para emanciparse o acceder a un trabajo estable. Hacemos un breve repaso a continuación, focalizando en el grupo entre 15 y 30 años, que apenas superan los 900.000 efectivos en la región metropolitana.
Empezamos por el elemento más urbano, como son los espacios de encuentro y de ocio para jóvenes. Hace tiempo que se viene reconociendo que a menudo son escasos y mal adaptados. Los parques, plazas y calles acostumbran a estar pensados para usos diversos pero no siempre ofrecen áreas seguras y atractivas para que grupos de adolescentes puedan hacer actividades, ensayar música, jugar o simplemente conversar. La consecuencia es doble: los jóvenes se desplazan a interiores privados, que a veces suponen tener que consumir, deambulan por centros comerciales o similares o se acercan a espacios urbanos no adaptados, lo que a menudo genera conflictos con vecinos y con la policía y refuerza narrativas de "molestia" asociadas a la juventud.
Es cierto que en la gran mayoría de municipios metropolitanos se ha apostado por mantener y expandir redes de equipamientos, como los "espacios jóvenes" o los casals de jóvenes, que ofrecen salas polivalentes, talleres, actividades y espacios de libertad supervisada y autogestionada. Estos equipamientos trabajan, además, la educación en la participación para ejercer en la medida de lo posible de escuela de ciudadanía. Sin embargo, sólo cubren una parte de las necesidades, tanto en cuanto a contenidos como a forma de organización o distribución territorial, y aun así la demanda supera a menudo la oferta.
A partir de ahí, cuando un grupo de jóvenes se reúne en la vía pública no es extraño que perciba, y llegue a sufrir realmente, hostilidad: denuncias por ruido, intervenciones policiales o campañas de rechazo que estigmatizan comportamientos juveniles normales. Esta dinámica no sólo dificulta usos saludables del espacio público, sino que alimenta una relación de desconfianza entre jóvenes y administración, pero también con el vecindario. Las políticas de "tolerancia cero" ante conductas incívicas pueden profundizar la marginalización si no van acompañadas de alternativas de ocio y de equipamientos accesibles.
Algunas iniciativas municipales llevan tiempo priorizando estrategias de mediación y co-diseño: implicar a jóvenes en la planificación del espacio público, promover actividades culturales que ocupen las calles de forma ordenada (por ejemplo programaciones de festivales locales con espacios para jóvenes) y ampliar horarios de los equipamientos o abrir otros ociosos, como los patios de las escuelas, para favorecer el encuentro. Este enfoque busca pasar de la represión a la regulación compartida y a la creación de espacios con más margen para la tolerancia.
"Los datos indican que el indicador de emancipación juvenil en Catalunya ha caído de manera sostenida desde 2007 (en 2024 era del 17,4% para jóvenes entre 16 y 29 años, muy lejos de la media europea: 31,5%)"En otro terreno, la salud mental de los jóvenes se ha convertido en una preocupación prioritaria, aún más después del traumático episodio de la covid. Las manifestaciones son muy diversas, y van desde el estrés académico y la presión de las redes sociales, hasta la precariedad laboral y las dificultades para emanciparse. Todas estas circunstancias alimentan la ansiedad y la depresión. En un estudio elaborado por la empresa BankmyCell en el año 2018 se desvelaba que un acto tan simple como hacer o recibir una llamada generaba ansiedad al 81% de jóvenes encuestados.
Sin ánimo de ser alarmistas, alguna luz de alarma debemos encender. Los datos sobre suicidio muestran que, a pesar de oscilaciones anuales, hay aumentos relevantes en grupos jóvenes en algunos periodos y la salud pública se está tomando el tema cada vez más seriamente, con planes específicos. Estas estrategias combinan atención sanitaria, formación a docentes y agentes comunitarios y campañas de sensibilización.
Es importante subrayar que la sensación de soledad, especialmente en adolescentes y jóvenes adultos, no siempre se correlaciona con la falta de relaciones, sino con la calidad de estas relaciones y la percepción de ausencia de apoyo. Intervenciones comunitarias y programas de compañía o mentoría, sumados a servicios de salud mental accesibles para jóvenes, son clave para revertir esta dinámica.
Y llegamos al otro gran tema: el acceso a la vivienda. Esta es probablemente una de las barreras más tangibles para la autonomía juvenil. Los datos indican que el indicador de emancipación juvenil en Catalunya ha caído de manera sostenida desde 2007 (en 2024 era del 17,4% para jóvenes entre 16 y 29 años, muy lejos de la media europea: 31,5%) y que, en muchos casos, los jóvenes que se emancipan deben asumir una parte del sueldo muy elevada para pagar un alquiler o incluso para recurrir a pisos compartidos. Estas circunstancias retrasarán decisiones vitales (formar familia, cursar estudios fuera, arriesgar con un proyecto profesional...) y exacerban la precariedad.
Conocemos las propuestas que las administraciones están poniendo día sí día también sobre la mesa: políticas de fomento del parque de vivienda asequible, programas de ayudas al alquiler para jóvenes o medidas para promover alternativas como la vivienda compartida y las cooperativas de vivienda. Sabemos también que las medidas son en general muy tímidas y de ejecución lenta, de manera que conviviremos con esta problemática durante mucho tiempo. Lo que está claro es que su magnitud requiere acción coordinada a escala metropolitana y autonómica, incluyendo medidas sobre regulación del alquiler, control de la especulación sobre la vivienda e incentivos para la construcción de vivienda pública, concertada o privada, pero en cualquier caso, asequible y digna.
Si los costes de acceso a la vivienda son elevados, la otra cara de la moneda, la entrada al mercado de trabajo para los jóvenes y, en consecuencia, la obtención de ingresos para vivir, sigue marcada por la precariedad. Los indicadores estatales y autonómicos muestran una reducción global del paro juvenil en años recientes, pero la calidad del empleo y la transición a contratos estables y salarios adecuados siguen siendo un importante obstáculo. Sin ir más lejos, acabamos de saber por el Instituto Nacional de Estadística que mientras los salarios medios han subido un 5% en general, para los jóvenes entre 16 y 24 años ha habido un descenso real de 14 euros.
La situación es un poco desconcertante: al mismo tiempo que atraemos a jóvenes expats que ocupan trabajos de calificación media y alta, vemos marchar nuestro talento a otros lugares donde obtienen mayor remuneración. Es cierto que una parte no menor de expats viven aquí, pero trabajan para empresas de fuera, con salarios más altos que los locales (por eso se pueden permitir vivir donde los locales no pueden), pero todo ello genera una gran sensación de frustración entre la sobrecualificada juventud autóctona.
Y qué podemos decir de los chicos y chicas procedentes de familias de inmigración reciente y estrato social modesto, para quienes los rasgos físicos o el apellido suponen por norma general un agravante en cualquiera de las circunstancias relatadas hasta ahora, desde la hostilidad del espacio público hasta las oportunidades laborales. Una buena parte de nuestro futuro se juega, como ya apuntaba en este artículo, en cómo rompemos estos estigmas y entendemos que no sólo nuestra sociedad es irremediablemente diversa, sino que cuestiones como la salvaguarda del catalán se encuentran en manos de esta juventud que la estudia en la escuela pública.
"Debemos encontrar fórmulas para implicar más a la gente joven tanto en el diseño y gestión de la metrópoli actual como en la del futuro"Con todo ello, y aunque muchos jóvenes manifiestan interés por temas como el clima, la igualdad o los derechos sociales, su implicación en canales formales de participación acostumbra a ser escasa, como muestran los resultados de la Encuesta sobre generaciones y participación realizada en el año 2023. La imagen que tenemos hoy de la ciudadanía joven es que se informa por las redes sociales y que, por tanto, se manifiesta muy vulnerable a las manipulaciones de las fake news y la radicalización, con consecuencias importantes en cuanto al viraje en sus tendencias políticas.
Es por ello que debemos encontrar fórmulas para implicar más a la gente joven tanto en el diseño y gestión de la metrópoli actual como en la del futuro. Si la ciudad de los cinco millones quiere retener talento, fomentar salud y construir comunidad, hay que transformar el urbanismo, la política social y las prácticas participativas para que la juventud encuentre no sólo oportunidades, sino también espacios de autonomía y reconocimiento. Y para ello hay que escucharles y compartir responsabilidades en la acción en todos estos frentes.
Sin ello, la promesa urbana quedará a medio camino para una generación que nos obstinamos en encasillar alfanuméricamente (Z, millenials, centennials...), algo que tampoco debe favorecer mucho a su autoestima, pero que, a pesar de todo, contiene la creatividad y la energía extra para repensar la ciudad que seguramente nos falta a los que nos dedicamos a ello desde hace tiempo.