Debido a la efervescencia del Mundial de la pelota, a la mayoría de lectores les habrá aparecido en la pantalla del móvil (de forma seguramente involuntaria, pues la existencia virtual tiene cada día menos que ver con el libre albedrío) la fotografía de un joven Lionel Messi, aún con pelusa larga y sin el cuerpo tatuado a lo quinqui, donde se ve al jugador catalán de origen argentino bañando a un pequeño bebé que, por aquellas cosas de la vida, es Lamine Yamal. Vista desde el presente, que es como siempre se analizan las obras de arte o los documentos históricos (y más aún a la luz de la final de este domingo), el filósofo amateur-culé tiene serias dificultades para no analizar la instantánea como una demostración de la Santa Continuidad del modelo de cantera del Barça, encarnado en la susodicha imagen curativa entre el que -suceda lo que suceda pasado mañana en Nueva York- debe considerarse el mejor jugador de la historia y el joven que marcará el estilo y el temple futuro del opio de las masas.
Aunque abomino el ombliguismo irritante de mi querida tribu, debo confesar que yo también sobrevivo gracias a una cierta drogadicción futbolística y que, de vez en cuando, busco motivos que justifiquen la desgracia de haber nacido en Cataluña; en el caso que nos ocupa, hay que decir que es muy difícil no enternecerse ante una imagen que tiene un sentido deportivo muy impactante y también una lectura política que, en un presente donde se está dando la vuelta a muchas cosas y desde la perspectiva de los orígenes, muestra dos catalanes universales con sangre extranjera solidarizados en actitud paternal o de hermandad (so sorry, proteccionistas raciales-culturales). En este sentido, diría que el Barça puede fardar justamente de un modelo de excelencia deportiva que, nos dice la imagen, pone de manifiesto que el lema “tant se val d’on venim” no sólo es un versículo intercultural chabacano. Independientemente de si gana Messi o Freud, este Mundial será muy culé.
Dicho esto, el partido del domingo también certifica que la historia del fútbol planetario no podría escribirse sin los jugadores que han dejado su huella en el Barça. Si trazamos una línea de astros inigualados que pasa por Cruyff, Maradona, Messi y -crucemos los dedos- Lamine, entenderemos que, de hacer un ranking de leyendas mundiales de la pelota, nuestro club vencería (los lectores merengues, que pasan por momentos difíciles, hablaran de Di Stéfano; y yo les recordaré que hasta dicho jugador tiene relación con nuestra casa, porque tenía que ser nuestro antes de que nos lo birlaran con malas artes o con la billetera, como hacen siempre). Diría que mi club debe de hacer más esfuerzos para reivindicar ese legado continuista pues, especialmente en el caso de las dos primeras figuras, representa un cambio existencial y técnico en la forma de entender el juego. Si sacas estos nombres del hall of fame, el fútbol quedaría cojo.
Lo que digo no sólo tiene relación con el Barça porque, guste o no, este club es la primera marca (ecs) de nuestra ciudad y una de sus vías de penetración en el mundo. Nos plazca o no, insisto, no existe otro ámbito (¡y ya me gustaría poder decir lo mismo de nuestra música o de nuestros científicos!) donde Barcelona pueda proyectar una imagen de excelencia planetaria impepinable. Para alguien como servidor, que abomina por igual a España y Argentina, ver la final del domingo como un triunfo del Barça puede parecer un consuelo romántico, y ciertamente lo es, pero es un sentimentalismo con un fundamento demostrable. Dicho esto, Leo Messi es de los hombres que más feliz me ha hecho en la vida y, desde esta modesta Puñalada, le pido que me ahorre la tabarra insufrible sobre la diversidad de España y el multiculturalismo de Rocafonda que me espera si vence La Roja. Leo, hijo mío, por dolido que estés, nos debes muchos favores.
"La historia del fútbol planetario no podría escribirse sin los jugadores que han pasado por el Barça"
Este patrimonio que ata las figuras de Cruyff, Maradona, Messi y su pequeño bebé debería transcender el ámbito deportivo para entrar de lleno en la reflexión patrimonial de nuestra ciudad. Leer el modelo Barcelona (ecs) desde el relato histórico que va de un holandés errante, pasando por un argentino damnificado existencialmente, a dos nuevos catalanes de adopción… podría tener su gracia. Todo esto habría que hacerlo, sólo faltaría, desde una perspectiva que pensara Barcelona como capital de un estado catalán que no tenemos pero que el Barça, quien sabe si ilusoriamente, a menudo lo puede vislumbrar (¡y quien sabe si esto, para remachar el clavo, también es una de las magníficas enajenaciones que nos regala el fútbol!). Dicho esto, que la fotografía mencionada sea una buena guía para el partido del domingo... y, por favor, Leo, dale otro baño al pequeñín, que quien paga somos los socios y el chaval, por tus servicios prestados, lo entenderá perfectamente.