La Barcelona del alcalde Maragall

Recomiendo mucho y mucho a nuestros lectores que visiten Mr. YouTube para ver el último acto de los Moments Estel·lars de este año que organiza este benemérito digital, oportunamente titulado La Barcelona de l'alcalde Maragall y tramado con la colaboración de voces acreditadas como la doctora Montserrat Tura, el geógrafo Oriol Nel·lo y la activista vecinal Custodia Moreno. Celebro que mi estimado Post inicie la reflexión patrimonial-urbana sobre la pervivencia del maragallismo en Barcelona y aplaudo aún más que, como nos indicaron este grupo de ilustres ponentes, se ose meditarla (elogiosamente o crítica!) más allá del estallido olímpico. Como dijo Tura, resumir la figura titánica de Maragall en una sola hora es una misión imposible, pues hablamos de un hijo predilecto de la tradición higienista-obrera del país que a su vez, añadió Moreno, tuvo la pericia de recrear la ciudad a medida humana.

En esta línea, mientras miraba la conferencia, me sorprendió la ausencia recurrente y sintomática de una palabra: Cataluña. Esta palabra de tres sílabas, faltaría más, fue pronunciada, concretamente cuando la exconsejera socialista contrapuso la tendencia dramática-llorona del nacionalismo conservador al optimismo terco de Pasqual (una visión un poco sesgada, digámoslo todo...) y, a su vez, cuando Tura recordó cómo Maragall aprovechó el derrumbe del Carmel para dotar de más relieve al Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya. La catalanidad también se notó implícitamente en las sabias palabras del profesor Nel·lo, recordando el afán maragallista de transformar las ciudades del Área Metropolitana en una especie de núcleos urbanos hermanos de la capital con personalidad propia (para entendernos, a la neoyorquina manera). El discurso nacional estaba, of course, pero bien escondido en el zurrón.

La ausencia me parece notoria, en definitiva, porque aquello que define el barcelonismo maragallista (Revolución de las Alcantarillas, regreso al mar y Cobi aparte) es la asunción política según la cual vivimos en capital de estado que, debido a ello, debe ser tenida como el núcleo urbano más importante del Mediterráneo. No es casualidad que Maragall fuera quizás el último político catalán y español que intentó -infructuosamente- una cohabitación sana entre Barcelona y "Madrit", como tampoco hay que olvidar que la versión Muy Honorable del alcalde también fue el último intento de federalizar España a la fuerza mediante el proyecto del vigente Estatuto. Todo esto puede parecer muy alejado de las reformas cementeras del “Pasqual olímpico” pero, antes de hacer una revisión crítica sobre Maragall, hay que tener en cuenta su sustrato radicalmente catalanista y unos fracasos que, mal que le pesara, nos abocaron al procés.

A su vez, como hijo generacional del maragallismo, a mí me hace mucha gracia la continua apelación a esta entidad tan curiosa llamada “la gente”. No seré yo quien discuta el innegable appeal de Pasqual entre la masa (con leyendas, del todo ciertas, como su consuetud de quedarse a dormir en casas familiares de los barrios más paupérrimos de la ciudad para conocer así de primera mano el pan que se daba). Pero también hay que recordar que el proyecto maragallista fue una aventura ilustrada. Como recordó la propia Custodia Moreno, ella misma y muchos otros activistas progres de la ciudad no se cansaron de pedir la dimisión del alcalde, oponiéndose airadamente y física contra el proyecto de los Juegos. Yo era pequeño, pero todavía recuerdo a los cupaires de la época haciendo manis contra la creación de la Villa Olímpica, la extinción de los (espantosos) chiringuitos de la Barceloneta o a la higienización exprés del barrio del Raval.

Preguntado por cómo conseguía el consenso de sus narcisistas músicos berlineses, Herbert von Karajan solía decir que les daba absoluta libertad para hacer exactamente lo que él quería. Este sería un buen resumen de la revolución maragallista, puesto que Pasqual consiguió el calor de la gente, pero sabía que la inteligencia (y más aún si su portavoz viene de familia burguesa) siempre provoca un primer tic de rechazo. Maragall quería seducir pero, como sabemos los expertos en esta materia, bajo el arte de la hipnosis erótica siempre se esconde un deje de imposición. Reflexionar sobre el maragallismo también implica ver cómo hemos transitado -desgraciadamente, en mi opinión- de un paradigma regido por una cierta megalomanía documentada a unos alcaldes que parecen extraídos de un casting funcionarial; nos puede doler, pero si este año alguien tuviera la iniciativa de Maragall, en Barcelona no duraría ni media hora...

Todo esto que escribo, de forma un poco desordenada, reclama un debate necesario y -como ya dijeron los protagonistas del acto- una reedición de reuniones como este magnífico Moments Estel·lars. Sobre todo para ver cómo, más allá de la caducidad de un modelo urbano o de los límites de un proyecto olímpico en nuestros tiempos, lo que echamos más de menos de aquel alcalde es una actitud ganadora, sabionda y... por qué no decirlo, catalana.

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Bernat Dedéu
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