Había complicidad en el escenario, de esa que se nota cuando las voces no compiten, sino que se maridan. Me tocó conducir la conversación entre Gerard Domingo, Empar Moliner y Lluís Tolosa, invitados por el The New Barcelona Post y la Diputación de Barcelona para hablar de enoturismo en el país, con la provincia barcelonesa como punta de lanza, y pronto quedó claro que, más allá de la diversidad de tonos, los tres coincidían en un mismo brindis: este país tiene mucho camino por recorrer. Falta que lo quiera transitar.
Empar lo dijo con su franqueza habitual: “Somos los reyes de criticarnos, y eso acaba pasándonos factura incluso con el vino y el espumoso”. El reflejo de la baja autoestima colectiva atravesaba la conversación y se convertía en diagnóstico. Porque tenemos una riqueza vitivinícola y enoturística que muchos países envidiarían, pero parece evidente que aún no acabamos de creérnoslo.
Lluís Tolosa, con el oficio de quien lleva años batallando, recordaba cómo su idea de la Catalan Wine House, ya en 2011, quedó en un cajón, mientras en China, en Francia o en Italia, instituciones y sector privado reman juntos para promocionar iniciativas de este tipo. Aquí, en cambio, como alertó Gerard Domingo, todavía hay demasiadas bodegas que ni siquiera ofrecen un buscador en condiciones para reservar una visita a través de su web. Pequeñas carencias que acaban pesando como grandes losas.
Y, sin embargo, la semilla está ahí. La Escola d'Enoturisme lleva años trabajando en la profesionalización del sector. Y el talento, la calidad y la diversidad del producto existen. Solo falta que el relato cuaje. Que nos lo creamos. Porque, en tiempos en que el turismo a menudo se percibe como una amenaza, el enoturismo aporta un valor claro y nítido al territorio: arraiga la visita al paisaje, al vino, a la gente.
Al final de la conversación, me quedó la sensación de que Catalunya tiene todos los ingredientes para emprender una gran fiesta con el enoturismo, pero que hace falta abrir la botella, servir las copas y brindar de verdad. Porque solo si nosotros (el conjunto del país) nos lo creemos, conseguiremos que las instituciones y el sector privado se vuelquen con la fuerza y la continuidad que merece. Como en tantos otros frentes clave en los que nos cuesta un mundo maridar autoestima y país. ¿No valdría la pena ponernos a ello, cuando tiene todo el sentido hacerlo?