EL BAR DEL POST

Marc Colell: Escribir simulando que se puede hacer alguna otra cosa

14MC
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(Escritor, periodista, gestor cultural)
27 de abril de 2026

“Soy alguien que escribe. Me he convertido en esto, quizás. En alguien que escribe todo el tiempo, así que escribo libros simulando que podría hacer otra cosa”. Marc Colell se ha sentado en una mesa del Bar, con la mañana que ya queda atrás, y ahora saborea una copa de vino tinto. Ha pedido uno particular, “Mendocino, que sepa a campo y a cuero y a brasas. Que alguien lo abra y lo deje por ahí, sin protocolos, sin florituras. Que diga que es un vino, nada más y, sobre todo, que no pronuncie palabras como ‘barrica’, ‘maridaje’ o ‘bouquet’”. Sorbe un trago y añade, con una media sonrisa: “esas palabras empeoran cualquier conversación. Y cualquier vino”.

Marc Colell confiesa que él ya escribía “mucho antes de hacerlo, años, décadas, tal vez, cuando era adolescente, leía y sabía, con una certeza estrambótica, cercana a la locura, que algún día me dedicaría a eso, a doblegar el mundo en el papel”. Así dedica sus días –sobre todo sus mañanas– a poner negro sobre blanco su mundo, componiendo relatos como los que publica en Zenda o los que ha recogido en el tomo El bozal, y novelas como Reino vegetal (que obtuvo una mención especial en el premio Kutxa Ciudad de Irún) y su más reciente Las crines (Siruela), que se ha alzado con el prestigioso premio Café de Gijón.

La obra plantea el viaje transoceánico de un hombre que, en el escenario humano y agreste de la pampa argentina, descubre unas coordenadas vitales que le hacen replantearse su relación con la vida y con el mundo. Un libro que habla de soledad, de exploración, y de esa inmensa llanura fértil que Marc tan bien conoce, pues la habitó, amándola profundamente. “Me levantaba muy temprano, me alejaba de la casa y colocaba un tablón de madera entre dos troncos cortados. Aquel fue el mejor escritorio que he tenido nunca. El rocío empapaba mis pies. El amanecer era propiedad de los teros, de los horneros. Ellos caminaban y puntuaban mis palabras. Ellos, y el ternero que se acercaba para escuchar el ruido de mi teclado. Miraba la pantalla, también. Lo hacía junto a mí. Era un crítico benévolo y rumiante”, evoca.

Y algo de él se ha quedado ahí. Por lo pronto, su biblioteca, “que dejé en el almacén de una vieja panadería y ahí siguen los libros”, y el vicio del tabaco, “que no sabía si volvería a escribir, porque no concebía las palabras sin el humo de los cigarrillos”. Imposible no pensar, en este sentido, que Las crines tiene mucho, muchísimo de auto-ficción.

Andando sobre el filo del abismo creativo

Cuando se le pregunta de qué está más orgulloso, Marc Colell niega con la cabeza. “No estoy orgulloso de mi trabajo ni de mi trayectoria. No me gusta esa palabra, es pomposa y palurda”. Sorbe un trago de vino. “Yo escribo lo que quiero y como quiero”. Tal vez no pueda hacer otra cosa, pero ahí está la maestría. “Para alguien que se dedica a esto, el reconocimiento o el olvido son los síntomas de una misma enfermedad”, añade.

— ¿Y ahora en qué andas?

La respuesta, para quien está componiendo palabra por palabra una obra de ficción, nunca es del todo fácil. “Estoy escribiendo un libro que no debería escribir. Puede que esté Barcelona de fondo. La Barcelona que reconozco, todavía. La que permanece adherida a mi memoria. Pero nunca se sabe”. La voluntad del relato puede llegar a ser tan o más fuerte que la del autor. “Los libros no son nada hasta que se transforman en un objeto. O casi nada. La posibilidad de una forma. Su promesa, tal vez. Pero siempre penden de un hilo, de una expresión fallida que lo desbarate todo. Cuando alguien escribe, confía en cada palabra como en una salvación y teme cada palabra como la amenaza de un naufragio. Cada expresión, cada párrafo, puede elevar el texto, dotarlo de sentido, o contaminar el conjunto y condenarlo al desencanto”.

“El reconocimiento o el olvido son los síntomas de una misma enfermedad.” - Marc Colell
Colell afirma que “el reconocimiento o el olvido son los síntomas de una misma enfermedad".

Un equilibrio complicado, al filo del abismo creativo, que define en los siguientes términos: “el escritor siente en sus manos la posibilidad de la creación, del hallazgo, y el riesgo inminente del abandono”. Caminar sobre ese filo acaba siendo la cuestión.

Sin melancolía

“Me fui de Barcelona hace veintitrés años, un poco antes de los cupcakes, de los restaurantes clonados, de los smoothies, de los burritos, del sushi, de los peces devorando las durezas de los pies. Un poco antes, nada más”. Termina su copa de vino. “A tiempo”, apostilla.

Afincado actualmente en L’Escala, el escritor rememora algunos retales de su Barcelona: “los mendigos con nombre, o con apodo; una señora que habitaba la calle Aribau, que empujaba su carrito, dormía en los portales y anotaba cosas en una libreta; la tienda de ortopedia, la de lámparas, las jeringuillas de la Plaça Letamendi, el mercado donde la gente se conocía y vendían bacalao, las palomas mancas, con una pata cercenada; el arrullo metálico, el olor de la practicante, los adoquines, las mesas de mármol, las heridas en los troncos de los plátanos”. Pero lo recuerda todo “sin melancolía y sin ganas de volver. Barcelona es mi ciudad y me importa muy poco”.

— Algo que te podría hacer tener ganas de volver, al menos algo más a menudo, es nuestra oferta gastronómica. Tenemos de todo: menú, raciones, platos combinados… ¡Todo rico!

Marc Colell vuelve a ladear la sonrisa. “El menú completo es la novela. Una comilona que abarca todo el día, mientras que los relatos sirven para picar entre horas, comer de pie, tomar fuerzas y seguir caminando”, responde enigmáticamente.

Sobre el autor

Alberto Valle
Alberto Valle

Escritor, periodista, gestor cultural

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