En la Casa CUPRA Raval, convocados por el The New Barcelona Post y la Fundació Catalunya Europa, hemos podido escuchar esta semana tres voces que conocieron a Pasqual Maragall desde lugares muy diferentes. La activista vecinal Custòdia Moreno, el geógrafo Oriol Nel·lo y la exconsejera Montserrat Tura conversaron sobre qué queda, treinta años después, de la Barcelona que impulsó quien fue alcalde entre 1982 y 1997. Y, sobre todo, sobrevoló el encuentro una pregunta que todavía es incómoda: ¿qué hemos hecho de aquella idea de ciudad?
Hubo recuerdos personales, reivindicaciones y también matices. Custòdia Moreno recordó al Maragall que pisaba los barrios sin necesidad de escenificar la proximidad, pero también advirtió que la Barcelona olímpica no llegó igual a todas partes. El Carmel, Can Baró o la herida todavía abierta de la Ronda de Dalt continúan recordando que las grandes transformaciones también dejan asignaturas pendientes.
Oriol Nel·lo reivindicó una faceta menos conocida: la de un alcalde que antes de actuar había estudiado la ciudad. Recordó que detrás de las decisiones había un pensamiento urbanístico sólido y dejó sobre la mesa uno de los grandes debates del presente: cómo hacer una ciudad mejor sin acabar expulsando a quienes viven en ella.
Montserrat Tura amplió el foco. Reivindicó una generación que tuvo que construir ciudad casi desde los cimientos y defendió que Maragall ejercía un liderazgo que iba más allá de la gestión: tenía una idea de Barcelona y sabía explicarla.
Quizás esta fue la conclusión más compartida de la tarde. Más allá de los Juegos Olímpicos del 92, de las grandes obras o de los debates políticos, aquello que los tres ponentes parecían echar más en falta era algo mucho menos tangible, pero probablemente más decisivo: un norte, un proyecto de ciudad. Porque los legados, al fin y al cabo, no solo se miden por lo que transforman, sino también por las preguntas que continúan dejando abiertas.