El hombre que nunca dejó de divertirse

El periodista Lluís Permanyer
El periodista Lluís Permanyer

Lluís Permanyer fallecía ayer a los 86 años dejando tras de sí un impresionante legado de crónica barcelonesa y periodismo cultural. Más de 80 libros y miles de artículos desvelando los más increíbles secretos de nuestras calles, escritos siempre desde la diversión y el rechazo categórico a todo lo que oliera a poder

27 de octubre de 2025 a las 18:40h

Él, a lo suyo, no lo llamaba trabajo, lo llamaba su diversión. Tal vez por eso hizo lo que hizo. Tanto, tan a fondo, llegando a simultanear la condición de cronista e historiador de Barcelona con la de trozo consustancial de la historia de la misma. Como un monumento ambulante. Daba gusto y respeto verlo deambular, caballeroso, flemático, por unas calles cuyos secretos conocía a fondo. Pero no era solo un tema de buena planta, un posado afortunado. Era una cuestión de sustancia.

Lluís Permanyer era una de esas raras personas que conseguían concitar el silencio a su alrededor, cuando hablaba. Los demás callaban y atendían, con la seguridad de quien está a punto de aprender algo que puede ser trascendente. Un dato, un episodio, un detalle capaz de remover los cimientos sobre los que se levanta nuestra relación con la ciudad.

Pero todo eso era, ante todo, diversión. Por este motivo, cuando Tarradellas lo quiso de jefe de prensa de la Generalitat, declinó el ofrecimiento. Y cuando Joan Clos quiso imponerle la Medalla de Oro de Barcelona, también dijo que muchas gracias, pero no. Para él lo primero, lo más importante, era ser independiente, porque, si no lo eres, si dependes de un estatus definido por los que mandan, como una estatuilla puesta ahí, en esa estantería que no has escogido tú, pierdes la libertad sacrosanta de divertirte.

“Todo lo que he escrito ha sido por criterio propio, soy el responsable último y único de mis logros y de mis posibles errores. Nunca me han dicho sobre qué tengo que escribir y nunca he aceptado un encargo de algo que yo no quisiera escribir”, dijo cuando se le entrevistó para este medio. Fue en aquella conversación de hace cuatro años donde confesó, también, que él nunca había dejado de aprender y que, por eso mismo, “más que un trabajo, lo que yo hago lo considero mi diversión”. Y amén.

Una historia barcelonesa

La suya es una historia típicamente barcelonesa. De esa Barcelona de antes donde alguien que había estudiado Derecho ---sin que el Derecho le interesara lo más mínimo---, y al que le habían impedido cursar la carrera diplomática porque aquel mundo de entonces era así y aquí mandaban los que mandaban, acababa trabajando en el ámbito de las letras y el periodismo. Cosas que pasaban entonces en esta ciudad y que, como tantas otras tirando a buenas, serían hoy impensables.

Como reportero en la revista Destino, echó mano de las enseñanzas de Proust para platicar con algunos de los grandes: Pla, Espriu, Carner y un extensísimo etcétera. Entró luego, en 1966, en La Vanguardia, donde se curtió en la sección internacional. Después, a partir de 1988, se puso a hacer crónica de la ciudad y ya no hubo marcha atrás.

Ayer mismo, al lado de su obituario, salía su último artículo, sobre la génesis del Palau de la Música
Piezas que desvelaban, a los barceloneses y al resto del orbe, increíbles secretos de nuestras calles. Desde la reivindicación de Josep Maria Jujol ---al que hoy se valora en una medida justa gracias al denuedo de Permanyer por arrojar luz sobre su obra y legado--- hasta las intimidades de una burguesía con unos cuatrocientos nombres y, al menos, el doble o triple de caras.

Barrios, monumentos, comercios, edificios, nombres y apellidos adquirieron nuevos significados, nuevas cargas históricas. Escribió toneladas de artículos y más de 80 volúmenes dedicados a la ciudad y al mundo del Arte. Aprendimos las costumbres, filias y fobias de nuestros predecesores. Aprendimos el porqué de muchas cosas que hacen que Barcelona sea Barcelona. Ese pasado que nos ayuda a entender mejor el presente. A valorarlo más, o a aborrecerlo con más fundamento.

Alergia a los poderes

Y no paraba. Ayer mismo, al lado de su obituario, salía su último artículo, sobre la génesis del Palau de la Música. Hasta el último momento no dejó de divertirse, y lo más meritorio es que lo hizo desde esa atalaya que se había construido él mismo sin permitir injerencias externas. Ni masajitos, ni caricias en el hocico, ni golpecitos en la chepa, ni carguitos, ni nada que oliera a aquellos pesebres a los que era alérgico.

“Yo milito siempre por Barcelona, la ciudad es mi único partido y es uno en el que solo quepo yo”, declaró. Y lo demostró con creces. Y demostró, también ---o, más bien, sobre todo---, que esa filiación era de base. Cuando Avel·lí Artís, alias Sempronio, pasó a mejor vida hace veinticinco años, hubo quien propuso que él heredara el título de Cronista Oficial de Barcelona. Algo más que merecido. Algo sobre lo que nadie hubiese tenido la mejor objeción. Pero, por supuesto, también lo rechazó, porque esos abolengos los concede el poder.

Y, como buen barcelonés de los de antes, de los que mezclan erudición cosmopolita con una desconfianza de base, elegancia en las formas y una cierta propensión al rebote, Lluís Permanyer no permitió nunca que los que mandan le colocaran en su vitrina de los trofeos.

Por eso, nunca consiguieron que dejara de divertirse.

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