CARAS DESCONOCIDAS

Leyendo el poso del Dole Cafè

LEANDRE MATEU I ROCHER foto DANIELA ARMORA
LEANDRE MATEU I ROCHER foto DANIELA ARMORA

Pasea por las calles y plazas del núcleo antiguo de Sarriá, y los saludos a Leandre Mateu son constantes. Todo el mundo lo conoce. Porque es él quien les prepara, cada mañana, el café en el punto que les gusta, o porque saben que es el dueño del Dole Cafè, el bar de los bocadillos que hacen tocar el cielo

Dicen quienes entienden de ello, que en el fondo de una taza de café que alguien se ha bebido se puede leer cierta información de esa persona. El poso que ahora y aquí entramos a leer lo han escrito y dibujado muchas tazas de café, y cada una con su poso. En unas, el café se ha bebido solo, en otras, con leche, con azúcar, sacarina o sin nada de todo esto.Estamos en el Dole Cafè, donde la máquina de esta bebida estimulante que ayuda a despertar se pone en marcha cada día y muy pronto. A las seis de la mañana, Leandre ya levanta la persiana de este bar que abrió con su padre, Domènec Mateu, cuando él tenía solo quince años. Con las dos primeras letras del nombre del padre y las del hijo construyeron el nombre de una cafetería con carisma que se ha sabido hacer un buen lugar en el día a día de muchas personas. La inauguraron el día 11 de junio de 1974, hace cincuenta y dos, que pronto está dicho. ¿Cuántos cafés puede haber llegado a hacer este hombre en todo ese tiempo? Solo la calculadora lo sabe.Cargar el café, ya molido, en el contenedor del filtro, encajarlo, haciendo el giro de muñeca con la manecilla y esperar a que empiece a caer en la taza. Una pequeña decoración con cacao sobre la espuma, plato y cucharilla. Este gesto tan protagonista y absolutamente cotidiano en el Dole Cafè, envuelto en sus sonidos y aromas, un día y otro, y más de media vida repetido con las manos de Leandre, ha ido tejiendo alrededor de este ritual de tomar café grandes relaciones de vecindario, de clientela, de conocidos que coinciden a la hora del café, en el tiempo de la pausa para pegar un bocado antes de coger un avión, de retomar el trabajo, antes de ir a comprar o de continuar atendiendo en un comercio del mismo barrio.Unos y otros, la tarde del próximo sábado 13 de junio están llamados a celebrar este largo medio siglo del Dole Cafè. Será bienvenido aquel que, a una hora u otra, un día u otro, un momento de la vida u otro, ha entrado a comer un bocadillo, beber un café o a encargar canelones, tortilla o croquetas acabados de hacer para disfrutarlos en la barra, en alguna de las tablas de la terraza o en su casa, mirando la tele o compartiendo tiempo de calidad con los amigos o la familia, en el comedor de casa. “La coral de gospel del convento de los Caputxins, que ya hacía tiempo que me habían dicho que querían venir a cantar, vendrán ese día, tomaremos una copita y cantaremos”, dice el propietario de esta mítica cafetería del distrito de Sarrià-Sant Gervasi, situada en el número 16 de la calle de Manuel de Falla, haciendo esquina con Capitán Arenas.

Lecturas provechosas

El vínculo de Leandre con los frailes Caputxins de Sarrià viene de lejos. Desde que un día entró a visitar el convento, próximo al Dole, y le gustó la gente que allí encontró. Tanto, que aquel lugar se fue convirtiendo un poco en su segunda casa. En la biblioteca de los monjes descubrió la Filocalia, “el segundo libro de meditación más importante de la Iglesia, después de la Biblia”, dice. “Son técnicas de plegaria basadas en la respiración. La plegaria del coro que viene de los anacoretas del desierto”, explica. De hecho ---puntualiza--- “cada vez que respiras, rezas, porque compartes con el universo la confianza en todo lo que te rodea”.Y dice que tanto el canto como la respiración lo han acompañado toda la vida. Un nódulo en el cuello requirió que hiciera rehabilitación a través del canto, y lo hizo con clases particulares de una profesora de canto del barrio de Sarrià. Es el barrio en el que Leandre tuvo su guardería, en la torre Amat, donde había vivido Ladislao Kubala, con el hijo del cual, Carlos, él hizo la mili.
Leandre abrió el bar con su padre, Domènec Mateu, cuando él tenía solo quince años. © Carme Escales
La guardería la tenía en Sarrià, pero el resto del día lo pasaba en el Paral·lel, donde la familia de Leandre tenía un restaurante, delante del Molino. Trabajaban a más no poder. Él era muy pequeño aún, cuando su padre le colocó un cajón para poder llegar al mostrador y ayudarlos, al principio, con lo que buenamente pudiera hacer. Empezaba a construir así sus incipientes tablas al frente de un bar. Observando a sus padres y tíos iba forjando una manera de servir y tratar a todo el mundo. Y, con el mismo trabajo, preparando bocadillos y cafés, crecía su destreza y naturalidad, mientras ayudaba a la familia.La mili le tocó hacerla repartida un poco entre Reus y Barcelona, donde lo pusieron en el bar del sector aéreo. Recuerda que era un bar sin alma, de ambiente apagado, un lugar poco frecuentado, al que él supo darle un cambio estrepitoso, puesto que ya conocía un negocio así desde el detrás del mostrador. Supo aportar productos muy buenos y, sobre todo, un trato que ayudara a dinamizar el ambiente, a atraer clientela. Y, en consecuencia, pasando cuentas con el responsable del bar, los números no solo salían: sobresalían de las previsiones.
Bollería en el Dole Café. © Dole Café
En el Dole Cafè, desde el principio fue así: no saben hacer nada más que cosas buenas. Los bocadillos son de película, y no solo porque los bauticen con nombres de cine o de protagonistas conocidos como Popeye y el Olivia, sino porque son de un gusto tan espectacular que cada bocadillo tiene sus clientes más entusiastas. Con jamón salado, queso emmental y espinacas preparan el Popeye y, con jamón, queso de cabra y berenjena, hacen un Olivia.Parece mentida que, de un espacio tan pequeño, para sentarse, transitar o quedarse de pie,  pueda salir tanta variedad de surtidos, dulces y salados. Prácticamente todo, menos el pan del Dole está hecho en su obrador. El resto: cruasanes, ensaimadas, tortillas, croquetas, canelones y todo es hecho a mano. Toda la exquisitez artesanal que pueda caber en un bar donde se hacen cosas tan buenas, en el Dole está. Quién lo visita de buena mañana, se puede llevar su primera dosis de cafeína, pero también de buen ambiente, un buen rato compartido entre mordiscos de bocadillos de pan de chapata que se comen solos.No es extraño que Leandre se levante cada día con aquella ilusión de saber que será eso lo que verá en el bar, la gente que entra y se alimenta de los buenos productos en medio del latido de una atmósfera amistosa, antes de aferrarse a las obligaciones del día.
Leandre Mateu i Rocher, sin proponérselo, se ha convertido en el hombre que hizo de un café una comunidad de amigos. © Carme Escales

La grandeza de lo más sencillo

Es esta grandeza de lo más sencillo lo que Leandre más enaltece y con lo que se ilumina su camino, como fijarse en pequeños detalles como la reacción de unas criaturas en la calle que vio, y vivió hace unos días: “Pasaban tres niñas por delante del Dole y una de ellas se quedó mirando el bar y dijo: “Uaaaala!!! ¡Parece un teatro!, y al poner atención también otra, dijo: Yo, cuando sea mayor, quiero casarme aquí”. La anécdota es un pequeño tesoro de las tres amigas, y la gran fortuna de Leandre es que, hechos así, tan espontáneos como originales, provengan de un adulto o de un niño, son pilares de su satisfacción, motivo de alegría y un abrazo interior de la conciencia que le dice: Leandre, esto que ha pasado es muy bonito, es real y es tuyo. Sí, él sabe que “un trozo de pan en la montaña, lo compartes y sientes felicidad, porque esta se encuentra en las cosas más simples de la vida”.El bar de Leandre ya funcionaba a pleno pulmón, cuando le dio por formarse como monitor de esplai. Y sobre lo que aprendía, pensó: “esto yo lo podría aplicar al negocio”. Y, entre bocadillos y cafés, un buen día, una mirada que escucha, un pedazo de buena conversación ha sabido ir hilvanando sinergias entre quienes se sienten bien en algún lugar.

"Cada persona que entra a dir-te alguna cosa, a desitjar-te un bon dia, a saludar-te, és un regal, i una capsa de sorpreses"

En un café pasan muchas cosas, lo visitan muchas historias, y la vida misma queda reflejada en muy poquitos metros de un local, el del Dole, muy simpático, agradable y lleno de elaboraciones sencillamente exquisitasLeandre es aquella planta que florece sea donde sea que la planten. “Para mí es gratificante levantarme para ir a trabajar. Cuando haces un trabajo que te gusta, que te llena, esto es así”. Y, ¿Qué hace sus días laborales tan agradables? Es ese pequeño gran placer que sirven en el Dole, en cada taza de café y en ensaimadas o bocadillos. “Cada persona que entra a decirte algo, a desearte un buen día, a saludarte, es un regalo, y una caja de sorpresas”, expresa.
Leandre Mateu sirviendo cafés en el Dole Cafè.
Durante el tiempo de confinamiento por la pandemia de Covid, Leandre y su hija Míriam se dedicaron a desmontar todo el bar para limpiar cada centímetro minuciosamente. Los empleados estuvieron en ERO y, al volver, Míriam se hizo un lugar entre ellos. En la cocina y el obrador, hace un trabajo sorprendente elaborando pasteles, tortillas, cruasanes y ensaimadas. Todo lo hace ella. En casa tenía el mejor lugar para poner en práctica todo el aprendizaje adquirido en la escuela de cocina del CETT.La variedad de tortillas y bocadillos del Dole es tan diversa y magnífica, como el entusiasmo que se percibe en el ambiente de esta cafetería de apenas treinta y cinco metros cuadrados. De pie o sentados en un taburete en la barra, los clientes se saludan, conversan, preguntan, observan. O, sencillamente, saborean el cremoso café y el delicioso bocadillo de tortilla acabada de hacer. Y, de repente, un buen día uno de ellos le planteó a Leandre por qué no organizaban una calçotada, un concierto, un torneo de golf... Y así, sin haber sido nada premeditado, de manera natural, los fans de los bocadillos, canelones, tortillas, croquetas y cafés del Dole, empezaron a hacer actividades juntos fuera de allí
Después de cincuenta y dos años, Leandre sigue aferrado a la máquina de café. © Carme Escales
La energía del Dole Cafè es tan grande que tiene que salir fuera”, expresa Leandre, pensando en todas las actividades que han ido organizando. Han fructificado las dinámicas de grupo, las relaciones humanas, el buen ambiente de un café que es mucho más que esto. “Un café es una cosa sencilla, que se puede tomar todo el mundo, y aportas felicidad. Hacer un café es una cosa que hermana, que une, es un ritual, con su olor, la espuma, el olor, y el chocolate que yo le pongo, es un producto agradecido”.Así es como Leandre Mateu i Rocher, sin proponérselo ha acabado siendo el hombre que, de un café hizo una comunidad de amigos. “Hemos llegado a ser ciento cincuenta en alguna de las salidas”, asegura. Este es el arte de entenderse con un simple café.Después de cincuenta y dos años, Leandre continúa aferrado a la máquina del café. No hay nada que le guste más que hacer esos cafés que, con el pequeño poso que van dejando en cada taza, van haciendo más grande y entrañable el poso del Dole Cafè.

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Carme Escales
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