Pasea por las calles y plazas del núcleo antiguo de Sarriá, y los saludos a Leandre Mateu son constantes. Todo el mundo lo conoce. Porque es él quien les prepara, cada mañana, el café en el punto que les gusta, o porque saben que es el dueño del Dole Cafè, el bar de los bocadillos que hacen tocar el cielo
Dicen quienes entienden de ello, que en el fondo de una taza de café que alguien se ha bebido se puede leer cierta información de esa persona. El poso que ahora y aquí entramos a leer lo han escrito y dibujado muchas tazas de café, y cada una con su poso. En unas, el café se ha bebido solo, en otras, con leche, con azúcar, sacarina o sin nada de todo esto.Estamos en el Dole Cafè, donde la máquina de esta bebida estimulante que ayuda a despertar se pone en marcha cada día y muy pronto. A las seis de la mañana, Leandre ya levanta la persiana de este bar que abrió con su padre, Domènec Mateu, cuando él tenía solo quince años. Con las dos primeras letras del nombre del padre y las del hijo construyeron el nombre de una cafetería con carisma que se ha sabido hacer un buen lugar en el día a día de muchas personas. La inauguraron el día 11 de junio de 1974, hace cincuenta y dos, que pronto está dicho. ¿Cuántos cafés puede haber llegado a hacer este hombre en todo ese tiempo? Solo la calculadora lo sabe.Cargar el café, ya molido, en el contenedor del filtro, encajarlo, haciendo el giro de muñeca con la manecilla y esperar a que empiece a caer en la taza. Una pequeña decoración con cacao sobre la espuma, plato y cucharilla. Este gesto tan protagonista y absolutamente cotidiano en el Dole Cafè, envuelto en sus sonidos y aromas, un día y otro, y más de media vida repetido con las manos de Leandre, ha ido tejiendo alrededor de este ritual de tomar café grandes relaciones de vecindario, de clientela, de conocidos que coinciden a la hora del café, en el tiempo de la pausa para pegar un bocado antes de coger un avión, de retomar el trabajo, antes de ir a comprar o de continuar atendiendo en un comercio del mismo barrio.Unos y otros, la tarde del próximo sábado 13 de junio están llamados a celebrar este largo medio siglo del Dole Cafè. Será bienvenido aquel que, a una hora u otra, un día u otro, un momento de la vida u otro, ha entrado a comer un bocadillo, beber un café o a encargar canelones, tortilla o croquetas acabados de hacer para disfrutarlos en la barra, en alguna de las tablas de la terraza o en su casa, mirando la tele o compartiendo tiempo de calidad con los amigos o la familia, en el comedor de casa. “La coral de gospel del convento de los Caputxins, que ya hacía tiempo que me habían dicho que querían venir a cantar, vendrán ese día, tomaremos una copita y cantaremos”, dice el propietario de esta mítica cafetería del distrito de Sarrià-Sant Gervasi, situada en el número 16 de la calle de Manuel de Falla, haciendo esquina con Capitán Arenas.
Es esta grandeza de lo más sencillo lo que Leandre más enaltece y con lo que se ilumina su camino, como fijarse en pequeños detalles como la reacción de unas criaturas en la calle que vio, y vivió hace unos días: “Pasaban tres niñas por delante del Dole y una de ellas se quedó mirando el bar y dijo: “Uaaaala!!! ¡Parece un teatro!, y al poner atención también otra, dijo: Yo, cuando sea mayor, quiero casarme aquí”. La anécdota es un pequeño tesoro de las tres amigas, y la gran fortuna de Leandre es que, hechos así, tan espontáneos como originales, provengan de un adulto o de un niño, son pilares de su satisfacción, motivo de alegría y un abrazo interior de la conciencia que le dice: Leandre, esto que ha pasado es muy bonito, es real y es tuyo. Sí, él sabe que “un trozo de pan en la montaña, lo compartes y sientes felicidad, porque esta se encuentra en las cosas más simples de la vida”.El bar de Leandre ya funcionaba a pleno pulmón, cuando le dio por formarse como monitor de esplai. Y sobre lo que aprendía, pensó: “esto yo lo podría aplicar al negocio”. Y, entre bocadillos y cafés, un buen día, una mirada que escucha, un pedazo de buena conversación ha sabido ir hilvanando sinergias entre quienes se sienten bien en algún lugar.
"Cada persona que entra a dir-te alguna cosa, a desitjar-te un bon dia, a saludar-te, és un regal, i una capsa de sorpreses"