El sexto capítulo de Hoteles con Historia e Historias de hoteles, que cada 15 días publicamos en The New Barcelona Post, nos planta en el corazón del Barrio Gótico, justo enfrente de la Catedral Basílica Metropolitana de la Santa Cruz y Santa Eulalia.
En el número 7 de la avenida, un edificio neoclásico de 1951 ha cambiado de nombre después de 74 años: del mítico Hotel Colón al nuevo Lamaro Hotel, un cinco estrellas que recupera el apellido del fundador y estrena vida tras una reforma de 8,5 millones de euros.
Un enfado legendario
Todo empezó, como las mejores historias familiares, con un enfado monumental. A finales de los cuarenta, Antonio Lamaro, ingeniero y constructor milanés, llegó a Barcelona con su esposa en busca de alojamiento. El Ritz, que entonces era el no va más en hotelería, solo tenía para ellos una habitación con baño compartido. Ella se indignó; él, con un marcado carácter italiano que no admitía medias tintas, se indignó ante la situación y soltó la frase que lo cambiaría todo: ‘¡Construiré mi propio hotel… y con baño en cada habitación!’. Leyenda o verdad absoluta, la familia la sigue contando setenta y cinco años después, recordando ese momento de enfado como el germen del Colón.
En la Barcelona de posguerra, con apenas una docena de hoteles decentes en todo Ciutat Vella, la idea de construir un buen hotel no era descabellada. Lamaro encontró un solar vacío frente a la Catedral, un hueco abierto por los derribos de los años veinte y treinta para ensanchar la avenida, y levantó su sueño: 150 habitaciones, todas con baño privado, lo que seguía siendo un lujo casi revolucionario y con la vista puesta en el Congreso Eucarístico de 1952, el primer gran evento internacional que la ciudad organizaba tras la Guerra Civil.
El Colón se convirtió rápidamente en uno de los refugios de la élite que recalaba en una Barcelona aún gris, aunque ya tenía algunos brillos. Por sus pasillos, camas y balcones pasaron el estadounidense Ernest Hemingway, la italiana Sophia Loren, el gallego Camilo José Cela o los norteamericanos Tennessee Williams y Jane Fonda. Del largo listado de ilustres del siglo XX, el huésped más fiel fue el catalán Joan Miró. Durante los sesenta y setenta el pintor y escultor lo convirtió en su cuartel general barcelonés: pintaba en los salones, salía a caminar por el Gótico y volvía a dormir con las campanas de la Seu de despertador. "Aquí palpita la Barcelona imperecedera", dijo una vez. Y tenía razón.
Otros nombres ilustres completan el álbum: el filósofo Jean-Paul Sartre filosofando en la terraza, la pintora y coreógrafa Jacqueline Roque, segunda esposa de Picasso, ocupando una suite en la cuarta planta por gentileza de la abuela de los actuales dueños. También constan en el libro de firmas visitas más tardías del japonés Arata Isozaki, el estadounidense Francis Ford Coppola y el valenciano Santiago Calatrava.
Durante décadas, la segunda generación de la familia cuidó del hotel como de un tesoro querido, casi sin tocarlo: cortinas floreadas, moquetas gruesas y un aire de casa grande un poco anticuada. El tiempo y la competencia no perdonaron. En los 2010 hubo tensiones familiares y pleitos accionariales; la tercera generación resistió la venta y, finalmente, la cuarta, pilotada por Pietro Allegri y Marta Correngia, sobrinos-nietos del fundador, recompraron el hotel al resto de la familia, cerraron heridas y se lanzaron a la gran reforma.
Dejando atrás a Colón
Las obras de actualización empezaron en 2019. La covid les obligó a parar más tiempo del previsto, pero planta por planta fueron transformando el viejo Colón al que la competencia iba dejando atrás si no cambiaba. Los cambios se fueron viendo ya desde la calle: un lobby sereno y minimalista, el nuevo restaurante Catedral 1951 (homenaje al año de apertura) con cocina catalana actualizada, y la azotea l’Àtic, un balcón muy codiciado en el corazón de Barcelona, donde las mesas pegadas a la barandilla son a veces escenario para selfies asiáticas o americanas y gin-tonics o vinos de huéspedes frente a las torres de la Seu-catedral.
Las antiguas 150 estancias son hoy 125 habitaciones más amplias en tonos tierra y azul. Hay piezas de madera originales salvadas y se ha dicho adiós definitivo a las características flores de las cortinas que más que clásicas eran ya de otros tiempos muy pasados.
El estudio de interiorismo barcelonés Espai 31 ha conseguido el gran cambio sin estridencias. Los cambios y el refinamiento de la casa se notan en la calidez del servicio, en los detalles que hacen que uno se sienta como en casa (lo que pretenden los hoteles con personalidad) y en la sensación de que la historia sigue ahí, aunque ya no pesa.
El cambio de nombre no ha pasado desapercibido. Al pasar frente al número 7, algunos barceloneses que conocen bien la zona piensan "¿pero este Lamaro… no era el Colón?". Y en otros casos el rebautizo ha levantado alguna ceja y reivindicación. La agrupación Emblemàtics de Barcelona propuso incluso llamarlo “Colón-Lamaro” para no perder la memoria, aunque Pietro y Marta lo tienen claro: Lamaro Hotel, tal como suena, es un homenaje al bisabuelo y el pistoletazo de salida de una nueva etapa.
Aunque no sea historia directa del hotel, de algún modo también forma parte de la historia: la misma sociedad que lo regenta tiene en obras el cercano Regencia Colón. Está en el 13 de la calle Sagristans y, en su caso, pasará de tres a cinco estrellas, además de planear un tercer hotel en el Gótico para 2026.
Con una clientela obviamente distinta a la que tenía en los años 50, el Lamaro ha encontrado su hueco en la Barcelona del lujo silencioso. Frente a la Catedral, donde las campanas siguen marcando el ritmo de esta parte de la ciudad, exactamente igual que cuando Miró se despertaba para pintar. El hotel ya no es el Colón de siempre, ni lo quiere ser… aunque sigue siendo historia de Barcelona.