Carmen Laforet
Carmen Laforet, la autora de Nada.

Laforet, nadadora de fondo

En 2021 se cumplirán cien años del nacimiento de Carmen Laforet en Barcelona. Grafofóbica a su pesar, precursora del feminismo, escribió la misteriosa Nada, obra maestra de la primera literatura española de posguerra.

La noche de Reyes de 1945 se anuncia en Barcelona la novela ganadora del primer premio Nadal. Un nuevo galardón ideado por las cabezas pensantes alrededor de la revista Destino, para, en palabras de Ignacio Agustí, “despertar a docenas de novelistas dormidos en rincones anónimos del país”. César González Ruano, oscuro corresponsal filonazi, traficante de visados en el París de Vichy, vecino de Sitges, ni estaba dormido ni vivía en un rincón anónimo.  Pero cree tener aseguradas las cinco mil golosas pesetas del galardón debido a su popularidad e influencia. Cuando aquella noche, el jurado reunido en el Café Suizo proclama como ganadora a una joven de 23 años llamada Carmen Laforet, Ruano estalla en rabia y misoginia. Y con él, parte del establishment literario de la época. Incluso la revista Codorniz —dueña de un humor absurdo y “señoro”— termina bautizando al Nadal como “Premio Dedal”, por su propensión a premiar a escritoras: Quiroga, Forrellad, Matute, Martín Gaite.

“¿Quién es esa señora Pastoret o Mistinguet o Espinet?”, exclama Ruano cuando los responsables editoriales acuden a su casa para tratar de calmarle. Le explican que a última hora llegó un sobre de correo urgente. Que Ignacio Agustí quedó tan impresionado con el inicio de la novela que lo leyó en voz alta delante de todos: “Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie. Se titula Nada, en referencia a un poema de Juan Ramón Jiménez, y resulta una obra casi milagrosa para la época, sin parangón. Además, las votaciones fueron limpias. Entonces Ruano estalla. No habían ganado una guerra contra la democracia para que ahora ellos le vinieran con un asunto de votos. Y remata con el aforismo clásico de terrible vigencia: “Todo el mundo sabe que en España los premios están para dárselos a los amigos”.

La pregunta de Ruano, acerca de la verdadera identidad de Laforet, no resulta fácil de responder en 1945 y tampoco lo resulta ahora. La joven autora de aquella opera prima huía de los focos con agilidad vampírica. Escatimaba respuestas ante los periodistas con manifiesta contrariedad y —como los realmente ambiciosos— mentía sobre el periodo de realización de la obra, mentía ocultando la clave autobiográfica.

La noche de la ciudad, la vida nueva, se abren ante ellas como una promesa de liberación. Una promesa, no tardarán demasiado en descubrirlo, que nace muerta

En fin, sabemos que había nacido en Barcelona, en el número 36 de la Calle Aribau, para emigrar poco después junto a su familia hasta Canarias. Allí, su vida se le vuelve un cuento de hadas que termina como uno de monstruos. No le falta ni la muerte de la madre enferma, ni la malvada madrastra, ni el ferviente deseo de huida. Cuentan que a veces hace novillos para irse hasta la playa y nadar hasta que le abandonan las fuerzas. Algo de esa fantasía infantil truncada, de nostalgia futura por un tiempo mejor que no va a volver, se le queda incrustado a Laforet para siempre.

Con retraso llega el barco que la devuelve a Barcelona en 1939 para estudiar Letras en la Universidad. Tarde llega también Andrea, la protagonista de su novela, para afrontar semejantes retos. Ambas acaban de cumplir 18 años, pero ninguna de las dos se muestra asustada o perdida ante tale circunstancias. La noche de la ciudad, la vida nueva, se abren ante ellas como una promesa de liberación. Una promesa, no tardarán demasiado en descubrirlo, que nace muerta. Protagonistas de una de esas pesadillas de las que uno felizmente cree haber despertado, para después de un rato, percatarse de que en realidad no ha hecho más que caer en otra más profunda.

Barcelona es Comala. Barcelona es la Atlántida

Nada narra el primer año de una joven recién llegada a la ciudad en 1939. Las cosas en la casa de la calle Aribau —miniatura de todo un país magullado, Casa Usher en la Cuadrícula del Mal, casa de Bernarda Alba situada en el Eixample— no son lo que parecen. La antigua mansión, como toda Barcelona, se encuentra en ruinas. La protagonista, voyeur a la par aterrorizada y morbosa, descubre que sus habitantes tampoco se encuentran en mejor estado. Viven trasuntos de vidas. Resultan casi zombies, frustrados en sus anhelos artísticos y sexuales. Resulta espeluznante constatar con ojos contemporáneos el deseo lésbico reprimido en las páginas de la novela. Las calles y los espacios que se describen son aparentemente realistas, pero la atmósfera gótica, donde se intuye la violencia real del inicio de la posguerra con una sobriedad alucinada, consigue levantar una ciudad fantasma. Barcelona es Comala. Barcelona es la Atlántida.

Pareciera que fuera el mismo ambiente de la postguerra el que intoxicara a todos aquellos que lo respiraran convirtiéndolos en seres mezquinos y resentidos, carentes de grandeza. Andrea —también Laforet— trata de huir de la maldición cambiando su residencia hasta Madrid. No sabemos si Andrea lo consiguió, la novela acaba ahí. Laforet lucha con denuedo ante la certidumbre de la imposibilidad de vivir con la plenitud de su anhelo adolescente. Como si fuera uno de sus personajes, su vida también se convierte un lento derrumbarse de sueños y expectativas. Una dificultad de respirar como mujer no convencional en un contexto imposible. Así, se diluye entre la maternidad y el matrimonio. Entre la expectativa y la realidad. Con la desasosegante sensación de sentirse siempre una advenediza. Parece dar bandazos —bohemia en Argel con los Bowles, exilio en Roma, intento de amistad con Barral en Calafell que acaba mal—sin encontrar nunca su sitio.

Cuentan que, hacia el final de su vida, ya muy enferma, Laforet cogió un cuaderno de su nieta y empezó a trazar palotes para tratar de aprender a escribir de nuevo

En cada mudanza parece dejarse un trozo de obra, maletas llenas de papeles que acabaría por romper, obras publicadas que no acaban de demostrar su innegable talento y proyección y que la sumergen todavía más en la incertidumbre y el desamparo. Laforet escribe cuatro novelas más y una estimable colección de cuentos. A parte de Nada, tal vez sus mejores obras, sin duda las más interesantes a ojos actuales, sea la correspondencia privada, que mantiene con Lili Álvarez, Elena Fortún o Ramón J. Sender.

Con los años, la situación de grafofobia —Bartleby a su pesar, incapaz de escribir aunque lo desee— se recrudece. Una enfermedad neurodegenerativa acaba por sumirla en el silencio más absoluto. Le resulta imposible firmar un cheque. Llega a perder el habla. En el hermoso documental de TVE, Carmen Laforet, una chica rara, su hija explica que muchas veces, al ser reconocida, su madre negaba ser la famosa escritora. Que, en ocasiones, de pequeña, cuando le preguntaban si su madre era la autora de Nada, ella respondía que su madre era una extraordinaria nadadora.

Cuentan que, hacia el final de su vida, ya muy enferma, Laforet cogió un cuaderno de su nieta y empezó a trazar palotes para tratar de aprender a escribir de nuevo. Dispuesta a introducirse una vez más en las profundidades de su mar profundo. Aun en la derrota, perseverante en la búsqueda de la euforia de vivir.

Placa de la casa en la que vivió la escritora Carmen Laforet.
Placa de la casa en la que vivió la escritora Carmen Laforet.