La feria de Navidad

Mis abuelos por parte de padre, Ricardet y Antonieta, valencianos (de Castellón y Burriana) se establecieron en la calle Hospital, en Barcelona, una vez pasada la guerra. Mi abuelo (corneta republicano, que estuvo en un campo de concentración franquista y volvió a casa que la mujer no lo reconocía, según contaba siempre) trabajó en una fábrica de la Calle de Wellington, que él pronunciaba “Bellinton”, con acento en la “e”. Pero él y ella, mis abuelos, tenían dos trabajos complementarios que a mí, cada vez que iba al piso de la calle Hospital, me fascinaban. Eran belenistas de la feria de Santa Llúcia y hacían palmas para la feria de ramos.

Esto quiere decir que había un cuartucho donde mi abuelo tenía docenas de caganers junto a docenas de vírgenes marías, que pintaba. Hacía árboles con troncos de olivo y musgo seco (el musgo seco era la copa). Había cuevas de corcho, había gallinas. Nosotros, mis hermanos y yo, jugábamos con las figuritas todo el día. La abuela, claro, cuando faltaba poco para bendecir la palma se pasaba el día cosiéndolas. Nosotros le ayudábamos a hacer gusanos. Se trataba de ir ligando, como quien hace una cesta, las hojas de palma, para hacer ese tipo de caracoles gaudinianos que las adornan. Yo, entonces, prefería palmón (el de los niños) que palma, la de las niñas, aunque la palma (la abuela me hacía una palma preciosa, como una carroza) llevaba colgando todo tipo de caramelos, siempre más bonitos que buenos.

Ahora no lo puedo evitar. Adoro los belenes y me gusta pasear por la feria de Santa Llúcia o la de la Sagrada Familia. Miro los puestos, con las gallinas más grandes que los pescadores, las lavanderas, el nacimiento (que contiene un San José, una virgen María, un niño Jesús, el buey y la mula) y claro, esta broma, única en el mundo, que es el caganer. Veo mi abuelo pintando barretinas con poca destreza. Veo la parada. Recuerdo el lugar en el que estaba (cada parada tenía número). Los vecinos paradistas que nos saludaban a mis hermanos y a mí y nos regalaban alguna figurita codiciada, por no ser imprescindible, como el pajar y las tres gallinas subiendo por la escalera. Aquel señor de la parada de al lado que tenía molinos de agua que funcionaban con motor. La anunciata, que tenía una luz anaranjada que simulaba la hoguera de los pastores. El cerdito, que todavía tengo en la mesa donde escribo esto, muerta de nostalgia.